LA REGENERACIÓN Y NOSOTROS, QUE LA QUISIMOS TANTO

por gascondaniel

gutman

1.

José Fernández-Albertos: Cómo no hacer una reforma electoral:

Nuestros gobernantes han considerado que no somos ciudadanos lo suficientemente adultos para hablar de estas cosas, y mucho menos para evaluar los pros y contras de cada alternativa. Sin haber escrito (o al menos, sin haber difundo) ni un mísero documento, sin decirnos qué es lo que se quiere corregir ni cómo, se nos habla de una reforma para “elegir directamente a los alcaldes” (cuando luego nos enteramos de que lo que está sobre la mesa no es la presidencialización del sistema político municipal, sino simplemente dar un premio de mayoría a la lista más votada, una cosa muy distinta) y de impedir “que se elijan a los alcaldes en los despachos” (es increíble que haya personas que usen sus puestos de responsabilidad política para desacreditar de manera tan torticera nuestro sistema político actual).

Dejando de lado las formas, ¿qué consecuencias tendría el cambio del que se está hablando? Aquí tenemos que ser un poco atrevidos y fiarnos de lo que dicen los periodistas a partir de “fuentes bien informadas”, porque a fecha de hoy no sabemos a ciencia cierta qué es lo que se quiere hacer. Parece que la idea es otorgar la mitad más uno de los concejales a la lista que obtenga el 40% de los votos, siempre que la segunda lista no alcance el 35%. (De nuevo, habría que preguntarse por qué a dar un premio de mayoría a la minoría con más votos le llaman algunos “elección directa de alcalde” y no “triple salto con tirabuzón”, que es un nombre mucho más bonito y rimbombante).

Por supuesto, dar un premio de representación a la lista con más votos no es una excentricidad. En nuestro entorno, es algo que hace Grecia cuando elige a su parlamento, y a nivel local, en muchos otros lugares. La idea es sencilla: dar una ventaja a los grandes partidos para así facilitar la formación de gobiernos y darles estabilidad en contextos de alta fragmentación partidista.

Hay que recordar sin embargo que régimen electoral local ya tiene algunas características que benefician a los partidos más votados: para entrar en el reparto de concejales es necesario obtener un 5% de los votos (un umbral muy alto en términos comparados, y que sirve para excluir a muchas candidaturas pequeñas). Gracias a esta regla, por ejemplo, el Partido Popular obtuvo en Logroño en las pasadas elecciones el 63% de los concejales pese a obtener “sólo” el 47,7% de los votos emitidos. En segundo lugar, la actual LOREG ya especifica que si ningún candidato logra una mayoría absoluta de apoyos en el pleno, se nombrará alcalde al líder de la lista más votada.

Pero la propuesta va más allá: con obtener el 40% de los votos bastará para controlar en solitario el gobierno municipal. ¿Cuáles son algunas de las consecuencias que cabría esperar de esta medida?

  1. Habrá más gobiernos monocolor. Estaría bien disponer de evidencia que indicara que tales gobiernos son más transparentes, menos corruptos y mejores gestores que los gobiernos en minoría o en coalición. Pero no la tenemos.
  2. Si la fórmula es, como se ha mencionado, mantener el reparto proporcional según la fórmula d’Hondt pero forzando que si una lista obtiene el 40% de los votos tenga la mitad más uno de los concejales, ocurrirá que habrá más gobiernos sostenidos por una mayoría mínima de concejales (todos aquellos en los que haya una lista con entre el 40% y el 50% de votos). Con más mayorías de un sólo concejal, es sorprendente que se presente la reforma como una forma de impedir el transfuguismo, cuando uno pensaría que indirectamente lo incentiva.
  3. Los partidos que dispongan de un porcentaje de votos superior al 40% del voto válido (que, en circunstancias normales de participación, se corresponden con un 25% del censo electoral), no tendrán ningún incentivo a ensanchar su base de apoyo. Para ellos, tendrá más sentido mantener satisfechos a la minoría de afines y leales que tratar de convencer a otros votantes.

Esto no es en absoluto una lista exhaustiva de consecuencias de la reforma. Señalo sólo estas para mostrar que hay motivos para cuestionar su supuesta bondad intrínseca, y que los ciudadanos al menos nos merecemos un debate sobre pros y contras de este cambio de las reglas del juego. Porque sin ese debate, a muchos no nos quedará más remedio que concluir que el partido en el gobierno está cambiando algo tan importante como el sistema electoral en su propio beneficio. Y eso no es regenerar la democracia. Es emponzoñarla.

Y: La izquierda ante la elección directa de alcaldes.

2.

Vota Podemos, vota PP.

3.

El confidencial Montoro, por Arcadi Espada. Y un rescate: Dos o tres cosas sobre Montoro.

4.

Nacionalismo y dinero, por José Álvarez Junco:

Las sociedades atraídas por los movimientos identitarios tienden a ser tribales, familiares. Son relativamente pequeñas, todos se conocen, todos saben si este es o no de los nuestros, y es difícil infiltrarse o triunfar socialmente si se es foráneo. En el caso catalán, se trata de una élite, predominantemente barcelonesa, de conocidos y muchas veces emparentados, que se siente con derecho a ser dueña (política; pero no solo, como demuestra la familia Pujol) de toda Cataluña, para lo cual ha conseguido imponer un discurso que achaca todos los males a las interferencias de “Madrid”.

El nacionalismo se combina mal con el capitalismo y se explica difícilmente en términos de clase, pero, en cambio, se combina y se explica muy bien, como tantas otras pugnas identitarias, en términos de corporativismo y clientelismo.

Llamamos corporativismo a la tendencia de un grupo o sector social a reforzar su solidaridad interna y defender sus intereses y derechos particulares, anteponiéndolos a los principios de justicia, al interés general de la sociedad y a los perjuicios que puedan ocasionar a terceros. Es un fenómeno típico de núcleos humanos con lazos de parentesco, como clanes y etnias; y es muy común en el mundo mediterráneo, así como en amplias zonas de América Latina, Asia y África; son casos de “sociedad civil” fuerte, pero no beneficiosa.

En política económica, el corporativismo significa la reglamentación de la producción, el comercio y los precios por parte del Estado, que atribuye a grupos o cuerpos profesionales el control y la explotación exclusiva de cada sector productivo. Es lo más opuesto al libre mercado. Fue la organización típica del Antiguo Régimen, articulada alrededor de gremios y cofradías, y en tiempos modernos un corporativismo autoritario fue defendido por el catolicismo social, los fascismos y los populismos, que han pretendido superar la lucha de clases integrando a trabajadores, técnicos y empresarios en corporaciones unificadas, bajo control estatal. El corporativismo es también muy del gusto de los sindicatos y en el capitalismo moderno persisten importantes fenómenos neocorporativos.

Los nacionalismos, por definición, están imbuidos de espíritu corporativo: no solo porque las corporaciones dan identidad sino porque aseguran la estabilidad y la permanencia de las mismas élites en las posiciones de poder. A cambio, perjudican la libertad individual y la creatividad. Temen, al contrario que el capitalismo ideal, la libre competencia, la innovación y el futuro abierto.

5.

Esa “vigilancia patriótica”, por Xavier Vidal-Folch.

6.

La resignación innecesaria: Jorge Galindo sobre Sánchez-Cuenca, la Unión Europea y la crisis de las instituciones españolas.

7.

La universidad a la que vuelve Rubalcaba, por José Luis Puerta.

8.

Una conversación con José Ignacio Wert.

[Imagen, de John Gutmann.]

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