UN CRÍTICO LLAMADO BOYERO

por gascondaniel

CA.0528.nevsky.

1.

Una carta de Elvira Lindo en El País:

Salgo con alegría de ver La isla mínima. Buen cine de género hecho en nuestro país con acentos del sur y un paisaje de impactante fotogenia que, asombrosamente, no había sido todavía retratado. Y esto me hace recordar, con rabia y estupor, el comentario que Carlos Boyero dedicó a esta película en el Festival de San Sebastián. A Boyero la película le había gustado (ahí coincidimos) pero, como suele, añadía su célebre toque visceral: “Con Raúl Arévalo no tengo demasiada química, siempre me resulta demasiado intenso, pretende ser tan natural que me resulta artificioso, aunque no me despierta una fobia comparable a la que siento por Javier Cámara”. Me pareció inaudito: ¿está Javier Cámara en la película reseñada? Pues no. Cámara no aparece, pero el crítico o comentarista aprovecha su pieza para repetirnos, una vez más, que no traga al cómico. Ya nos lo ha dicho por escrito varias veces. Lo sabemos.

¿Y esto es lo que esperamos de la crítica o de la información de las películas? ¿Que el abajo firmante nos informe de sus antipatías o de la “química” que le provocan o no ciertos artistas? Por supuesto que los creadores, desde cualquiera de los ámbitos que abordan sus oficios artísticos, pueden equivocarse, estar más o menos afortunados, pero al crítico también habría que exigirle algo más que exabruptos que solo divierten a los que disfrutan con un estilo basado en la falta de respeto. Como decía Fernán Gómez, el pecado español no es la envidia sino el desprecio. Y yo espero que mi periódico ofrezca algo más que desprecio en sus reseñas.

2.

El País y el cine.

3.

Lacuesta, Boyero y yo, por Juan Sardá.

4

La crítica espectacular, de Isaki Lacuesta.

5.

Una especie invasora, de Malcolm Otero Barral.

