Daniel Gascón

Categoría: Revista

HITCHENS: FANTASMAS REBELDES

En Amor, pobreza y guerra (hay ediciones en Debate y Debolsillo) Christopher Hitchens escribe sobre las recreaciones de Gettysburg, y sobre todas las recreaciones:

La novela de William Faulkner Intruso en el polvo es en realidad un relato de detectives del siglo XX (que, en mi opinión, deja Matar a un ruiseñor mordiendo su propio polvo). Pero, hacia el final, regresa a la inevitable textura histórica del Viejo Sur, y la forma en que esa historia no puede renunciar a sus herederos, ni estos a ella. Chick Mallison, el protagonista blanco, recuerda un soliloquio de su tío:

Todo es ahora ves. Ayer no terminará hasta mañana y mañana empezó hace diez mil años. Para cada chico sureño de catorce años, no una vez sino cada vez que lo desea, está el instante en el que todavía no son las dos en punto de esa tarde de julio de 1863, las brigadas están en posición tras la valla del ferrocarril, las armas están montadas y listas en los bosques y las banderas enrolladas ya están sueltas para abrirse y el propio Pickett con sus largos rizos aceitosos y su sombrero en una mano probablemente y su espada en la otra mirando la colina, esperando que Longstreet dé la orden y todo pende de un hilo, todavía no ha ocurrido, no solo todavía no ha empezado sino que todavía queda tiempo para no empezar contra esa posición y esas circunstancian que daría a más hombres que Garnett y Kemper y Armistead y Wilcox un aspecto grave pero va a empezar, todos lo sabemos, hemos llegado demasiado lejos y con demasiadas cosas en juego, y ese momento ni siquiera necesita que un chico de catorce años piense Esta vez. Quizá esta vez, con todo esto que perder y todo esto que ganar: Pensilvania, Maryland, el mundo, la cúpula dorada de Washington para coronar con una victoria desesperada e increíble el juego desesperado…

Puede que esto parezca un poco recargado, incluso una idealización romántica. (En su evocador y soberbio Lincoln, Gore Vidal señala que en 1861 no había cúpula en el inacabado Capitolio, y el propio monumento a Washington era un feo tocón que se mantenía incompleto por la falta de fondos.) Puede incluso que te parezca algo incorrecto moralmente. (Muchos chicos de todas las edades en la Vieja Confederación eran consagrados unionistas, y desde entonces muchos lo han superado y aprendido a vivir con ello.) Pero o sientes una emoción y un nudo en la garganta cuando se mencionan las Termópilas y Agincourt, Culloden y Galípoli, el Jarama y El Alamein, o no. Y la gran épica marcial de Gettysburg –que te das cuenta de que Faulkner ni siquiera nombra, le parece que está en un lugar demasiado profundo para las palabras– pertenece a esa lista de batallas, porque fue un acontecimiento decisivo y porque incluyó un momento climático de valentía inmoladora y fútil.

Por eso, en otra tarde cálida de julio, en 1998, ciento treinta y cinco años después de la carga suicida que todavía lleva el nombre de Pickett, me encontraba en el paisaje maravillosamente bello e invariable del sur de Pensilvania. Yo era un intruso en el polvo: el polvo de quizá quince mil personas que recreaban la Guerra de Secesión, y el doble de espectadores. Mujeres con faldas de aros entraban y salían de las tiendas de los vendedores que aprovisionaban al ejército, mientras bandas de música tocaban “Dixie” y “Battle Cry of Freedom”, y los destacamentos azules y grises mantenían una respetuosa distancia mutua. El lado azul era más uniforme en un sentido estricto, como corresponde a un ejército regular, mientras que los miembros del gris llevaban a menudo su propio equipo o iba descalzos o engalanados con sus caóticos sombreros flexibles y sus monos. Sin embargo, daba la poderosa impresión de que ser un tipo de gris que todavía ve las cosas en blanco y negro.

Había ejemplares disponibles de Civil War Times y Camp Chase Gazette (“La voz de la Recreación de la Guerra de Secesión”), en los que se puede descubrir que hay mucha gente que hace esto más de una vez al año. De hecho, me encontré con un caballero llamado Brian Talbert, equipado para la Batería E de la Tercera Artillería de Estados Unidos, que calculaba que se pone el kit completo entre veinticinco y treinta fines de semana cada año, la mayoría de las veces para la Guerra de Secesión pero en ocasiones también para las Guerras Indias. (Los oficiales de la Unión y la Confederación, que a menudo habían sido amigos en West Point, por lo menos se ponían de acuerdo sobre cómo había que tratar a los mexicanos y los indios.) El resto del tiempo es mecánico aeroespacial de Honeywell en Clearwater, Florida. Y va con Abe el Honesto, el abogado rural y leñador de Illinois. La mayor parte de los participantes serios, radicales, adoran a J. E. B. Stuart y Robert E. Lee. (Tienen, se podría decir, más que ganar.) A la salida de una tienda de recuerdos me encontré con Tony Horwitz, autor del libro, Confederates in the Attic: Dispatches from the Unifinished Civil War, que constituye la mejor explicación de esta obstinada subcultura estadounidense. Se paró para señalar al personaje disfrazado de Johnny Reb, con su chaqueta, un individuo claramente indómito llamado Robert Lee Hodge. “Su truco particular es su brillante imitación de un cadáver hinchado en el campo de batalla”, me instruyó Horwitz. “Puede que esté en uno de los bares esta tarde.” El señor Hodge, supe más tarde, ha patentado el término “guerrasmo” para los entusiastas “superradicales”, que prefieren las recreaciones sucias y a pelo. Algunos necesitan una vida de verdad; otros son auténticos estudiosos de la historia; otros tienden a considerar la película Deliverance una invasión de su intimidad. Pero, para todos aquellos a los que no les gustan los abucheos al Sur, la bandera de la Confederación es un título y una conexión con la nobleza.

Aunque nadie apreció el dato en el momento, la Batalla de Gettysburg se ganó en el primero de sus tres días y había terminado antes de empezar. El ejército de Virginia del Norte cruzó la Línea Mason-Dixon hacia el territorio de la Unión, con verdadera fuerza por primera vez, pero sin mucha información precisa. Sus supuestos “ojos” –la galante caballería del mencionado Stuart– prefirieron marcharse y hacer una incursión. Así que cuando el ejército del Potomac, a las órdenes del general George Meade, se encontró con la vanguardia del enemigo, fue como si dos barcos chocasen en la niebla. La caballería de la Unión del general John Buford decidió allí y en ese momento luchar y conservar su posición ventajosa. Cuando lo lograron, no es un cliché decir que lo demás es historia. Observé este momento definitorio y fatídico cuando lo recreaban bajo un sol abrasador. La mosquetería repiqueteaba y descargaba, y los cañones rugían y despedían un humo satisfactorio, y las tropas y las columnas avanzaban y volvían a desplegarse. Solo faltaba un elemento de autenticidad. Nadie tenía muchas ganas de imitar la parte en que levantas los brazos, o, más probablemente (teniendo en cuenta la instrucción habitual de “apuntar bajo”), los aprietas terrible y rápidamente sobre tus vísceras y genitales. Casi nadie se presentaba voluntario para caer. En cierta manera, puedo entenderlo, porque ¿qué diversión hay en estar acalorado y quieto el resto de la tarde? Puedes verlo de otra también, porque hay mucha gente que verdadera, loca y profundamente quiere “formar parte de ello” y que, como entendió Faulkner, cree a medias que aún puede conseguirse un resultado distinto.

Sobre la Guerra de Secesión, o la “Guerra entre los estados”, o “el último disgusto” o “la guerra de agresión del norte” solía decirse que fue la última de las viejas guerras y la primera de las nuevas. Todavía había caballería y garbo e iniciativa individual, en otras palabras, pero las notas graves, rugientes, de la guerra mecanizada se oían por debajo y por encima del galope de las herraduras y el redoble de tambores y la noble llamada de la corneta. En torno a cincuenta y cinco mil hombres volaron en pedazos o murieron por heridas horribles o fallecieron por sed y desatención en el campo de Gettysburg, y me parecía un poco blasfemo pasear por ese césped cercano y comprar recuerdos kitsch, o panfletos con títulos como Masones en Gettysburg, o camisetas adornadas con la leyenda “Una cosa sureña: no lo entenderías”. (¿Por qué, cuando veo una bandera de batalla confederada agitándose en la parte trasera de una camioneta, no la asocio automáticamente con cortesía, gentileza, caballerosidad y hospitalidad? Quizá sea esa la parte que no entiendo.) De todas formas, en estas ocasiones siempre faltan voluntarios para interpretar el papel yanqui.

