Daniel Gascón

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PROHIBIR LA ESTUPIDEZ

En el blog de Letras Libres.

GAYS, LIBRES E IGUALES

Ha ocurrido tan deprisa que, si uno no estaba al tanto, era fácil no darse cuenta. Pero hemos vivido una revolución, sin sangre y sin víctimas. Hace muy poco tiempo parecía una chifladura o un sueño muy lejano. Hoy en buena parte del mundo es una realidad y parece irreversible. Ha sucedido deprisa, pero también es fruto de un esfuerzo que sostuvieron muchas personas durante mucho tiempo y ayuda a corregir una injusticia que viene desde mucho más atrás.

El resto, en el blog de Letras Libres.

LAS VACUNAS Y LA GRAN CONSPIRACIÓN

En el blog de Letras Libres.

DAVID REMNICK Y EL ARTE DEL RETRATO

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David Remnick (Nueva Jersey, 1958) dirige The New Yorker desde 1998. La revista, fundada en 1925 por Harold Ross y Jane Grant, tiene una circulación de más de un millón de ejemplares. En sus inicios, fue un bastión de una literatura irónica y sofisticada, con colaboradores como E. B. White, James Thurber o S. J. Perelman. Ha publicado a algunos de los mejores escritores estadounidenses, como Cheever, Updike o Eudora Welty, por no mencionar a otros autores de lengua inglesa como Alice Munro o Zadie Smith, y ha tenido como colaboradores algunos de los críticos más influyentes del mundo anglosajón. Woody Allen publicaba a menudo en la revista, como hacen ahora Lena Dunham y David Sedaris. Sus ilustradores, sus comprobadores de datos y su puntuación excéntrica son legendarios. Pero The New Yorker también se ha asociado con un periodismo narrativo de piezas largas, controvertidas y rigurosas: el del reportaje de Hannah Arendt sobre Eichmann, la denuncia de la tortura en Abu Ghraib que realizó Seymour Hersh, los reportajes que escriben George Packer, Jon Lee Anderson, Janet Malcolm o Lawrence Wright. La revista tiene una tradición casi costumbrista. No está reñida con el cosmopolitismo, y uno puede descubrir de pronto que lleva una hora leyendo sobre un granjero nepalí, plagas en Nueva Zelanda o un pequeño empresario en el Medio Oeste.

Eso no es lo que le sucede al lector de Reportero (Debate), el libro que recoge algunos de los artículos que Remnick ha publicado en The New Yorker. Los personajes y los lugares que aparecen son centrales. Es una colección de retratos (el único texto que no es un perfil es la descripción de una ausencia: “Después de Arafat”), pero los protagonistas pertenecen al mundo al que Remnick ha dedicado obras más extensas, como La tumba de Lenin, que giraba en torno al colapso de la Unión Soviética y recibió el Premio Pulitzer, o El puente, la biografía de Barack Obama que publicó en 2010. Su gran virtud y a veces su defecto es que son reportajes de un periodista importante sobre cosas importantes.

Estados Unidos, Rusia e Israel son los tres escenarios principales de este libro, con un par de excursiones a Reino Unido, donde el periodista asiste a la campaña de Tony Blair en 2005, y la República Checa, donde los últimos días de Václav Havel el castillo de Praga  sirven para evaluar su trayectoria. Remnick escribe sobre políticos y sobre creadores o intelectuales que a menudo combinan la función de analizar su sociedad por medio de su trabajo con la de ser figuras del paisaje simbólico de su país: entre los retratados están Al Gore, Tony Blair, Katharine Graham (presidenta de The Washington Post Company y única mujer de la lista), Philip Roth, Bruce Springsteen y Don DeLillo, Benjamin Netanyahu y Amos Oz, Alexandr Solzhenitsyn y Vladimir Putin. Los artículos son un comentario histórico y político, una reflexión sobre el poder y la fama, el éxito y el fracaso, y sobre la relación entre algunos individuos notables y la sociedad en su conjunto.

