EL POPULISMO COTIDIANO

por gascondaniel

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1.

La elección de Juncker entre la historia y la histeria, por Ignacio Molina y Elina Viilup.

“Lejos de sentir satisfacción porque Bruselas fuera al fin capaz de producir un avance de alta política después de tanto tiempo alimentando la triste dinámica tecnocracia-populismo, el PSOE prefirió oponerse a la decisión de su grupo. Lo hizo sólo con la frágil compañía de sus correligionarios en Reino Unido y Suecia; dos países poco europeístas y fuera de la moneda común. Se trata, pues, de una decisión grave que rompe la larga tradición pactista de la socialdemocracia española en asuntos europeos y que se ha intentado explicar subrayando la causa aún más grave que motivaría este giro: el sufrimiento y desempoderamiento experimentados por muchos ciudadanos durante los últimos cinco años. A ojos de muchos progresistas, la crisis del Euro habría roto el difícil equilibrio que debe guardar un partido democrático de gobierno para ser a la vez responsivo con las preferencias de sus votantes y responsable frente a la UE, optándose ahora por el segundo objetivo de forma tan exagerada que casi se habría vaciado de contenido la existencia de programas diferentes y, por tanto, de alternativas para satisfacer los deseos de sus electorados.

Esa desagradable sensación explica que, si bien España sea uno de los pocos países europeos en los que jamás ha existido una gran coalición, en el imaginario de cierta izquierda se ha instalado la idea de un “PPSOE” que supuestamente gobierna y que debe ser castigado. Los dirigentes socialistas han reaccionado con pánico ante la pérdida de votantes que eso podría suponer y han optado por subrayar tanto en la campaña de mayo como en sus elecciones primarias que no apoyarían a alguien que, en vez de encarnar un hito democrático y la posibilidad  de restablecer el consenso que tanto necesita Europa, era presentado simplificada e injustamente como el candidato de la derecha austericida.

Las premisas sobre la que se construye esa actitud pueden ser sólo electoralistas o quizás más respetables: una denuncia sincera del deterioro democrático, que ha frustrado sobre todo a los grupos sociales más débiles, o un intento de politizar la UE con una auténtica pauta de gobierno izquierda-derecha. Pero incluso en ese caso, la conclusión sería equivocada. En primer lugar, porque el débil y plural demos a escala continental hace implausible e indeseable que las instituciones europeas dejen de estar gobernadas por un amplio entendimiento que abarque al menos a socialdemócratas y democristianos de Norte y Sur. Precisamente la mala experiencia reciente de políticas económicas tan sesgadas geográfica e ideológicamente debían de haber convencido al PSOE de que es mejor aspirar al equilibrio programático y ubicarse a escala europea en el eje que divide a partidarios y detractores de la integración para tratar de responder a la mayoría social que aspira a una UE ambiciosa. Resulta incluso más eficaz pues, desmarcándose ahora tan rígidamente del apoyo a Juncker, los socialistas españoles se han autodescartado de poder moldear algo más hacia la izquierda el programa de gobierno para los próximos cinco años, perjudicando así los intereses de sus votantes. La conducta del italiano Matteo Renzi ha sido un ejemplo perfecto de todo lo contrario.

Así pues, tratando de superar la difícil tensión de todo partido de gobierno de izquierda al que le cuesta mucho ser responsivo en el eje ideológico nacional porque ha de ser responsable con sus obligaciones supranacionales, el PSOE ha optado por la peor de las respuestas: ser irresponsivo en el eje ideológico supranacional e irresponsable con sus compromisos nacionales. Además, ha puesto en riesgo la consolidación del precedente sobre la elección del Presidente de la Comisión al haber proporcionado a las fuerzas conservadoras una excusa que esa eurodiputada con tanta visión estratégica quería evitar pensando en futuras victorias socialistas. Y es posible que, cuando coincida con sus compañeros españoles, trate de hacerles ver la conveniencia de pensar con calma en las encrucijadas históricas”.

2.

Escribe Albert Aixalà:

“La política de hoy o es europea o no puede ser política en mayúsculas, porque no puede ser transformadora. A nivel nacional ya no es posible hacer las políticas de estímulo e inversión que la economía española necesita, como las anunciadas por Juncker. Hoy no nos sirve un discurso izquierdista a nivel nacional si no somos capaces de articular una alternativa europeísta real. Parafraseando a Felipe González, 35 años después del XXVIII Congreso, hoy “hay que ser europeísta antes que izquierdista”.