Así que fue una sorpresa ver la primera cara negra que había visto en todo el día. Pertenecía a un hombre que llevaba una gorra azul de la Unión con ropa vaquera. Resultó que no era un participante adolescente sino un aficionado a la historia de Baltimore que solo se había puesto la gorra como signo de solidaridad. Habló con conocimiento erudito de Charles Francis Adams, el enviado de Lincoln a Londres, y de su hijo Henry, autor de La educación de Henry Adams, y de políticos británicos contemporáneos como Gladstone y Russell, hasta que una banda que tocaba “Dixie” lo ahogó abruptamente. Parecía que estábamos a pocos metros de la tienda del general Lee, y que el mando confederado iba a dar una “rueda de prensa”. Mi nuevo conocido rechazó mi propuesta de ir juntos y ver qué pasaba. (Uno de los primeros actos del ejército de Virginia del Norte, al entrar en Pensilvania y por tanto regresar a la Unión, fue reunir a los esclavos liberados y mandarlos al Sur para que se reincorporasen en la fuerza de trabajo impagada. Hablando de integración forzosa.) Pero al presentarme al personal de Lee conocí al recreador con el decidí quedarme.

Era fácil de encontrar, con su abrigo rojo y su elegante gorra negra. “¿Coronel Fremantle, supongo?” A manera de respuesta hizo una reverencia educada. El teniente coronel Sir Arthur Lyon Fremantle de la Guardia Coldstream de Su Majestad es una figura destacada de la tremenda novela de Michael Shaara Ángeles asesinos, y de la película para televisión Gettysburg, que está basada en ella. Fremantle se unió como observador a las fuerzas confederadas y escribió uno de los diarios más vívidos, aunque menos inteligentes, de la Guerra de Secesión. (Creyó hasta el final que el Sur era invencible.) Si Lee hubiera ganado en Pensilvania, podría haber ido a continuación a Filadelfia o Washington o ambas, y en ese caso el Imperio británico podría haber abandonado su neutralidad más bien favorable al Sur e intervenido en el lado de Jefferson Davis. El hombre que hacía de Fremantle resultó ser Roger Hugues, un jovial británico de Nottingham que ahora vive en Orlando y trabaja como asesor de marketing. Lleva siete años interpretando el papel. Fuimos a su tienda bien equipada. Casi todos los que pasaban lo reconocían. “Por supuesto, en parte es la túnica escarlata. Todo por culpa de esa película. Fremantle nunca llevó su uniforme en el campo de batalla; insistía en un traje de cazador. Pero ahora la gente espera que lo lleve.”

 

Tras ser reclutado casi como si se tratara de una broma en lo que él llamaba irónicamente “la comunidad de la recreación”, Hughes ha visto que el papel se apodera sutilmente de su vida. Ha investigado cada detalle de la carrera de Fremantle; ha escrito una novela titulada Fremantle, que publicó él mismo en una edición con cubierta de cuero; ha visitado los lugares en los que sirvió el gran hombre; y ha desenterrado fotografías olvidadas de los archivos militares en Londres. “Creo”, dijo gravemente, “que tengo el mejor trabajo del Ejército Confederado.” Era libre de vagar por el campo de batalla sin participar en las hostilidades. Fremantle escuchó que el general Robert E. Lee decía, tras el sanguinario fiasco de la carga de Pickett: “Todo ha sido culpa mía”. En ese momento, la mayoría de los partidarios del Sur no quería oír eso. Una cosa era que miles de hombres malgastaran sus vidas asaltando una cuesta bajo un fuego intenso y órdenes delirantes –eso es gloria– y otra muy distinta pensar que se trataba de una metedura de pata de un viejo mortal vanidoso y falible. La carga de la brigada ligera de 1854 obedecía a tácticas sensatas en comparación. (Un elemento prominente de Monte Frío, la novela que Charles Frazier publicó en 1997, es cómo el fatigado desertor confederado, Inman, se da cuenta de que ha sido engañado, y tratado como algo de lo que se podía prescindir: “Las casas se extendían a intervalos en el valle, con columnas blancas. Estaban rodeadas de casuchas esparcidas de forma que la tierra del valle parecía dividida en feudos. Inman miraba las luces en las grandes casas de noche y sabía que había luchado en batallas por los hombres que vivían en ellas, y eso le ponía enfermo”.)

Junto a “Fremantle”, bajo el toldo de su tienda, estaba el portador de un sombrero hongo y tirantes Francis Charles Lawley, corresponsal del Times de Londres y un ferviente partidario de la Tierra de Algodón. Resultó ser otro británico, llamado John Bottoms, un analista de sistemas de Cincinnati Bell. Las frenéticas diatribas del Times contra Lincoln y la Unión, y a favor del poder de los esclavistas, desesperaban a Charles Francis y Henry Adams. Pero esta propaganda era regularmente contestada por el principal periodista partidario la Unión en Gran Bretaña. En sus artículos para el New York Daily Tribune de Horace Greeley, este columnista, que se llamaba Karl Marx, ayudó a dirigir la agitación a favor de Lincoln en Inglaterra, previó la era de los acorazados, el despido del incompetente general de la Unión George McClellan y la adopción de la Proclamación de la Emancipación, que declaró libres a todos los esclavos en manos de los confederados. Los Adams, padre e hijo, lo admiraban. A menudo me he preguntado por qué la derecha dixiécrata no aprovecha más este hecho histórico, que sin duda se encuentra entre las cosas que no se enseñan en la escuela.

A mediodía había una atracción en la tienda principal anunciada como “Vidas pasadas de la Guerra de Secesión: Una charla sobre la regresión de Barbara Lane”. Asistí. La señora Lane, con miriñaque y parasol y sin duda una botella de zarzaparrilla en los alrededores, expuso a una gran audiencia su creencia en la reencarnación de veteranos en participantes de la recreación. Un actor suplente del general confederado moderadamente desastroso Henry Heth compartió sus alucinaciones con nosotros. También lo hicieron otros resucitados dudosos. Solo un hombre rompió con el papel habitual de los reencarnados, la mayoría de los cuales (seguro que te has dado cuenta) aseguran que fueron reyes o semidioses en vidas pasadas. “Yo solo era un soldado borracho”, anunció el tipo. Su estado en ese momento prestaba sin duda credibilidad a su reivindicación. Descubrí que me sentía cada vez más irritado, no solo por la idiotez del asunto sino por su modernidad. Si visito tierra empapada de sangre y por lo tanto supuestamente sagrada, quiero oír al menos una retórica grandilocuente, no parloteo pseudo-terapéutico.

*          *          *

La verdadera razón de la inmortalidad del discurso de Gettysburg, que Lincoln pronunció cuatro meses más tarde en la misma tierra santificada, es que se apartaba de la grandilocuencia y la oratoria convencionales, y conseguía honrar al pasado y convocar un futuro democrático común. (Esto, en menos de trescientas palabras.) Fui directamente desde el falso acontecimiento al verdadero monumento nacional que había en la carretera e intenté decidir qué hace que Gettysburg sea tan duradero e intenso:

-Podría haber salido de otra manera, con la futura república dividida y parcialmente esclavizada.

-Los muertos no hablan. Preferiría oír a los soldados despilfarrados de Picket que a quienes los reclutan para otros propósitos y usan sus nombres. Puesto que no podemos oírlos, con toda modestia no deberíamos presumir que hablamos por ellos. (Esto vale para gran parte de la retórica en todos los campos)

-Gettysburg solo duró cuatro días, y terminó la víspera del 4 de julio. Antes de la Guerra de Secesión, gente de todas clases y profesiones decía: “Los Estados Unidos son…”. Después de 1865, “Estados Unidos es…”.

-El ejército confederado fue el último ejército blanco, protestante y anglosajón (aunque no exactamente WASP) que luchó sobre el suelo de Estados Unidos, o desde el suelo de Estados Unidos. (Su bandera de combate era la cruz de San Andrés. Faulkner siempre se consideró escocés y pensaba con añoranza en una derrota análoga de los valientes clanes de las Highlands en 1746 en Culloden.) En las filas de Unión había numerosos refugiados políglotas europeos, muchos de ellos veteranos de la revolución de 1848. El gran melting pot solo empezó a burbujear después de que el resultado Gettysburg hubiera quedado decidido.

-El Imperio británico nunca intentó intervenir de nuevo en los asuntos estadounidenses, y reconoció que una Unión continental era inevitable, así que Gettysburg fue un acontecimiento crucial en el eclipse gradual de Gran Bretaña por parte de Estados Unidos. (En la famosa colección de ensayos de 1931 If It Had Happened Otherwise, editado por J. C. Squire en 1931, Winston Churchill presentó esto como su principal razón para desear que Lee hubiera ganado.)

-Las fuerzas del Sur fueron derrotadas por las mismas cualidades –la temeraria y encantadora indisciplina de J. E. B. Stuart, la confianza inquebrantable de Lee en la orientación divina, la tenaz e imperturbable lealtad del general James Longstreet– que admiraban en ellas mismas e imaginaban que les darían la victoria. Como dice Bertolt Brecht en “Preguntas de un obrero que lee”: “Hasta en la legendaria Atlántida, / La noche que fue devorada por el mar, / Los que se ahogaban clamaban llamando a sus esclavos”.