Remnick tiene pulso narrativo y facilidad para elegir una anécdota significativa, y despliega un abundante trabajo de campo y documentación que le permite ofrecer distintas caras de sus personajes. Es un escritor lúcido y perspicaz, capaz de aislar rasgos determinantes: el moralismo de Tony Blair, la desubicación de Netanyahu, su incomodidad ante la élite askenazi. Los retratos contienen mucha información; incluso un conocedor de los personajes descubre cosas nuevas. Destacan los aspectos laterales, como la relación de Netanyahu con su hermano el único soldado israelí fallecido en la operación Entebbe, o la historia de su padre, el historiador experto en la Inquisición Benzion. O la mala suerte del primer batería de la E Street Band, despedido del conjunto poco antes del éxito. “Tristeza postimperial” cuenta que Putin lloró en el funeral de Anatoli Sóbchak: “Las muestras de adhesión de Putin hacia Sóbchak fueron uno de los principales motivos que llevaron a Yeltsin y la familia a acelerar su carrera y, por último, a designarlo zar. ‘Supusieron que era un hombre leal –dijo Anatoli Chubáis–, y que su lealtad era transferible’”. En ocasiones Remnick tiene un tono romántico, como en su interesante retrato de Graham. Otras veces recurre a la ironía, como cuando Amos Oz exhibe sus conocimientos y él se pregunta cuántas veces habrá tenido que oír su mujer esas historias.

Un procedimiento frecuente de Remnick es seguir un libro como guía. Así, la pieza que dedica a Graham es una recensión de las memorias de la editora, salpicada con entrevistas y con algunos recuerdos de la época en que Remnick trabajaba para The Washington Post. El perfil de Oz contiene entrevistas con personas cercanas al autor, un reseña de Una historia de amor y oscuridad, fragmentos de historia de Israel y conversaciones y viajes por el desierto, el kibutz donde Amos Oz vivió durante decenios y la casa en la que se crió en Jerusalén. Va más allá de la percha: cuando escribe sobre Tony Blair recuerda Sábado, donde Ian McEwan incluía un cameo del ex primer ministro británico.

El libro se publicó en 2006 y la edición española no es idéntica a la estadounidense: se ha incluido un extenso perfil de Springsteen publicado en 2012, donde Remnick acompaña al cantante a Barcelona, y se han eliminado otros textos. Es interesante ver lo que ha hecho el tiempo con algunos personajes. Benjamin Netanyahu ha resultado más resistente de lo que parecía, y leer lo que escribía Remnick sobre él ayuda a entenderlo mejor. En los últimos años se ha visto a Boris Yeltsin con más indulgencia, a medida que el autoritarismo y la agresividad de Vladimir Putin se volvían más evidentes. El enfrentamiento con el antiguo espía a quien George Bush creyó ver el alma le costó a Jodorkovski la cárcel, y, aunque el retrato de Solzhenitsyn parecía hablar ya entonces de un mundo desaparecido, ahora la contigüidad resulta aleccionadora. Su perfil, como la mayoría de los textos del libro, ofrece una mirada compleja, iluminadora y al mismo tiempo inconclusa.

[Esta reseña apareció en Ahora. Imagen.]

LA MINORÍA MÁS IMPORTANTE QUE DEBE PROTEGER UNA DEMOCRACIA ES EL INDIVIDUO

Una entrevista con Flemming Rose, en Letras Libres.

EL CATECISMO OFICIAL DEL ESTADO

En el blog de Letras Libres.

EL NOVELISTA Y EL ASESINO

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“Como la sombra que se va”, la nueva novela de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956), es varios libros a la vez. Es una aproximación a la vida de James Earl Ray (1928-1998), el asesino de Martin Luther King. Lector voraz, racista y delincuente habitual, exsoldado, aficionado a las prostitutas y a las teorías de la conspiración, Ray quiso ser director de cine porno y colono en Rodesia (actual Zimbabue), se fugó de la cárcel y cambió de nombre y de cara (rinoplastia). Tras asesinar a King en 1968, huyó a Lisboa con un pasaporte falso. Antes de viajar a Londres, donde fue detenido, pasó diez días en la capital portuguesa. Esa ciudad es uno de los vínculos con la otra historia de la novela.