¿Esto significa que el PSOE no debe criticar las políticas llevadas a cabo hasta ahora por la Comisión Europea y por la Unión en su conjunto? En absoluto. Debe criticarlas en el Parlamento Europeo, pero también en el Congreso de los Diputados, donde habría que utilizar mejor los mecanismos de control que ofrecen los tratados europeos. El Tratado de Lisboa, en vigor desde 2009, abrió la puerta a un mayor control de los parlamentos nacionales sobre las políticas europeas, y el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza de la Unión Económica y Monetaria -la mayor transferencia en política económica y fiscal que ha hecho España, en vigor desde enero de 2013- también prevé este control parlamentario nacional.

Sin embargo, uno de los países que menos controla y discute la política económica europea y su aplicación nacional a través del Semestre Europeo -el mecanismo de control presupuestario y fiscal por parte de la Comisión- es España. Según un informe reciente del Observatorio de los Parlamentos tras el Tratado de Lisboa (OPAL) los países más afectados por la crisis son, a su vez, los que cuentan con Parlamentos más débiles y que han controlado menos las decisiones económicas tomadas a nivel europeo -en el Consejo Europeo, el Eurogrupo o la Comisión. En cambio, los países con triple A han sido los que más han controlado las decisiones económicas europeas desde sus parlamentos nacionales. Y los que más han influido en ellas.

Una vez más, como apuntábamos en un artículo anterior, se pone en evidencia que en Europa hay países que se toman en serio la política europea -también su control democrático a través de sus parlamentos- y otros que no. Desgraciadamente España se encuentra entre los segundos. En consecuencia, la nueva legislatura ha empezado dominada por Alemania: sus candidatos se han hecho con la presidencia de la Comisión y del Parlamento, así como con la presidencia del grupo popular europeo. Los italianos han conseguido la presidencia del grupo socialista. Los franceses y los españoles ni están ni se les espera.

Por consiguiente, la nueva dirección del PSOE debe ser consciente que está obligada a una doble tarea: reforzar el control parlamentario de la aplicación de la política económica europea desde Madrid e influir -a través del grupo socialista en el Parlamento Europeo- en las decisiones de la nueva Comisión -incluyendo el nombramiento del nuevo comisario español, que deberá ser aceptado por el Parlamento. Mucho me temo que tras la decisión de esta semana de votar contra Juncker, las posibilidades de bloquear la candidatura de Arias Cañete con el apoyo del grupo socialista europeo se han reducido notablemente. Eso lo saben perfectamente los eurodiputados socialistas, y sería tarea del nuevo secretario general explicarlo en las agrupaciones del partido”.

3.

Cospedal y Barreda: sistemas sesgados para ganar perdiendo, por Alberto Penadés. Con el suplemento de cuatro reglas para manipuladores electorales.

4.

4.

Gregorio Morán: El fútbol, esa gran estafa: 1 y 2.

5.

Escribe Sebreli en La era del fútbol:

“Es inútil tratar de responder al ‘futbolismo cultural’ con argumentos lógicos y éticos, a los posmodernos les resultan demasiado solemnes y pedantes, ellos están contra la seriedad y por el humor. Los populistas, por su parte, nos hablarán de sensibilidad; el ataque preferido a quienes criticamos las pasiones llamadas populares es que carecemos de ‘sensibilidad popular’. Según parece esa cualidad del alma, ese misterioso instinto capaz de captar las esencias ocultas de la sabiduría ancestral de los pueblos, le es otorgada a unos y negada a otros por una suerte de predestinación orgánica, es innata y no se puede adquirir, es una forma larvada de superioridad racial; la ‘sensibilidad popular’ se confunde a fin con el espíritu de la aristocracia. El populista proclama que el intelectual no puede sentir la oportunidad de un partido de fútbol o de la voz de Gardel, del mismo modo que Charles Maurras decía que el judío francés no puede sentir un verso de Racine.

Cuando surge la voz discordante de Borges, osando burlarse de las supersticiones populares como el peronismo, el gardelismo o el fútbol, el estigma cae sobre él. Un periodista deportivo señalaba que la infancia de ese escritor ‘debe haber sido triste y aburrida, porque no recordar un picado en el barrio con pelota de trapo es no haber conocido ni gustado el dulzor de la infancia’. Antonio Cafiero, el amigo de Barritta, decía que a ‘un hombre como Borges, a quien no le gusta el fútbol, ni Gardel, ni las mujeres [sic] no le puede gustar el peronismo’. El pensamiento racional puede captar lo instintivo, afirman los privilegiados poseedores de la ‘sensibildiad popular’, para ellos la pasión y la fe son superiores a la razón como modo de conocimiento, es decir que en última instancia la realidad misma es irracional. Con una actitud neorromántica, estos populistas proclaman el derecho a ‘idolatrar’, a creer en ídolos populares y en los mitos nacionales y acusan de frialdad de corazón a quienes se proponen desacralizarlos y desmitificarlos”.

6.

En episodios anteriores: Todo lo que sé de moral lo aprendí en el fútbol.

[Imagen, de Ferdinando Scianna.]

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