-Una advertencia ignorada –acerca de la superioridad de la artillería sobre la infantería- parece, en retrospectiva, convertir Gettysburg en la premonición del Frente Occidental, y de los generales anticuados y testarudos que lo dirigieron y superaron a sus predecesores en locura.

-A menudo las derrotas gloriosas tienen mayor efecto emocional que las victorias turbias. La Confederación siguió realizando un sacrificio humano de sus mejores hijos, en nombre del general George Pickett, durante casi dos años después de que la lección de Gettysburg hubiera quedado cruelmente clara. Dunkerque fue una derrota gloriosa e inspiradora, pero en esa ocasión el gran esfuerzo se empleó en salvar de Hitler al ejército británico en lugar de tirarlo a la basura. Y uno de los oficiales más llamativos de la Unión era George Armstrong Custer…

-Fue la primera guerra que narraron los fotógrafos. Los descarnados estudios en claroscuro de los muertos sin enterrar en Gettysburg significaban que los civiles podían ver qué aspecto tenía realmente la guerra, en lugar de confiar en las hojas de propaganda, las baladas del momento y los despachos de segunda mano.

Eran ideas sueltas en un campo damnificado, pero parecían conectar unas con otras. (El paisaje sin explotar ni recargar ayuda a que las ideas cristalicen, aunque Three Mile Island solo está a un día de camino.) Sobre todo, está la masculinidad de la cosa. La guerra, dicen, es para los hombres lo que el parto para las mujeres: la experiencia esencial, formativa y creadora de vínculos. Hace que formes parte de todo, te alista en la compañía irreprochable de los combatientes y te define como individuo. Aquí está la descripción de Michael Shara de la crítica escena en Little Round Top –el momento decisivo y de lucha desesperada en el combate de Gettysburg– donde se les dijo a los hombres de Maine que de ningún modo podían entregar el terreno ventajoso que había tomado el general Buford, porque eran el final de la línea:

Los hombres cavaban, amontonaban rocas para hacer un muro de piedra. La posición tenía casi cien metros, Chamberlain podía ver el final, veía el 83 de Pensilvania a su derecha. A su izquierda no había nada, nada en absoluto… Chamberlain dio un breve paseo. Mantener hasta el último. ¿Hasta el último qué? Ejercicio de retórica. ¿Último hombre? ¿Último palmo de tierra? ¿Último rebelde?… Sentía el vacío a su izquierda como una presión, como algo frío.

Y aquí está Ernest Hemingway en Por quién doblan las campanas:

Supongo que sería demasiado que los dos flancos se mantuvieran, pensó. No sé quién está preparado para aguantar eso. Y si te extiendes a lo largo de un flanco, cualquier flanco, se acaba convirtiendo en un hombre. Sí, un hombre… Vas a ser el flanco izquierdo cuando estemos en batalla, pensó… Bueno, siempre quise luchar una por mi cuenta. Siempre tenía una opinión de lo que estaba mal en todas las demás, desde Agincourt. Haré que esta sea una buena.

Robert Jordan y los otros voluntarios estadounidenses de la Guerra Civil española luchaban, por supuesto, en el Batallón Abraham Lincoln. Creo que Hemingway debía tener Gettysburg en la cabeza cuando escribía (y puede que también pensara en Stephen Crane, que describió la batalla de mayo de 1863 en Chancellorsville con efectos tan electrizantes en La roja insignia del valor que la gente pensaba que había “estado allí”, aunque todavía no había nacido).

Las letras y la literatura estadounidenses se volvieron menos floridas, más escuetas, más irónicas y en cierto modo más modestas y sutiles tras Gettysburg y el discurso económico y certero que lleva su nombre. “Tambores de guerra” de Walt Whitman es casi prosaico, mientras que la elegía de Robert Lowell “Por los muertos de la Unión” se alimenta de la escena casi puritana que describe: “En un millar de parques de pequeñas ciudades de Nueva Inglaterra, / Las viejas iglesias blancas conservan su aspecto / de escasa, sincera rebelión; deshilachadas banderas / acolchan los cementerios del Gran Ejército de la República”. Sin embargo, más gente en el Norte y en el Sur reconocería el nombre de Pickett que el de Joshua Lawrence Chamberlain. Chamberlain, un escéptico profesor de religión y retórica en el Bowdoin College y un amigo de Harriet Beecher Stowe, dirigió el 20º de Maine hasta el último extremo del Little Round Top. No envió a sus tropas a realizar acciones insensatas o teatrales. No cometió florituras letales. Fue frugal con la munición. Mantuvo estoicamente el flanco izquierdo para la Unión, y solo como un último y meditado recurso dirigió una carga colina abajo en vez de hacia arriba, afianzando la cuestión de forma memorable. Si hubiera sido más artista del baño de sangre y amante de la guerra, probablemente brindarían por él innumerables hombres que nunca han visto un cadáver hinchado u olido una herida en el pecho, y que utilizan estos episodios para fanfarronear y tomar copas. Pero da la casualidad de que fue el reflexivo Chamberlain quien ganó, mientras que los que no pueden olvidar el pasado están condenados, no exentos de patetismo, a recrearlo.

 

Vanity Fair, julio de 1999.

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CONTRA LA HOMEOPATÍA

homeopatíaRescato este post: La médico Harriet Hall escribe en Skeptic:

“La homeopatía es una de las formas más antiguas de pseudociencia del mundo moderno. Oliver Wendell Colmes reconocía que era una tontería en 1842, cuando escribió “Homeopathy and Its Kindred Delusions” [Homeopatía e ilusiones afines]. Hace mucho que hemos abandonado la absurdez de equilibrar los cuatro humores con sangrías y purgas, pero la homeopatía sigue adelante. ¿Qué la hace indestructible?

Una razón es la falta de comprensión de lo que es verdaderamente la homeopatía, incluso entre los proveedores de atención sanitaria. Hace poco oí hablar de una enfermera que creía que ‘homeopático’ se refería a cualquier remedio de hierbas naturales. En caso de que los lectores se encuentren confundidos, aquí hay una breve perspectiva. La homeopatía fue inventada por Samuel Hahnemann a finales del siglo XVIII. Se basa en el ahora superado principio que postula que ‘lo similar se cura con lo semejante’, y cuanto menor es la dosis, mejor la homeopatía. Si el café te mantiene despierto, un café muy diluido te hará dormir. Cuanto más diluido esté el café, mejor dormirás.

Para imaginar qué remedio funciona para determinados síntomas, se hace una ‘prueba’, dándole una sustancia a gente sana y escribiendo cada síntoma que tengan los días siguientes (sin intentar determinar si el síntoma se debe a la sustancia o es una coincidencia). Haces un remedio diluyendo esa sustancia muchas veces y sacudiéndola cada vez. Miras los síntomas en un libro que enumera los diferentes resultados de pruebas, y le das el remedio que mejor encaje con su enfermedad.

Para un remedio, el libro enumera síntomas en 19 sistemas corporales, con entradas como ésta: ‘Dolor en la espalda, con deseo de un apoyo firme. Cada movimiento acelera la circulación. Palmas de las manos calientes y sudorosas. Descarga nasal o nariz seca. Padrastros. Verrugas. Escalofríos entre las 9 y las 11 de la mañana. Frío en las piernas con congestion de cabeza, pecho y estómago. Sueño antes del mediodía. Sueños de atracos…’. Sigue así durante páginas. Todos estos síntomas están recogidos en demostraciones de gente sana después de tomar Natrum muriaticum. Eso es sal de mesa. ¿Cómo puede creer alguien que la sal de mesa causa todos esos síntomas, o, ya que estamos, creer que una disolución de sal podría aliviar todos esos síntomas?

La memoria del agua

¿Qué tipo de disolución? Una disolución seria, comparable a una gota diluida en el agua que hay en toda la Tierra. Cuando se dieron cuenta de que no había moléculas de la sustancia original en la mayor parte de las disoluciones homeopáticas, los homeópatas decidieron que el agua debe ‘recordar’ lo que ha estado en contacto con ella, como grupos de moléculas de agua que de alguna manera guardan la memoria de las sustancias supuestamente curativas. Desafortunadamente, los homeópatas no han logrado explicar cómo puede recordar el agua lo que debe recordar, y olvidar todos los demás recuerdos de sus contactos con varios contaminantes, elementos, bacterias, y cualquier cosa que estuviera flotando por allí en ese momento.

En homeopatía, cualquier sustancia puede ser un remedio. Mi favorita es ‘eclipse de luna llena’. He intentado descubrir cómo lo recogen para preparar el remedio; nadie me lo cuenta. Y después estaba el homeópata que vendía vacunas homeopáticas contra la viruela y el ántrax, que decía que fabricaba diluyendo los componentes reales. Yo informé de él a Seguridad Nacional, porque si él puede conseguir esos elementos, los terroristas también.