En 1987, Muñoz Molina se marchó a esa ciudad. Buscaba inspiración para el libro que estaba escribiendo –”El invierno en Lisboa”–, pero no solo eso. El asesino escapaba tras cometer su crimen; el escritor huía de la realidad inmediata. Ahora, el novelista intenta imaginar qué ocurría en la cabeza del criminal y revisa su propio pasado: «Los únicos mundos en los que me encontraba de verdad a mis anchas eran los de la literatura y el cine, donde cualquier cosa puede suceder y al mismo tiempo no haber sucedido, donde las normas tediosas de la vida real no rigen, los disparos no matan a nadie, las desgracias desatan las lágrimas pero no provocan verdadero dolor, las historias empiezan tan lentamente como terminan». Añade: «Era un padre de familia y un adolescente retardado […] Tenía esa convicción enfermiza, tan propia de los aspirantes a literatos en provincias, de que la vida verdadera estaba en alguna otra parte, de que la imaginación es más rica y poderosa que la realidad y el deseo más valioso que su cumplimiento». Retrata un malditismo infantil que postulaba que «Estar sano era de derechas».

Para reconstruir la vida de Ray el autor ha consultado registros, biografías y ensayos. Pero el viaje al interior del asesino exige imaginación. Muñoz Molina emplea una prosa que funciona por acumulación y una amplia gama de recursos: analepsis y prolepsis, cambios de focalización, alternancia de estilo directo e indirecto, y citas recicladas de las lecturas de pseudociencia y espías a las que era aficionado Ray. La peripecia alucinada y miserable del asesino sucede sobre un imaginario heredero del cine y de la narrativa norteamericana (se habla del deslumbramiento provocado por “El gran Gatsby”; muchos elementos hacen pensar en Faulkner), que tiene conexiones con el fetichismo jazzístico que “El invierno en Lisboa” convertía en literatura.

“Como la sombra que se va” contiene una reflexión sobre la escritura y defiende el paso del formalismo a la naturalidad. Habla de cómo se construye una historia, de cómo se escogen los nombres, del punto de vista de la narración, o de imaginar «con ese grado de precisión visual que le permite a uno contar las cosas que ha inventado como si lo recordara». «Escribir ficción es ver el mundo por los ojos de otro, oírlo con otros oídos. Es la temeridad de creer que puede averiguarse lo que sucede en el secreto de la conciencia de otro, sea quien sea, un asesino, un fugitivo, un hombre que se apoya en una baranda a la caída de la tarde uno o dos minutos antes de que el disparo de un rifle le rompa la mandíbula y le atraviese el cuello y le taladre la columna vertebral, un músico que toca el piano con los ojos cerrados», explica, en una definición que encierra una trama del libro

En esta novela ambiciosa, a menudo admirable y en ocasiones morosa, Muñoz Molina muestra su fascinación por Ray, pero no siempre logra contagiarla: resulta más interesante cuando habla de King que cuando recrea el mundo de su asesino. También es más interesante el autorretrato, especialmente al comienzo. Muñoz Molina es duro con su yo pasado, acaso porque se siente salvado y lejos de él. Jugando con el exhibicionismo y la ocultación, con la sinceridad y la coquetería mitómana, ofrece una descripción poderosa de la vocación literaria y del desasosiego íntimo, de la culpa por el dolor que causamos y de la felicidad que da la buena compañía.

Antonio Muñoz Molina. “Como la sombra que se va”. Seix Barral, Barcelona, 2014. 536 pp.

[Esta reseña ha salido en Artes & Letras de Heraldo de Aragón.]

[Imagen.]

CARMEN DE CASTRO (1928-2014)

Este poema de Antón Castro pertenece al libro Seducción (Olifante):

AMOR DE MADRE

 

[5 de mayo de 2013]

 

Nunca he tenido palabras suficientes para ti.