Los más benévolos lo llaman un crítico atípico, pero, como él mismo ha confesado en alguna ocasión, se siente incómodo con la etiqueta de crítico. Y así, de paso, se libra de alguna de sus molestas obligaciones como intentar que la exégesis vaya más allá del “me emocionó” o de su recurrente “me deja frío”. Boyero encontró hace años el personaje perfecto que le exime de ataduras. “No sé cómo se puede ser riguroso y analítico”, decía en una entrevista. Y lo ha llevado hasta el final: se ha convertido en una suerte de opinador privilegiado que, con un tono rayano a la conversación tabernaria, se atreve con cualquier cosa, de la literatura a la política pasando por el fútbol. Al jugar fuera de su campo se aventura a escribir, por ejemplo, que en España no se había publicado hasta hace poco Vida y destino, de Vasili Grossman. La primera edición tiene casi treinta años. Pero ¿cuál es la causa de su éxito? Por una parte, un gusto popular. Boyero rompe con la idea clásica del crítico alejado de la gente: a Boyero le gusta exactamente lo mismo que al hombre corriente y siente un desprecio absoluto por todo aquello que pueda parecer, aunque sea levemente, intelectual. Por otro, lo que realmente ha hecho de este crítico una pequeña estrella mediática es su carácter atrabiliario. Las presuntas verdades como puños del crítico titular de El País están cargadas de altanería y suficiencia y hacen las delicias de los lectores, siempre ávidos de morbo y muy atentos a su próximo exabrupto. En lo referente a la crítica, Carlos Boyero no eleva al espectador, no le enseña. Le da la razón a la masa, como si esta no viniera ya avalada por el éxito comercial, por los resultados. Que mi vecina, mi quiosquero y mis amigos menos cinéfilos piensen igual que Boyero denota que dejó hace tiempo, como al niño al que le ríen las gracias, de ser autoexigente. La función del crítico no es “acertar” lo que le guste a la mayoría de los espectadores. La razón al crítico se la dará el corte de la posteridad, que dirá si realmente estaba en lo cierto o no. No tengo ninguna duda de que Boyero sabe de cine pero, como parece obvio, esa es una condición necesaria pero no suficiente. El problema no está en sus concesiones al cine burdamente comercial, ni en la falta de respeto por cinematografías de otras latitudes, sino en la posición desde la que escribe. Boyero, muy consentido, se limita a subir el pulgar o a bajarlo en un juicio implacable como un César que no tiene necesidad ninguna de albergar sentimiento empático alguno. A uno puede gustarle o no la última película de Almodóvar pero, y eso es incontrovertible, el que tiene el talento es el director manchego y no al revés. En cuanto al tono bilioso de Boyero, no se entiende la permisividad de su medio ante los insultos. Es muy curioso que mientras José María Izquierdo se ha dedicado a denunciar en el periódico los excesos verbales de la derecha mediática más ultramontana, el mismo diario permita los desmanes de Boyero que, como él mismo reconoce, tiene “cierta capacidad para el insulto”. Porque, no nos engañemos, tan malditamente poco graciosas resultan las mofas de Federico Jiménez Losantos como las de Carlos Boyero al llamar anormal, tarado o nazi a alguien, ya sea un director de cine o a un entrenador de fútbol. No se entiende por mucha aceptación que tenga en la red y muchas preguntas que le hagan en sus encuentros digitales en directo. Pero la culpa no es del crítico. Él estaba en otro ecosistema, en el mismo que Jiménez Losantos por cierto, y allí quizás no desentonaba tanto. En un golpe maestro, el líder de la prensa española le roba el crítico de referencia al segundón rompiendo una norma básica de la zoología: no se pueden trasladar especies de un hábitat a otro porque al poco empezarán a devastar el nuevo y será difícilmente recuperable. La prensa tiene compromisos adquiridos con los lectores. La información veraz y contrastada es el más importante. Pero crear opinión es también una obligación de los medios, e intentar que sea una opinión de calidad debería ser un objetivo. No se puede ceder ese principio, abaratando la crítica, por cuatro clics en la web. No se debe dar pábulo al matonismo escrito de quien resuelve sus diferencias personales a través del periódico y no es admisible que el diario que aspira a mantenerse en la élite internacional esté trufado de ofensas baratas propias de una gacetilla de cuarta. El País no puede permitirse un crítico de referencia se jacte de no serlo y se coloque siempre por encima del creador. No conozco a Carlos Boyero (aparte de los datos biográficos que él mismo se ha encargado de propagar como antiguas adicciones o cómo le gustan las señoras) pero amigos comunes me dicen que es un tipo estupendo. No lo dudo. Sus conocimientos enciclopédicos del cine, su desparpajo y la mala leche que destila en el periódico deben de ser muy entretenidos en persona. Pero, si puedo elegir, prefiero conocer el “gratuito universo” de Javier Rebollo que la desternillante compañía de Carlos Boyero.

6.

Rescate: El crítico y el festival de Cannes (2008):

Creo que Carlos Boyero ha escrito las crónicas del Festival de Cannes en El País. Es el crítico de cine estrella del diario. He seguido sus artículos con atención. Entre otras cosas porque me recuerdan a esos emails colectivos que mandan los amigos cuando se van de viaje a Estados Unidos y te cuentan que se compraron un peine en una gasolinera. Y porque pienso en la gente que va reclutada forzosamente a una guerra lejana y horrible, y escribe cartas a sus padres, que se preocupan por si el niño duerme bien, pero a los que les trae sin cuidado de qué va la contienda:

“También me han alojado este año en un hotel lujoso y con pedigrí, cuya salida está poblada a todas horas por inasequibles filas de mirones esperando con ansia la entrada de famosos y de estrellas, sensación que puede llegar a efectos orgásmicos en este paciente público si sus ídolos les saludan y les firman un autógrafo. Y uno se siente como el patito feo cada vez que hace su aparición por aquí, al constatar la desilusión de esa gente al comprobar que yo no soy una personalidad conocida, que sólo es uno que siempre pasa por ahí.”

De este fragmento me interesan la gramática (“público”, “les saludan”, “les firman”; “uno”, “yo”, “uno”), y la humildad (¿de quién es la desilusión?, “uno que siempre pasa por ahí”). El público ansioso, paciente y desgraciadamente ignorante no lo aprecia porque no lo conoce. Y puede que les pase lo mismo a los lectores que quieran saber algo más de las películas. Pero yo me preocupo por lo que le espera al cronista:

“Entre las 23 películas que compiten en la trascendente sección oficial, el cine francés se ha reservado la comprensible tajada del león. Y están los inevitables chinos, aunque afortunadamente esta vez no han abusado en número”.