Jacques Benveniste es tristemente celebre por ganar dos Premios IgNobel por sus estudios homeopáticos: el primero no podía repetirse cuando se hacían experimentos de doble ciego; en el segundo, aseguraba que había mandado la firma electrónica del remedio a través de Internet.

El estudio de degranulación de basófilos de Benveniste era un intento enrevesado para mostrar que el agua puede recordar. Supuestamente fue replicado en otros laboratorios, como Ennis. Los homeópatas siguen citando estos estudios como evidencia de la memoria del agua, pero esto es falta de honestidad intelectual. En primer lugar, los estudios están completamente desacreditados por el hecho de que cada intento de repetirlos con experimentos de doble ciego ha fracasado. Cuando James Randi y un equipo de Nature visitaron el laboratorio de Benveniste, su experimento dejó de funcionar. Cuando el experimento de Ennis fue repetido por el premio de un millón de dólares de Randi en el programaHorizon, fracasó. Si el experimento realmente funcionara en condiciones de doble ciego, alguien podría haber ganado fácilmente el millón de dólares a estas alturas.

En segundo lugar, los homeópatas no parecen darse cuenta de que si los resultados de esos experimentos fueran válidos, significarían que la homeopatía no podría funcionar nunca tal y como se anuncia. Los efectos subían y bajaban con consecutivas disoluciones en lugar de aumentar progresivamente, y parece que se obtenía un efecto similar con una disolución y la solución completa, en lugar de lograrse el esperado efecto opuesto.

Placebo

La homeopatía es tan tonta como puede serlo. No importaría si funcionara, pero no lo hace. La gente cree que funciona porque obtienen un efecto placebo y el homeópata los entretienen mientras ellos mejoran por sí mismos.

Un meta-análisis reciente aseguraba haber descubierto que la homeopatía funcionaba mejor que el placebo en general, pero que no funcionaba mejor que el placebo por ninguna condición específica. Todavía estoy intentando enrollar eso en mi cerebro. Es como decir que el brócoli es mejor para la gente pero no es mejor para los hombres, las mujeres o los niños. Otros meta-análisis han sido negativos, especialmente los que prestaban atención sólo a los estudios de alta cualidad. Un reciente editorial de la revista médica británica Lancet proclamaba ‘el fin de la homeopatía’.

Quizás lo más prometedor sea que Edgard Ernst, médico, ha hablado con fuerza contra la homeopatía. Esto es importante porque era homeópata y el primer catedrático en todo el mundo de medicina complementaria. Durante los últimos 15 años ha dirigido un equipo de investigadores que estudiaban la evidencia a favor de la medicina alternativa, y ahora concluye: ‘Con respecto a la homeopatía, las pruebas apuntan a una industria falaz que no ofrece a sus pacientes otra cosa que fantasía’.

Pese a la ciencia y la razón, la homeopatía no se va a marchar. Tiene algunas cosas muy buenas sobre ti. Cuando vas al homeópata, quiere saberlo todo sobre ti. Te da más atención y tiempo que tu médico de cabecera. Escoge un tratamiento especial diseñado sólo para ti. Si no funciona tiene una explicación y otra cosa que probar la próxima vez. Siempre confía en que te puede ayudar a estar mejor. La homeopatía es barata. No tiene efectos secundarios. Es el placebo ideal. Es fantástica para los que tienen razones para preocuparse y para los hipocondríacos. Es fantástica para esos síntomas elusivos que la medicina científica no puede diagnosticar y curar. Es inofensiva, salvo en los casos en los que se convence a los pacientes para que dejen el tratamiento médico efectivo, o cuando se ofrecen vacunas homeopáticas en lugar de las vacunas reales.

Popular

Es popular en Gran Bretaña, donde la usa la Reina Isabel, la promueve el Príncipe Carlos, donde siguen operando cinco hospitales homeopáticos, y donde la Seguridad Social le dedica un buen pedazo de su presupuesto.

Digamos que no duermes bien. Podrías ir a un médico y  obtener una receta para una pastilla que funciona algo mejor que un placebo y tiene efectos secundarios, o podrías ir a un homeópata y obtener un placebo que no tiene efectos secundarios y es más barato. Igual te va mejor con el placebo. ¿Por qué no prescriben placebos los médicos? Por que no es ético: no mentimos a los pacientes; no podemos decirles que un remedio es efectivo si sabemos que no es más efectivo que un caramelo.

Es fácil ver por qué los médicos pueden creer que la homeopatía funciona. Los pacientes les dicen que se sienten mejor. Por eso las sangrías y las purgas duraron tanto: los pacientes se sentían mejor a pesar del tratamiento y el tratamiento se llevó el mérito. Por eso debemos hacer experimentos al azar y controlados para asegurarnos de el mismo número de pacientes no se siente mejor sin el tratamiento.

Argumentos débiles

Los agumentos que los homeópatas usan para apoyar sus creencias granjearían un suspenso en el primer curso de lógica. Aquí hay algunos que he tomado de “Presenting 50 Facts About Homeopathy” [Presentando 50 hechos sobre la homeopatía] de Louise Mclean.

  • Hipócrates dijo que hay una ley de los similares. [Hipócrates también dijo que toda enfermedad se debía a un desequilibrio de los cuatro humores.]
  • Las demostraciones homeopáticas son un método de examen más científico que el modelo ortodoxo. [Si dices algo totalmente falso con la bastante frecuencia, la gente puede empezar a creerlo.]
  • Hay más de 4000 remedios homeopáticos. [Ninguno funciona.]
  • La sustancia exacta de un remedio homeópatico es conocida, a diferencia de lo que ocurre con la mayor parte de las medicinas modernas donde raramente se nos informa de los ingredientes. [¿Qué? Estamos informados si sabemos leer.]
  • Los homeópatas tartan enfermedades genéticas originadas por seis causas genéticas principales: tuberculosis, sífilis, sarna, cáncer, lepra. [A los genetistas les sorprendería saber esto.]
  • La homeopatía obtenía mejores resultados que el tratamiento convencional en epidemias de cólera y tifus en el siglo XIX. [Sólo porque el tratamiento convencional del siglo XIX hacía más daño que bien. La medicina convencional de hoy es un poquito más efectiva.]
  • Mucha gente cree en la homeopatía. [Mucha gente cree en fantasmas y ángeles, pero eso no los hace reales.]
  • Las grandes empresas farmacéuticas no quieren saber lo bien que funciona la homeopatía. [Las teorías de conspiración están vivas y coleando.]
  • La reina Isabel nunca va a ninguna parte sin sus utensilios homeopáticos. [Y Madonna usa agua de la Cábala]

Argumentos como éstos solo subrayan la bancarrota intellectual del sistema de creencias de los homeópatas. Les encantaría encontrar una validación científica, pero rechazan la ciencia porque no les apoya. Un excusa reiterada es que los remedios son individuales y por tanto no se prestan a experimentos controlados. Eso es una tontería. Un homeópata podría prescribir remedios individuales y terceros podrían dispensar al azar lo que se ha recetado o placebo. Ni el paciente ni el homeópata sabría qué se ha llevado el paciente.

La homeopatía era un disparate en 1842. Lo sigue siendo. Es un diagnóstico que le puedes dar a quien quieras”.

CÓMO SE EDITA UN TEXTO: LAS CINCO REGLAS DE BOTSFORD

manuscrito

[Gardner Botsford fue editor de The New Yorker. En este extracto de Life of Privilege, Mostly, expone unas reglas para editar un texto.]

A principios de 1948, la entrega de «Carta desde París» y «Carta desde Londres» se trasladó desde el domingo a un día más civilizado de la semana, y a mí me trasladaron con ella. Otra persona pasó a encargarse de las noches de domingo y empecé a dedicar la mayor parte del tiempo a editar largas piezas factuales: «Perfiles», «Reportajes» y textos de ese tipo. Seguí editando a Flanner y Mollie Panter-Downes –de hecho, a partir de entonces edité todo lo que cualquiera de los dos escribiese para la revista–, y también me asignaron a varios escritores de primera clase del New Yorker, con muchos de los cuales formé alianzas permanentes. Eso implicaba menos tiempo con los escritores de menor calidad con los que había empezado, los Helen Mears y Joseph Wechsberg. Helen Mears era una escritora olvidable; a Joseph Wechsberg lo recordaré siempre. Era un incordio, un Mal Ejemplo y un rito de paso para cada editor junior. Para empezar, era checo y en realidad nunca aprendió inglés. (Aquí hay una observación biológica de Wechsberg que he conservado intacta a lo largo de los años: «Sin los largos hocicos de los abejorros, los pensamientos y el trébol rojo no pueden ser fructificados».) Además, había empezado como escritor de ficción (ahora es más conocido, si es que se le conoce por algo, por algunos relatos que publicó en la revista antes de la guerra) y, cada vez que los datos que necesitaba resultaban elusivos, se los inventaba. Como su escritura estaba desvinculada de la gramática, el vocabulario y la cordura (ver arriba), podía escribir muy deprisa, y no había nadie más prolífico que él. Sandy Vanderbilt siempre decía que había editado más a Wechsberg que yo, y que había editado más a Wechsberg de lo que el propio Wechsberg había escrito, por culpa de una pesadilla recurrente en la que trabajaba en un manuscrito implacable e interminable de Wechsberg que seguía supurando por mucho que Sandy trabajara, pero cuando fuimos a la morgue y sacamos el archivo de Wechsberg, ninguno de los dos podía recordar quién había editado qué, o, para ser más precisos, quién había escrito qué. Lo que nos molestaba era que Wechsberg era inmensamente popular entre los lectores, lo que quería decir que nosotros éramos inmensa, aunque anónimamente, populares entre los lectores. Cuando llegaron algunos editores que eran todavía másjuniors que yo –Bill Knapp, Bill Fain, Bob Gerdy y un par de figuras más transitorias–, les asignaron a Wechsberg y yo quedé libre al fin. No totalmente libre, por supuesto.