A ti te gustaron mucho desde niño y las coleccionabas

cómo se coleccionan cromos o recortes de prensa.

Me habría gustado decirte que recuerdo

cada instante de tu niñez, tus miedos,

cómo corrías tras las olas, cómo mirabas a todas

las mujeres con descaro, con el dolor

de un querer imposible y precipitado. A veces

pensaba que las deseabas a todas: para ti, en tus sueños,

en un futuro feliz que imaginabas junto al mar.

Nunca he tenido la certeza del cariño. Ni he conocido

el idioma de la ternura, la última seda de las caricias.

Te vi crecer. Enfurecerte en las tardes solitarias.

Encerrado con tus libros y con tu silencio.

Envuelto en la soledad y sus cuchillos de luto.

Recuerdo lo que te gustaba: una conversación,

un nuevo libro, una película de amor apasionado.

No conozco a tantas actrices que te hacían

perder la razón, repetir sus diálogos, decir su nombre.

Después, cuando empezabas a irte de casa,

cuántas veces te esperé asomada a la ventana.

Tu padre apenas decía: ¿viene el chaval? Ven, mujer,

descansa, ya vendrá. Mañana nos espera la tierra.

No le hacía caso. ¡Cuántas veces te esperé hundida

en el abismo de la noche, ya sin lágrimas! Esperé en vano.

Un día, cuando creíamos haberte perdido ya,

cuando una extraña forma de locura se había instalado

en tu corazón y en tu cabeza, en tu cabeza loca,

nos anunciaste que te marchabas. Que te ibas de casa,

no sé si al fin del mundo o aún más lejos.

Compostela. Madrid. Barcelona o Zaragoza.

Tu padre no se lo creía. No podía aceptar que hubiera

dejado de ser imprescindible o importante en tu vida,

como aún lo era, de otro modo, para tus dos hermanos.

Nunca tuve las palabras necesarias para ti.

Tampoco entonces. Se me empañaron los ojos

y los ánimos. Se me oscureció la alegría.

Ha pasado el tiempo. Y sigo sin saber ponerle vocablos

a mi melancolía, a mi propia sensación de pérdida.

La vida se me apaga: ya lo sabes. He tenido un ictus,

ando con dificultad, no sé si volveré a verte.

He rebasado esa edad que te aproxima al adiós.

Por eso, esta mañana he cogido el último cuaderno

intacto que me queda y te he puesto solo tres líneas:

“Hijo mío, verdaderamente siempre he sentido una gran

pasión por ti. Quiero que lo sepas, estés donde estés,

en Compostela, en Zaragoza o en el fin del mundo”.

Si no te importa, llámame si alguna vez te llegan.

IVAN KLÍMA SOBRE EL COMIENZO Y EL FIN DEL AUTORITARISMO

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Ivan Klíma escribe en El espíritu de Praga (Acantilado), con traducción de Fernando de Castro y Dolors Udina:

El fin de los regímenes totalitarios de izquierdas y de derechas que hemos presenciado, sobre todo en las últimas décadas, nos puede conducir a la errónea y optimista conclusión de que el totalitarismo es algo ajeno a la propia esencia del comportamiento y el pensamiento humanos, así como que los regímenes totalitarios surgieron únicamente por un descuido de la historia. En realidad, mucha gente de manera inconsciente ansía el orden y un gobierno de mano dura; desean ante todo que la opinión, postura o tendencia que ellos adoptaron también sea adoptada por los demás. Recuerdo el entusiasmo con el cual hace cuarenta años se instauró un sistema totalitario en mi país y también las fervorosas ovaciones que acompañaron a la ascensión de Hitler al poder. La primera mitad de nuestro siglo demuestra que los sistemas totalitarios atrajeron a capas enteras de la sociedad, a naciones enteras. Conseguían su popularidad no sólo por medio de la combinación de visiones utópicas y promesas demagógicas, sino también porque satisfacían las ideas que el ciudadano medio tenía sobre el orden y la organización justa de la sociedad. A personas atrapadas en una vida cotidiana y gris les ofrecían un gran ideal, así como la figura de un líder carismático que los aliviaría de la carga de tener que tomar decisiones, de las responsabilidades y los riesgos, y que además los conduciría a un objetivo que daría sentido a sus vidas. En un primer momento, muchos aspectos de un sistema totalitario resultan deslumbrantes: su resolución, la claridad de su programa y la eficiencia con la cual resuelve problemas que la democracia –ya por su propia naturaleza– no está en condiciones de resolver. Así, el sistema totalitario prohíbe aquello que desagrada al ciudadano medio y ordena aquello que le resulta formidable. El régimen reparte lo que confiscó o robó durante su emergencia, atemoriza, encierra o mata a aquellos que se muestran en desacuerdo con él, y de ese modo crea una apariencia de unidad, la cual en los primeros momentos llega a tener un efecto casi mágico. Ese efecto se ve afianzado a través de magníficas y fastuosas celebraciones, manifestaciones y desfiles. En sus inicios, el régimen totalitario parece fuerte precisamente por el apoyo de las masas del que goza y por la cohesión que muestra hacia el exterior.

[…]

Un régimen totalitario debe esforzarse sin descanso en mantener la unidad, al fin y al cabo en ella radica su propia esencia; tanto en el plano ideológico como en el social esta unidad está simbolizada por el líder: el fundador, el descubridor, el unificador. Éste encarna no sólo el ideal totalitario, sino también el movimiento que impuso el ideal y el que le dio vida. En la primera fase, gracias a la personalidad del líder y de su séquito (de hecho, son éstos quienes fueron capaces de cautivar a los ciudadanos y –con seguridad y gran determinación– llevan a cabo su idea de orden social), el sistema totalitario se presenta como un sistema dinámico, como un sistema revolucionario que cambia el orden imperante, las leyes, las costumbres y las tradiciones. Sin embargo, el propio principio del totalitarismo presupone que todos se someterán, que todos se unirán en nombre del pensamiento, del líder, del centro de poder. Por tanto, todo sistema totalitario tiene como objetivo, por un lado, la liquidación de la personalidad (a excepción de la del líder, esté ésta encarnada en un único ser humano o en un grupo) y, por otro, el ensalzamiento de la impersonalidad, de gente que, por muy aplicada, entregada y exhaustiva que sea, reprimirá inconscientemente en su interior todo germen de individualidad y cualquier género de iniciativa.

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EL POPULISMO COTIDIANO

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1.

La elección de Juncker entre la historia y la histeria, por Ignacio Molina y Elina Viilup.

“Lejos de sentir satisfacción porque Bruselas fuera al fin capaz de producir un avance de alta política después de tanto tiempo alimentando la triste dinámica tecnocracia-populismo, el PSOE prefirió oponerse a la decisión de su grupo. Lo hizo sólo con la frágil compañía de sus correligionarios en Reino Unido y Suecia; dos países poco europeístas y fuera de la moneda común. Se trata, pues, de una decisión grave que rompe la larga tradición pactista de la socialdemocracia española en asuntos europeos y que se ha intentado explicar subrayando la causa aún más grave que motivaría este giro: el sufrimiento y desempoderamiento experimentados por muchos ciudadanos durante los últimos cinco años. A ojos de muchos progresistas, la crisis del Euro habría roto el difícil equilibrio que debe guardar un partido democrático de gobierno para ser a la vez responsivo con las preferencias de sus votantes y responsable frente a la UE, optándose ahora por el segundo objetivo de forma tan exagerada que casi se habría vaciado de contenido la existencia de programas diferentes y, por tanto, de alternativas para satisfacer los deseos de sus electorados.

