CARMEN DE CASTRO (1928-2014)

por gascondaniel

Este poema de Antón Castro pertenece al libro Seducción (Olifante):

AMOR DE MADRE

 

[5 de mayo de 2013]

 

Nunca he tenido palabras suficientes para ti.

A ti te gustaron mucho desde niño y las coleccionabas

cómo se coleccionan cromos o recortes de prensa.

Me habría gustado decirte que recuerdo

cada instante de tu niñez, tus miedos,

cómo corrías tras las olas, cómo mirabas a todas

las mujeres con descaro, con el dolor

de un querer imposible y precipitado. A veces

pensaba que las deseabas a todas: para ti, en tus sueños,

en un futuro feliz que imaginabas junto al mar.

Nunca he tenido la certeza del cariño. Ni he conocido

el idioma de la ternura, la última seda de las caricias.

Te vi crecer. Enfurecerte en las tardes solitarias.

Encerrado con tus libros y con tu silencio.

Envuelto en la soledad y sus cuchillos de luto.

Recuerdo lo que te gustaba: una conversación,

un nuevo libro, una película de amor apasionado.

No conozco a tantas actrices que te hacían

perder la razón, repetir sus diálogos, decir su nombre.

Después, cuando empezabas a irte de casa,

cuántas veces te esperé asomada a la ventana.

Tu padre apenas decía: ¿viene el chaval? Ven, mujer,

descansa, ya vendrá. Mañana nos espera la tierra.

No le hacía caso. ¡Cuántas veces te esperé hundida

en el abismo de la noche, ya sin lágrimas! Esperé en vano.

Un día, cuando creíamos haberte perdido ya,

cuando una extraña forma de locura se había instalado

en tu corazón y en tu cabeza, en tu cabeza loca,

nos anunciaste que te marchabas. Que te ibas de casa,

no sé si al fin del mundo o aún más lejos.

Compostela. Madrid. Barcelona o Zaragoza.

Tu padre no se lo creía. No podía aceptar que hubiera

dejado de ser imprescindible o importante en tu vida,

como aún lo era, de otro modo, para tus dos hermanos.

Nunca tuve las palabras necesarias para ti.

Tampoco entonces. Se me empañaron los ojos

y los ánimos. Se me oscureció la alegría.

Ha pasado el tiempo. Y sigo sin saber ponerle vocablos

a mi melancolía, a mi propia sensación de pérdida.

La vida se me apaga: ya lo sabes. He tenido un ictus,

ando con dificultad, no sé si volveré a verte.

He rebasado esa edad que te aproxima al adiós.

Por eso, esta mañana he cogido el último cuaderno

intacto que me queda y te he puesto solo tres líneas:

“Hijo mío, verdaderamente siempre he sentido una gran

pasión por ti. Quiero que lo sepas, estés donde estés,

en Compostela, en Zaragoza o en el fin del mundo”.

Si no te importa, llámame si alguna vez te llegan.

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