Como la revista publicaba cincuenta y dos números al año, la mayoría de los cuales contenía (entonces) al menos dos piezas factuales, era demasiado esperar que los escritores de primera fila pudieran satisfacer esa demanda. Eso abrió la puerta a escritores de segunda línea y yo (como Sandy, Shawn y todos los demás) tenía que echar una mano. Era el tipo de trabajo que me llevó a una serie de conclusiones sobre la edición.

Regla general n.º 1: Para ser bueno, un texto requiere la inversión de una cantidad determinada de tiempo, por parte del escritor o del editor. Wechsberg era rápido; por eso, sus editores tenían que estar despiertos toda la noche. A Joseph Mitchell le costaba muchísimo tiempo escribir un texto, pero, cuando entregaba, se podía editar en el tiempo que cuesta tomar un café.

Regla general n.º 2: Cuanto menos competente sea el escritor, mayores serán sus protestas por la edición. La mejor edición, le parece, es la falta de edición. No se detiene a pensar que ese programa también le gustaría al editor, ya que le permitiría tener una vida más rica y plena y ver más a sus hijos. Pero no duraría mucho tiempo en nómina, y tampoco el escritor. Los buenos escritores se apoyan en los editores; no se les ocurriría publicar algo que nadie ha leído. Los malos escritores hablan del inviolable ritmo de su prosa.

Regla general n.º 3: Puedes identificar a un mal escritor antes de haber visto una palabra que haya escrito si utiliza la expresión «nosotros, los escritores».       

Regla general n.º 4: Al editar, la primera lectura de un manuscrito es la más importante. En la segunda lectura, los pasajes pantanosos que viste en la primera parecerán más firmes y menos tediosos, y en la cuarta o quinta lectura te parecerán perfectos. Eso es porque ahora estás en armonía con el escritor, no con el lector. Pero el lector, que solo leerá el texto una vez, lo juzgará tan pantanoso y aburrido como tú en la primera lectura. En resumen, si te parece que algo está mal en la primera lectura, está mal, y lo que se necesita es un cambio, no una segunda lectura.

Regla general n.º 5: Uno nunca debe olvidar que editar y escribir son artes, o artesanías, totalmente diferentes. La buena edición ha salvado la mala escritura con más frecuencia de lo que la mala edición ha dañado la buena escritura. Eso se debe a que un mal editor no conservará su trabajo mucho tiempo, mientras que un mal escritor puede continuar para siempre, y lo hará. La buena escritura existe al margen de la ayuda de cualquier editor. Por eso un buen editor es un mecánico, o un artesano, mientras que un buen escritor es un artista.

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[La traducción es mía: se publicó anteriormente en el blog de Fernando García Mongay.]

UNA HISTORIA DE ALEMANIA ORIENTAL

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En Revolution 1989. The Fall of the Soviet Empire, Victor Sebestyen dedica unas páginas a la Stasi, que a mediados de los años ochenta contaba con un agente o un informante por cada sesenta y tres ciudadanos (la Gestapo había llegado a tener uno por cada dos mil personas) y rondaba el 5% del presupuesto de la República Democrática Alemana:

Quizá el caso más perturbador sea el de Vera Lengsfeld. Su padre había sido agente de la Stasi desde el fin de la guerra. Durante su juventud ella había sido una hija obediente y leal de la nomenklatura, pero luego se rebeló. Se hizo miembro del Partido Comunista pero fue expulsada en 1982, cuando se convirtió al cristianismo. Se unió a un grupo pacifista vinculado a la lglesia luterana, que empezó a protestar contra los misiles nucleares que había en Europa, incluyendo la presencia en la RDA de misiles soviéticos. La vigilaban constantemente, fue encarcelada durante breves periodos y la despidieron de su trabajo como profesora de la academia de ciencias sociales de Berlín. Sesenta agentes de la Stasi tenían el encargo permanente de vigilarla e informar de cada uno de sus movimientos. El más ocupado de ellos era su marido, el matemático Knud Wollenberger, padre de sus dos hijos, que tenía toda la apariencia de ser un compañero que la quería y la cuidaba. Wollenberger informaba a su agente encargado de la Stasi bajo el nombre en clave “Daniel”. Pasaba cada detalle de su vida, sus momentos íntimos y conversaciones en la cama, cada dolor de cabeza, excursión a la tienda, mal humor, vulnerabilidad emocional y llamada telefónica. Wollenberger la conoció, cortejó y se casó con ella siguiendo las órdenes de la Stasi. “La boda fue falsa desde el principio –contaba ella–. Nuestra vida doméstica, todo… era una mentira”. Era “inimaginable que un hombre se casara con una mujer solo por espiarla y “todavía más incomprensible que pudiera engendrar hijos en el proceso”.

Cuando ella lo descubrió, fue “como si muriera un momento y luego volviera a la vida… lo sorprendente era que los informes estaba escritos como si trataran de una extraña, no una esposa… Para él yo era una enemiga del Estado y él había hecho todo para luchar contra mí, el enemigo”. Dijo que había sido un ciudadano leal de la RDA y que cuando la Stasi le pidió que les ayudara, “Sentí que no podía decir que no”.

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MARE NOSTRUM

LAMPEDUSA

1.

¡Viva Italia!

2.

Bruselas acusa a España de violar las reglas europeas de fronteras.

3.

José Ignacio Torreblanca: Que se ahoguen.

4.

The Economist: Mantén las puertas abiertas.

5.

Amparo González sobre hipocresía y políticas europeas.

6.

Bagehot sobre Europa y Cameron.

7.

Bonus track: inmigración y capitalismo.

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GALERÍA DE RETRATOS

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1.

Stalin no era un loco, sino un ideólogo racional y extremadamente inteligente. Y eso es todavía más aterrador, cuenta Anne Applebaum.

2.

Diez anécdotas del mejor director de periódicos del siglo XX: Jordi Pérez Colomé escribe sobre Ben Bradlee.

3.

Remnick sobre Bradlee.

4.

David Trueba escribe sobre François Truffaut.

5.

Es complicado: The Economist sobre la obra de Jean Tirole.

6.

José Andrés Rojo: Henry James en la grieta entre Europa y América.

7.

Todavía quedan jueces en Berlín, por Ignacio Escolar.

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FÉLIX ROMEO ME RECOMIENDA LEER A PATRICK MODIANO

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Un correo de Félix Romeo del 20/10/2004, cuando yo vivía en Evreux, Francia:

QUERIDO DANIEL, está bien tener noticias….

cualquier libro de Modiano es bueno para empezar, pero creo que te gustará Dora Bruder, una historia real que Modiano investigó…. un libro que no creo que sea demasiado difícil de leer en el original…… creo que luego te harás ferviente modianista…… los últimos me gustan todos (Le petit bijou, Les inconus –creo que se escribe parecido–….)…. es una pena que en España no tenga un editor en condiciones

28/10:

¿cómo van tus lecturas de Modiano?

7/11:

¿sigues con Modiano?

17/11:

Modiano…. me gustaría poder escribir como Modiano: una historia sencilla y compleja, transparente y turbia, antigua y muy moderna…….. me temo que es dificilísimo, pero algún día tendré que intentarlo……..

6/12:

¿has seguido con Modiano?

16/12:

podrías intentar entrevistar a patrick modiano…… seguro que a Ricardo Cayuela le interesaría la entrevista para letras libres……….

18/01/2005:

me gustaría escribir como modiano… lo que tú dices de notario….. joder, lo que cuesta (me cuesta quiero decir) toda la farfolla, la psicología chunga y la sociología barata…. escribir sólo con datos y no con impresiones…… todo un trabajo… aunque todavía estoy a tiempo

[Imagen.]

ME ACUERDO DE FÉLIX ROMEO

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Hace tres años que falleció Félix Romeo.

1.