Esa desagradable sensación explica que, si bien España sea uno de los pocos países europeos en los que jamás ha existido una gran coalición, en el imaginario de cierta izquierda se ha instalado la idea de un “PPSOE” que supuestamente gobierna y que debe ser castigado. Los dirigentes socialistas han reaccionado con pánico ante la pérdida de votantes que eso podría suponer y han optado por subrayar tanto en la campaña de mayo como en sus elecciones primarias que no apoyarían a alguien que, en vez de encarnar un hito democrático y la posibilidad  de restablecer el consenso que tanto necesita Europa, era presentado simplificada e injustamente como el candidato de la derecha austericida.

Las premisas sobre la que se construye esa actitud pueden ser sólo electoralistas o quizás más respetables: una denuncia sincera del deterioro democrático, que ha frustrado sobre todo a los grupos sociales más débiles, o un intento de politizar la UE con una auténtica pauta de gobierno izquierda-derecha. Pero incluso en ese caso, la conclusión sería equivocada. En primer lugar, porque el débil y plural demos a escala continental hace implausible e indeseable que las instituciones europeas dejen de estar gobernadas por un amplio entendimiento que abarque al menos a socialdemócratas y democristianos de Norte y Sur. Precisamente la mala experiencia reciente de políticas económicas tan sesgadas geográfica e ideológicamente debían de haber convencido al PSOE de que es mejor aspirar al equilibrio programático y ubicarse a escala europea en el eje que divide a partidarios y detractores de la integración para tratar de responder a la mayoría social que aspira a una UE ambiciosa. Resulta incluso más eficaz pues, desmarcándose ahora tan rígidamente del apoyo a Juncker, los socialistas españoles se han autodescartado de poder moldear algo más hacia la izquierda el programa de gobierno para los próximos cinco años, perjudicando así los intereses de sus votantes. La conducta del italiano Matteo Renzi ha sido un ejemplo perfecto de todo lo contrario.

Así pues, tratando de superar la difícil tensión de todo partido de gobierno de izquierda al que le cuesta mucho ser responsivo en el eje ideológico nacional porque ha de ser responsable con sus obligaciones supranacionales, el PSOE ha optado por la peor de las respuestas: ser irresponsivo en el eje ideológico supranacional e irresponsable con sus compromisos nacionales. Además, ha puesto en riesgo la consolidación del precedente sobre la elección del Presidente de la Comisión al haber proporcionado a las fuerzas conservadoras una excusa que esa eurodiputada con tanta visión estratégica quería evitar pensando en futuras victorias socialistas. Y es posible que, cuando coincida con sus compañeros españoles, trate de hacerles ver la conveniencia de pensar con calma en las encrucijadas históricas”.

2.

Escribe Albert Aixalà:

“La política de hoy o es europea o no puede ser política en mayúsculas, porque no puede ser transformadora. A nivel nacional ya no es posible hacer las políticas de estímulo e inversión que la economía española necesita, como las anunciadas por Juncker. Hoy no nos sirve un discurso izquierdista a nivel nacional si no somos capaces de articular una alternativa europeísta real. Parafraseando a Felipe González, 35 años después del XXVIII Congreso, hoy “hay que ser europeísta antes que izquierdista”.

¿Esto significa que el PSOE no debe criticar las políticas llevadas a cabo hasta ahora por la Comisión Europea y por la Unión en su conjunto? En absoluto. Debe criticarlas en el Parlamento Europeo, pero también en el Congreso de los Diputados, donde habría que utilizar mejor los mecanismos de control que ofrecen los tratados europeos. El Tratado de Lisboa, en vigor desde 2009, abrió la puerta a un mayor control de los parlamentos nacionales sobre las políticas europeas, y el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza de la Unión Económica y Monetaria -la mayor transferencia en política económica y fiscal que ha hecho España, en vigor desde enero de 2013- también prevé este control parlamentario nacional.

Sin embargo, uno de los países que menos controla y discute la política económica europea y su aplicación nacional a través del Semestre Europeo -el mecanismo de control presupuestario y fiscal por parte de la Comisión- es España. Según un informe reciente del Observatorio de los Parlamentos tras el Tratado de Lisboa (OPAL) los países más afectados por la crisis son, a su vez, los que cuentan con Parlamentos más débiles y que han controlado menos las decisiones económicas tomadas a nivel europeo -en el Consejo Europeo, el Eurogrupo o la Comisión. En cambio, los países con triple A han sido los que más han controlado las decisiones económicas europeas desde sus parlamentos nacionales. Y los que más han influido en ellas.