Y me preocupo todavía más. En el festival de cine más famoso del mundo esperan que los críticos vean películas:

“A diferencia de los programadores con aficiones sádicas que nos machacan en otros festivales con sus horarios imposibles, Cannes mantiene como algo inviolable el ritual de que la primera película de la jornada en la Sección Oficial se proyecte a las legañosas y temibles ocho y media de la mañana y la última a las ya relajantes siete de la tarde. Gracias a lo segundo, en el higiénico convencimiento de que no sólo de cine deben de vivir los críticos, excepto los que tienen una obsesión patológica por tragárselo todo, sino que también hay que permitirles algo tan humano, necesario y lúdico como ir a cenar, hacer risas, hablar de lo divino y de lo humano, saborear mínimamente el ambiente nocturno de Cannes, ofrecerle un festín a la mirada con la abusiva concentración de gente guapa.

Preocupantemente, esos horarios parecen estar cambiando. El domingo no hubo proyección de tarde y el lunes la retrasaron a las diez de la noche, algo que te descoloca mentalmente, contra lo que se rebela tu estómago, que te hace maldecir a los que te dejan sin cenar, sin ese momento mágico que alivia de la paliza mental que supone ver más de 40 películas en 11 días”.

Es absurdo ver tantas películas cuando ya sabes lo que piensas de antemano. Pero a veces merece la pena el esfuerzo y el crítico llega a una síntesis de altura: “Desplechin hace unas cosas muy raras con su cámara para filmar este reencuentro familiar a lo largo de dos horas y media”. En otras ocasiones no. En esos casos lo que se echa de menos es que el periódico no traiga fotografías del crítico viendo la película, o información sobre su tensión arterial y sus pulsaciones. Los textos superan lo que dice Ricardo Piglia –que afirma que la crítica es la forma moderna de autobiografía- y toman cierto aire de informe médico, a veces con aspecto de diagnóstico: “Sin embargo, soy inmune e incluso alérgico a la presumible fascinación que desprenden las películas de la directora argentinaLucrecia Martel”. Y a veces con forma de síntoma: “Por lo demás, no encuentro nada que se pueda narrar. ¿El desarreglo mental de la protagonista será debido a la menopausia?”.

Pero pese a deslices como éste, el crítico tiene un fraseo característico y entrañable (“Se llama Charlie Kaufman”, “un joven director alemán llamado Wim Wenders”, “Se llama Mike Tyson”, “por ese actor que ya está más allá del bien y del mal llamado Sean Connery”, “ese actor intenso y magnético llamado Sean Penn”), y siempre incluye fragmentos de indudable valor informativo. SobreChe, escribe:

“En su estreno comercial serán dos partes que no se presentarán a la vez, pero como aquí todo se hace a lo bestia y se supone que lo que más amamos los presentes es pasarnos infinitas horas en la butaca y en medio de la oscuridad, la proyectan de un tirón, eso sí, con un agradecible intermedio en el que al igual que en el colegio o cuando nos llevaban los papás a los añorados programas dobles, nos obsequian con una bolsa con el anagrama de Che que contiene un bocadillo, una chocolatina y una botella de agua”.

Aunque este fragmento epifánico es mejor todavía:

“Pero lo más grandioso que me ha ocurrido en la jornada de ayer es tener cenando en la mesa de al lado a un individuo con la cara tatuada, mirada que parece haberse puesto de acuerdo con la vida o al menos resignado, tratando con amorosa delicadeza a una mujer muy joven, negra y preciosa. Su proteica personalidad, su legendaria carrera y su tortuosa vida es una estremecedora película sobre el esplendor y el fracaso, sobre la redención y el derrumbe, la destrucción y la autodestrucción. Se llama Mike Tyson. (…) Yo veo esas manos legendarias, la electricidad que se puede crear en ese cerebro y en esa anatomía y me echo a temblar de que alguien intente abusar de su paciencia. No ocurre nada. No salimos en la crónica de sucesos. Creo no ser mitómano pero tener al lado durante un par de horas a una leyenda de semejante calibre me provoca cierto hormigueo”.

A mí, sinceramente, también.

Anuncios