Este texto salió en Artes & Letras de Heraldo de Aragón en octubre de 2011.

A diferencia de la mayoría de la gente que lo conoció, no recuerdo la primera vez que lo vi. Recuerdo que al principio me parecía un vikingo y lo asociaba a un libro que me gustaba: ‘Los vikingos en América’. El primer libro que me regaló fue ‘Un cuento de Navidad’ de Dickens. Me habló de ‘Dinero’, de Martin Amis. De niño, leí sus reseñas de ‘Cartero’ de Bukowski y de ‘El hombre solo’ de Bernardo Atxaga. Me explicó por qué era tan bueno ‘Catedral’ de Carver. Me recomendó ‘El indio más duro del mundo’ de Sherman Alexie: me dijo que un cuento de amor era tan bueno como los cuentos de amor de William Saroyan, y me dijo que leyera a Saroyan. En un viaje a Madrid hablamos de ‘La mancha humana’ y una noche en Zaragoza de ‘Intimidad’ de Kureishi. Cuando él estaba en Aberdeen y yo en Francia, me escribió un email sobre ‘El matrimonio amateur’ de Anne Tyler. Hablamos de Norman Manea, de Ayaan Hirsi Ali, de Joseph Brodsky, de Guy Delisle, de Lauzier, de Marjane Satrapi, de Milan Kundera, de Mario Vargas Llosa, de Natalia Ginzburg, de Leonardo Sciascia, de George Orwell, de Jean-Luc Godard, de Braulio Foz, de Ismael Grasa, de Eva Puyó, de Rodolfo Notivol, de Baltasar Gracián, de Juan José Sebreli, de Marguerite Duras, de Jorge Semprún, de Aharon Appelfeld, de Arthur Koestler, de Marcelo Birmajer, de José María Bardavío, de Antonio Pérez Lasheras, de Aurora Egido, de Ivan Klíma, de Arcadi Espada, de Claude Lanzmann, de ‘Los libros de los otros’. Fue el primero que me habló de Christopher Hitchens. Cuando iba de viaje me pedía que le trajera revistas y libros. Me regaló una edición americana de ‘Rebelión en la granja’ y una edición inglesa de ‘Los versos satánicos’, y ejemplares dedicados de ‘Felicidad obligatoria’ y ‘Cartas a un joven novelista’. El último libro que me regaló es una edición alemana de Charles Dickens: ‘Tiempos difíciles’.

2.

Un mundo sin Félix.

3.

Este es el texto que leí en la presentación de su libro póstumo, Noche de los enamorados:

Es una gran tragedia que Félix Romeo haya muerto tan joven. Es una gran tragedia sobre todo para él, pero también para la gente que lo quería y que nos hemos beneficiado de su inteligencia infatigable y su entusiasmo contagioso por la cultura, por los afectos y por la vida. Esa personalidad arrolladora a veces puede diluir lo que yo creo que Félix era por encima de todo: un escritor. Y un escritor que, como demuestra este último libro y como demuestran sus colaboraciones en prensa, estaba en plenitud de facultades y tenía todavía muchas cosas que darnos. Sin que sirva para paliar el dolor, es emocionante pensar que Félix Romeo tuvo tiempo de terminar y entregar a su agente un libro tan estremecedor y potente como Noche de los enamorados, un libro en el que creía profundamente y que recoge muchas de las cosas que le preocupaban. He editado bastantes textos de Félix y he estado en contacto directo con muchos de sus editores. Y Félix tenía ese elemento aparentemente caótico y torrencial, pero cualquiera de sus editores reconocerá su profesionalidad, su compromiso con la escritura. Siempre entregaba a tiempo. E incluso al final ha muerto antes de tiempo, pero ha entregado su libro a tiempo.

Noche de los enamorados habla del compañero de celda de Félix Romeo, Santiago Dulong. Félix lo conoció en la cárcel de Torrero, el 14 de febrero de 1995, donde estaba condenado por un delito de insumisión. Dulong, falangista y católico, había matado a su mujer, María Isabel Montesinos Torroba. Es posible que también hubiera asesinado a su primera mujer. En el juicio, celebrado unos meses después de ese encuentro, Dulong fue condenado “a las penas de treinta días de arresto menor por la falta de malos tratos de obra y un año de prisión menor por el delito de imprudencia temeraria”. Imprudencia temeraria quiere decir aquí estrangularla. Tras ese encuentro azaroso, Félix rumió y convivió, a lo largo de los años, con esa historia y con sus interrogantes: ese crimen y esa convivencia es lo que ha contado en esta novela. La escena del crimen, la primera parte, relata la vida de estos dos personajes y el momento en que Félix conoce a Dulong. La segunda parte, Los hechos probados, se centra en el homicidio y en la sentencia. Noche de los enamorados tiene mucho de investigación, y al leerlo pensaba en los libros de Modiano, uno de los autores preferidos de Félix, o en una de sus series de televisión favoritas, Crímenes imperfectos. Pero sobre todo creo que entronca con la tradición intelectual más noble: la de Voltaire, la de Zola o de Sciascia, donde un escritor detecta una injusticia y la denuncia. También es el relato de cómo se hace esa investigación. Félix entra en los foros de internet de las ciudades donde vivió la familia de María Isabel, pide informes de registro civil, visita la cofradía zaragozana del “Prendimiento del Señor y el Dolor de la Madre de Dios”, a la que Dulong perteneció “devotamente desde su fundación en 1947” y a la que también perteneció María Isabel, repasa el relato de los hechos en los periódicos aragoneses. También aparece otra de las cosas que le interesaban mucho a Félix Romeo: la historia de Zaragoza. Dulong era el bisnieto de Santiago Dulong Serrano, el primer alcalde republicano que tuvo la ciudad, en 1873. Santiago Dulong Serrano estuvo en la cárcel por sus ideas, mientras que su bisnieto fue a prisión por matar a su mujer: ese contraste no se subraya, pero está ahí. Félix Romeo sigue el rastro de Dulong Serrano en los periódicos de la época y en los libros de escritores aragoneses como Juan Moneva y Puyol. En la investigación de la vida de Santiago Dulong y María Isabel Montesinos Félix encuentra muchas cosas, pero también encuentra callejones sin salida, obstáculos burocráticos e incógnitas.

Dice Félix: “Este no es un libro sobre la justicia imposible que se administra sobre los muertos, sino un libro sobre las palabras. Palabras jurídicas. Palabras periodísticas. Palabras médicas. Palabras policiales. Testimonios orales. Palabras al viento, como el que azota ahora las ventanas de la habitación en la que ahora escribo”. Noche de los enamorados es también una forma de levantar las palabras para ver qué hay debajo. Y Félix Romeo, que era un gran aficionado a los diccionarios y escribió muchos, recurre con frecuencia al Diccionario de la Real Academia para buscar las palabras. Arcadi Espada dice que en cuanto detectas lo que oculta un eufemismo, ya lo has desactivado. Ese es uno de procedimientos que emplea Félix, pero no el único. Dice Félix también: “Tengo que agarrar esas palabras que describen lo que sucedió instantes antes de la muerte de María Isabel”. He leído varias veces el libro, y me impresiona su composición: la habilidad con la que Félix juega con los tiempos y con los testimonios, la importancia de los detalles, como la caída del pelo en la cárcel o el pelo que Santiago Dulong le corta a su mujer para dejarla “pelona” y quitarle su atractivo, como el dolor que siente Dulong al orinar y la meada de su mujer en el patio de casa horas antes de morir. Es un libro breve, pero lleno de cosas, donde todo significa mucho y no hay ningún elemento colocado por azar.

Noche de los enamorados también es un libro obsesivo, febril. Félix Romeo tuvo durante mucho tiempo ese caso en la cabeza, y no es difícil imaginarlo escribiendo de madrugada. Pocas lecturas me han transmitido una sensación comparable de intensidad e intimidad. Como en muchos de sus textos, hay un elemento metaliterario, una reflexión sobre lo que está escribiendo y sobre cómo debe leerse. Dice, por ejemplo: “Así que aquí falta su nombre y también falta su versión de la historia, o lo que ahora recuerde de esa historia que sucedió hace dieciséis años y que yo, no sabe por qué motivos, porque yo tampoco los conozco, vengo a remover, y de los que no pueden salir más que moscardas, gusanos y mal olor”. Y este libro, de una manera extraña, es una especie de autobiografía iceberg que casi puede pasar inadvertida porque, quizá al contrario de lo que parecía, Félix Romeo era un hombre muy pudoroso. Aquí Félix habla de su llegada a la cárcel, en unas páginas tremendas sobre el mal olor y la suciedad, que son dos de los temas de Noche de los enamorados. Habla también de su carrera de escritor: ingresa en prisión nada más publicar Dibujos animados. Su segunda novela, Discothéque, aparece también en el libro, porque es una novela que tiene mucho que ver con la violencia y la cárcel y hay un personaje inspirado en Dulong. También aparece Amarillo, el libro donde Félix hablaba del suicidio de su amigo Chusé Izuel. Noche de los enamorados tiene que ver mucho, además, con la escritura esencial y testimonial de Amarillo. Aparece también el programa de televisión La Mandrágora. Y aparece su novia, la pintora Lina Vila, que le ayuda en la investigación y ha hecho una portada en perfecta sintonía con Noche de los enamorados. Ismael Grasa ha dicho que es el libro del hijo de un policía, y creo que es una observación brillante: es una investigación corregida. También creo que Dulong es una especie de retrato en negativo, de opuesto o, como se dice en la Guerra de las Galaxias, de reverso tenebroso de un hombre enamorado del amor, que presumía de que tenía el nombre muy bien puesto: “Feliz Romeo”. Hay un momento en el que Félix se pregunta por qué le atrae esta historia y habla de “asomarse a un espejo oscuro”.