Una vez más, como apuntábamos en un artículo anterior, se pone en evidencia que en Europa hay países que se toman en serio la política europea -también su control democrático a través de sus parlamentos- y otros que no. Desgraciadamente España se encuentra entre los segundos. En consecuencia, la nueva legislatura ha empezado dominada por Alemania: sus candidatos se han hecho con la presidencia de la Comisión y del Parlamento, así como con la presidencia del grupo popular europeo. Los italianos han conseguido la presidencia del grupo socialista. Los franceses y los españoles ni están ni se les espera.

Por consiguiente, la nueva dirección del PSOE debe ser consciente que está obligada a una doble tarea: reforzar el control parlamentario de la aplicación de la política económica europea desde Madrid e influir -a través del grupo socialista en el Parlamento Europeo- en las decisiones de la nueva Comisión -incluyendo el nombramiento del nuevo comisario español, que deberá ser aceptado por el Parlamento. Mucho me temo que tras la decisión de esta semana de votar contra Juncker, las posibilidades de bloquear la candidatura de Arias Cañete con el apoyo del grupo socialista europeo se han reducido notablemente. Eso lo saben perfectamente los eurodiputados socialistas, y sería tarea del nuevo secretario general explicarlo en las agrupaciones del partido”.

3.

Cospedal y Barreda: sistemas sesgados para ganar perdiendo, por Alberto Penadés. Con el suplemento de cuatro reglas para manipuladores electorales.

4.

4.

Gregorio Morán: El fútbol, esa gran estafa: 1 y 2.

5.

Escribe Sebreli en La era del fútbol:

“Es inútil tratar de responder al ‘futbolismo cultural’ con argumentos lógicos y éticos, a los posmodernos les resultan demasiado solemnes y pedantes, ellos están contra la seriedad y por el humor. Los populistas, por su parte, nos hablarán de sensibilidad; el ataque preferido a quienes criticamos las pasiones llamadas populares es que carecemos de ‘sensibilidad popular’. Según parece esa cualidad del alma, ese misterioso instinto capaz de captar las esencias ocultas de la sabiduría ancestral de los pueblos, le es otorgada a unos y negada a otros por una suerte de predestinación orgánica, es innata y no se puede adquirir, es una forma larvada de superioridad racial; la ‘sensibilidad popular’ se confunde a fin con el espíritu de la aristocracia. El populista proclama que el intelectual no puede sentir la oportunidad de un partido de fútbol o de la voz de Gardel, del mismo modo que Charles Maurras decía que el judío francés no puede sentir un verso de Racine.

Cuando surge la voz discordante de Borges, osando burlarse de las supersticiones populares como el peronismo, el gardelismo o el fútbol, el estigma cae sobre él. Un periodista deportivo señalaba que la infancia de ese escritor ‘debe haber sido triste y aburrida, porque no recordar un picado en el barrio con pelota de trapo es no haber conocido ni gustado el dulzor de la infancia’. Antonio Cafiero, el amigo de Barritta, decía que a ‘un hombre como Borges, a quien no le gusta el fútbol, ni Gardel, ni las mujeres [sic] no le puede gustar el peronismo’. El pensamiento racional puede captar lo instintivo, afirman los privilegiados poseedores de la ‘sensibildiad popular’, para ellos la pasión y la fe son superiores a la razón como modo de conocimiento, es decir que en última instancia la realidad misma es irracional. Con una actitud neorromántica, estos populistas proclaman el derecho a ‘idolatrar’, a creer en ídolos populares y en los mitos nacionales y acusan de frialdad de corazón a quienes se proponen desacralizarlos y desmitificarlos”.

6.

En episodios anteriores: Todo lo que sé de moral lo aprendí en el fútbol.

[Imagen, de Ferdinando Scianna.]