Félix Romeo tenía una idea moral de la literatura. La hemos visto en sus libros y en sus críticas. Una vez me dijo, en La Caja de los Hilos, “La literatura se escribe contra el mal”. No creo que este libro sea una manera de ajusticiar a unos difuntos y no me cuesta nada imaginar a Félix huyendo de cualquier interpretación solemne, pero creo que sí que es un libro sobre la justicia, y en cierta manera un intento de reparación. Félix Romeo habla de: “la evidencia de que la víctima se ha convertido en culpable. Ha pasado a ser la responsable de su asesinato. La que va a ser realmente juzgada”. Es un libro humanista, valiente y generoso: es la defensa de una víctima, no solo ante su asesino, sino ante la pereza, el apriorismo, la negligencia y la indiferencia que conspiran para admitir que, más o menos, Dulong solo dio un empujón a su mujer hacia la muerte. Es un libro contra la clasificación y la generalización: contra el psicólogo que, cuando le entrega un test a Félix en la cárcel y él se niega a responderlo, dice que ya se lo esperaba. Contra los policías que dicen que están hartos de tener que ir a casa de Santiago Dulong y que la próxima vez que los avisen sea cuando haya sangre. Es decir: una exprostituta, alcohólica y probablemente infiel, una mujer por cuyo asesinato no protesta nadie, también tiene dignidad. Por supuesto, no merece que la maten; pero, además, no merece que la juzguen por su forma de vida. Creo que esa es una de las cosas que quería decir Félix con este libro. Y quizá parezca una obviedad, porque España ha cambiado en estos dieciséis años, pero el mismo Félix decía a menudo que muchas veces olvidamos cosas obvias que son también esenciales. Noche de los enamorados, en cierta manera, reconstruye esa dignidad violada: lo hace recreando el crimen, desmontando el descuido y la parcialidad de la investigación, pero también especulando sobre la vida de María Isabel o emparentándola con personajes de la historia y la literatura, como Frida Kahlo, Artemisia Gentileschi, Sherezade u Ofelia. Esas referencias son todo lo contrario de la pedantería: son una forma de reconocer la humanidad de esa persona. Porque creo que Félix pensaba que la literatura sirve precisamente para eso: para revelar nuestras aristas, para mostrar la complejidad de todos, pero también una dignidad y una libertad que son al mismo tiempo individuales y universales. A veces, para mostrarla solo hay que saber mirar, ser capaz de ver. Y por eso Noche de los enamorados es un libro perturbador, obsesivo y profundamente moral: en cada una de sus páginas oigo hablar a nuestro amigo de cosas que le importan a él, y, como tantas otras veces, su voz imprescindible, hermosa y clara me recuerda que nos importan también a todos.

4.

Cumpleaños.

[La foto es de Aloma Rodríguez.]

UN CRÍTICO LLAMADO BOYERO

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1.

Una carta de Elvira Lindo en El País:

Salgo con alegría de ver La isla mínima. Buen cine de género hecho en nuestro país con acentos del sur y un paisaje de impactante fotogenia que, asombrosamente, no había sido todavía retratado. Y esto me hace recordar, con rabia y estupor, el comentario que Carlos Boyero dedicó a esta película en el Festival de San Sebastián. A Boyero la película le había gustado (ahí coincidimos) pero, como suele, añadía su célebre toque visceral: “Con Raúl Arévalo no tengo demasiada química, siempre me resulta demasiado intenso, pretende ser tan natural que me resulta artificioso, aunque no me despierta una fobia comparable a la que siento por Javier Cámara”. Me pareció inaudito: ¿está Javier Cámara en la película reseñada? Pues no. Cámara no aparece, pero el crítico o comentarista aprovecha su pieza para repetirnos, una vez más, que no traga al cómico. Ya nos lo ha dicho por escrito varias veces. Lo sabemos.

¿Y esto es lo que esperamos de la crítica o de la información de las películas? ¿Que el abajo firmante nos informe de sus antipatías o de la “química” que le provocan o no ciertos artistas? Por supuesto que los creadores, desde cualquiera de los ámbitos que abordan sus oficios artísticos, pueden equivocarse, estar más o menos afortunados, pero al crítico también habría que exigirle algo más que exabruptos que solo divierten a los que disfrutan con un estilo basado en la falta de respeto. Como decía Fernán Gómez, el pecado español no es la envidia sino el desprecio. Y yo espero que mi periódico ofrezca algo más que desprecio en sus reseñas.

2.

El País y el cine.

3.

Lacuesta, Boyero y yo, por Juan Sardá.

4

La crítica espectacular, de Isaki Lacuesta.

5.

Una especie invasora, de Malcolm Otero Barral.

Los más benévolos lo llaman un crítico atípico, pero, como él mismo ha confesado en alguna ocasión, se siente incómodo con la etiqueta de crítico. Y así, de paso, se libra de alguna de sus molestas obligaciones como intentar que la exégesis vaya más allá del “me emocionó” o de su recurrente “me deja frío”. Boyero encontró hace años el personaje perfecto que le exime de ataduras. “No sé cómo se puede ser riguroso y analítico”, decía en una entrevista. Y lo ha llevado hasta el final: se ha convertido en una suerte de opinador privilegiado que, con un tono rayano a la conversación tabernaria, se atreve con cualquier cosa, de la literatura a la política pasando por el fútbol. Al jugar fuera de su campo se aventura a escribir, por ejemplo, que en España no se había publicado hasta hace poco Vida y destino, de Vasili Grossman. La primera edición tiene casi treinta años. Pero ¿cuál es la causa de su éxito? Por una parte, un gusto popular. Boyero rompe con la idea clásica del crítico alejado de la gente: a Boyero le gusta exactamente lo mismo que al hombre corriente y siente un desprecio absoluto por todo aquello que pueda parecer, aunque sea levemente, intelectual. Por otro, lo que realmente ha hecho de este crítico una pequeña estrella mediática es su carácter atrabiliario. Las presuntas verdades como puños del crítico titular de El País están cargadas de altanería y suficiencia y hacen las delicias de los lectores, siempre ávidos de morbo y muy atentos a su próximo exabrupto. En lo referente a la crítica, Carlos Boyero no eleva al espectador, no le enseña. Le da la razón a la masa, como si esta no viniera ya avalada por el éxito comercial, por los resultados. Que mi vecina, mi quiosquero y mis amigos menos cinéfilos piensen igual que Boyero denota que dejó hace tiempo, como al niño al que le ríen las gracias, de ser autoexigente. La función del crítico no es “acertar” lo que le guste a la mayoría de los espectadores. La razón al crítico se la dará el corte de la posteridad, que dirá si realmente estaba en lo cierto o no. No tengo ninguna duda de que Boyero sabe de cine pero, como parece obvio, esa es una condición necesaria pero no suficiente. El problema no está en sus concesiones al cine burdamente comercial, ni en la falta de respeto por cinematografías de otras latitudes, sino en la posición desde la que escribe. Boyero, muy consentido, se limita a subir el pulgar o a bajarlo en un juicio implacable como un César que no tiene necesidad ninguna de albergar sentimiento empático alguno. A uno puede gustarle o no la última película de Almodóvar pero, y eso es incontrovertible, el que tiene el talento es el director manchego y no al revés. En cuanto al tono bilioso de Boyero, no se entiende la permisividad de su medio ante los insultos. Es muy curioso que mientras José María Izquierdo se ha dedicado a denunciar en el periódico los excesos verbales de la derecha mediática más ultramontana, el mismo diario permita los desmanes de Boyero que, como él mismo reconoce, tiene “cierta capacidad para el insulto”. Porque, no nos engañemos, tan malditamente poco graciosas resultan las mofas de Federico Jiménez Losantos como las de Carlos Boyero al llamar anormal, tarado o nazi a alguien, ya sea un director de cine o a un entrenador de fútbol. No se entiende por mucha aceptación que tenga en la red y muchas preguntas que le hagan en sus encuentros digitales en directo. Pero la culpa no es del crítico. Él estaba en otro ecosistema, en el mismo que Jiménez Losantos por cierto, y allí quizás no desentonaba tanto. En un golpe maestro, el líder de la prensa española le roba el crítico de referencia al segundón rompiendo una norma básica de la zoología: no se pueden trasladar especies de un hábitat a otro porque al poco empezarán a devastar el nuevo y será difícilmente recuperable. La prensa tiene compromisos adquiridos con los lectores. La información veraz y contrastada es el más importante. Pero crear opinión es también una obligación de los medios, e intentar que sea una opinión de calidad debería ser un objetivo. No se puede ceder ese principio, abaratando la crítica, por cuatro clics en la web. No se debe dar pábulo al matonismo escrito de quien resuelve sus diferencias personales a través del periódico y no es admisible que el diario que aspira a mantenerse en la élite internacional esté trufado de ofensas baratas propias de una gacetilla de cuarta. El País no puede permitirse un crítico de referencia se jacte de no serlo y se coloque siempre por encima del creador. No conozco a Carlos Boyero (aparte de los datos biográficos que él mismo se ha encargado de propagar como antiguas adicciones o cómo le gustan las señoras) pero amigos comunes me dicen que es un tipo estupendo. No lo dudo. Sus conocimientos enciclopédicos del cine, su desparpajo y la mala leche que destila en el periódico deben de ser muy entretenidos en persona. Pero, si puedo elegir, prefiero conocer el “gratuito universo” de Javier Rebollo que la desternillante compañía de Carlos Boyero.

6.

Rescate: El crítico y el festival de Cannes (2008):

Creo que Carlos Boyero ha escrito las crónicas del Festival de Cannes en El País. Es el crítico de cine estrella del diario. He seguido sus artículos con atención. Entre otras cosas porque me recuerdan a esos emails colectivos que mandan los amigos cuando se van de viaje a Estados Unidos y te cuentan que se compraron un peine en una gasolinera. Y porque pienso en la gente que va reclutada forzosamente a una guerra lejana y horrible, y escribe cartas a sus padres, que se preocupan por si el niño duerme bien, pero a los que les trae sin cuidado de qué va la contienda:

“También me han alojado este año en un hotel lujoso y con pedigrí, cuya salida está poblada a todas horas por inasequibles filas de mirones esperando con ansia la entrada de famosos y de estrellas, sensación que puede llegar a efectos orgásmicos en este paciente público si sus ídolos les saludan y les firman un autógrafo. Y uno se siente como el patito feo cada vez que hace su aparición por aquí, al constatar la desilusión de esa gente al comprobar que yo no soy una personalidad conocida, que sólo es uno que siempre pasa por ahí.”

De este fragmento me interesan la gramática (“público”, “les saludan”, “les firman”; “uno”, “yo”, “uno”), y la humildad (¿de quién es la desilusión?, “uno que siempre pasa por ahí”). El público ansioso, paciente y desgraciadamente ignorante no lo aprecia porque no lo conoce. Y puede que les pase lo mismo a los lectores que quieran saber algo más de las películas. Pero yo me preocupo por lo que le espera al cronista:

“Entre las 23 películas que compiten en la trascendente sección oficial, el cine francés se ha reservado la comprensible tajada del león. Y están los inevitables chinos, aunque afortunadamente esta vez no han abusado en número”.

Y me preocupo todavía más. En el festival de cine más famoso del mundo esperan que los críticos vean películas:

“A diferencia de los programadores con aficiones sádicas que nos machacan en otros festivales con sus horarios imposibles, Cannes mantiene como algo inviolable el ritual de que la primera película de la jornada en la Sección Oficial se proyecte a las legañosas y temibles ocho y media de la mañana y la última a las ya relajantes siete de la tarde. Gracias a lo segundo, en el higiénico convencimiento de que no sólo de cine deben de vivir los críticos, excepto los que tienen una obsesión patológica por tragárselo todo, sino que también hay que permitirles algo tan humano, necesario y lúdico como ir a cenar, hacer risas, hablar de lo divino y de lo humano, saborear mínimamente el ambiente nocturno de Cannes, ofrecerle un festín a la mirada con la abusiva concentración de gente guapa.

Preocupantemente, esos horarios parecen estar cambiando. El domingo no hubo proyección de tarde y el lunes la retrasaron a las diez de la noche, algo que te descoloca mentalmente, contra lo que se rebela tu estómago, que te hace maldecir a los que te dejan sin cenar, sin ese momento mágico que alivia de la paliza mental que supone ver más de 40 películas en 11 días”.

Es absurdo ver tantas películas cuando ya sabes lo que piensas de antemano. Pero a veces merece la pena el esfuerzo y el crítico llega a una síntesis de altura: “Desplechin hace unas cosas muy raras con su cámara para filmar este reencuentro familiar a lo largo de dos horas y media”. En otras ocasiones no. En esos casos lo que se echa de menos es que el periódico no traiga fotografías del crítico viendo la película, o información sobre su tensión arterial y sus pulsaciones. Los textos superan lo que dice Ricardo Piglia –que afirma que la crítica es la forma moderna de autobiografía- y toman cierto aire de informe médico, a veces con aspecto de diagnóstico: “Sin embargo, soy inmune e incluso alérgico a la presumible fascinación que desprenden las películas de la directora argentinaLucrecia Martel”. Y a veces con forma de síntoma: “Por lo demás, no encuentro nada que se pueda narrar. ¿El desarreglo mental de la protagonista será debido a la menopausia?”.

Pero pese a deslices como éste, el crítico tiene un fraseo característico y entrañable (“Se llama Charlie Kaufman”, “un joven director alemán llamado Wim Wenders”, “Se llama Mike Tyson”, “por ese actor que ya está más allá del bien y del mal llamado Sean Connery”, “ese actor intenso y magnético llamado Sean Penn”), y siempre incluye fragmentos de indudable valor informativo. SobreChe, escribe:

“En su estreno comercial serán dos partes que no se presentarán a la vez, pero como aquí todo se hace a lo bestia y se supone que lo que más amamos los presentes es pasarnos infinitas horas en la butaca y en medio de la oscuridad, la proyectan de un tirón, eso sí, con un agradecible intermedio en el que al igual que en el colegio o cuando nos llevaban los papás a los añorados programas dobles, nos obsequian con una bolsa con el anagrama de Che que contiene un bocadillo, una chocolatina y una botella de agua”.

Aunque este fragmento epifánico es mejor todavía:

“Pero lo más grandioso que me ha ocurrido en la jornada de ayer es tener cenando en la mesa de al lado a un individuo con la cara tatuada, mirada que parece haberse puesto de acuerdo con la vida o al menos resignado, tratando con amorosa delicadeza a una mujer muy joven, negra y preciosa. Su proteica personalidad, su legendaria carrera y su tortuosa vida es una estremecedora película sobre el esplendor y el fracaso, sobre la redención y el derrumbe, la destrucción y la autodestrucción. Se llama Mike Tyson. (…) Yo veo esas manos legendarias, la electricidad que se puede crear en ese cerebro y en esa anatomía y me echo a temblar de que alguien intente abusar de su paciencia. No ocurre nada. No salimos en la crónica de sucesos. Creo no ser mitómano pero tener al lado durante un par de horas a una leyenda de semejante calibre me provoca cierto hormigueo”.

A mí, sinceramente, también.

UN BRINDIS POR BOHUMIL HRABAL

hrabal

He leído  Los frutos amargos del jardín de las delicias (Galaxia Gutenberg, 2014), la estupenda biografía del gran Bohumil Hrabal, que habría cumplido cien años en 2014. La autora, la novelista y traductora de Hrabal Monika Zgustova, cita dos deseos de Hrabal relacionados con la auténtica espuma de los días:

“Me gustaría tener una hija –apunta Hrabal para sí mismo– que naciera de la espuma de la cerveza, una vez que los dioses me hayan privado de la masculinidad, como a Cronos, del sexo sextirpado del cual el mar en torno a Chipre se hizo espuma y de esa tierna espuma nació la bella Venus. Pero nosotros no habitamos los mitos, ni las preciosas leyendas… de modo que si yo tuviera que tener una hija, por lo menos la bautizaría con cerveza y el primer año de su vida la bañaría solo y exclusivamente en cerveza… Cuando llegue mi hora, yo mismo me administraré la extremaunción… la extremaunción con cerveza de Pilsen”.

Y tambén:

“Me gustaría que en mi última hora alguien me diera la extremaunción con cerveza –escribe a su amigo Marysko en aquella época–, así llegaría al horno crematorio untado con cerveza y ya no desearía nada, solo que metiesen mis cenizas en una gran lata de cerveza… y que así me enterraran en la tumba familiar en el cementerio de Hraditško, en aquella tumba que compré como regalo de cumpleaños a mi mujer…”.

Y otra frase que Zgustova cita del autor de Una soledad demasiado ruidosa: “Un texto debe ser como una cuchilla de afeitar escondida en un pañuelo”.

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