SEBRELI SOBRE LA NACIÓN Y LA HISTORIA

por gascondaniel

SEBRELI

1.

Escribe Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad (Debate, 2013):

“Si no se puede definir la nación por la raza, la sangre, la lengua, el territorio, las costumbres, la cultura, la psicología, y como, a pesar de todo, la nación existe, sólo es posible descubrirla como una entidad histórica, como una realidad que aparece en determinadas circunstancias históricas, y del mismo modo puede desaparecer en circunstancias distintas. No existe la historia natural de las naciones: la idea de la existencia de la nación francesa en el fondo del alma francesa, antes de existir el Estado francés, es ilusoria. El borgoñés era borgoñés, y en todo caso cristiano, pero no francés. La naciones han sido un acto de voluntad política y se dieron en los siglos XVII, XVIII y XIX, por una combinación de elementos: la lucha entre el papado y la monarquía, entre los señores feudales y la monarquía y, sobre todo, por el desarrollo de la burguesía y de la economía capitalista y su necesidad de un mercado interno unificado. Franz Neumann señalaba que los primeros estados modernos, las ciudades-estado italianas del Renacimiento, no surgieron por una lucha nacional, sino que fueron creadas por los capitalistas que armaron un ejército y contrataron una burocracia. Tanto en Italia como en Francia y Alemania, los estados fueron construidos principalmente por extranjeros, comerciantes y banqueros, que ayudaron a los reyes franceses, a los podestà italianos y a los príncipes alemanes a hacerse obedecer por los señores feudales, por el clero y los municipios. El nacionalismo fue una ideología elaborada posteriormente para justificar la autoridad estatal. Ni siquiera la palabra nación o nacionalidad es de muy antigua data; se supone que procedió de Austria, donde se utilizaba desde la época de José II en sentido despectivo para referirse a los esclavos. Los primeros en utilizarla con un signo positivo fueron, como no podía ser de otra manera, los románticos alemanes.

Parece ser que fue Schlegel quien la empleó por primera vez en una carta a madame de Staël. La palabra nacionalidad no apareció en un diccionario francés hasta 1825 y era considerada un neologismo; en Alemania surgió por primera vez en un diccionario en 1919, como consecuencia de la Primera Guerra Mundial.

El pensamiento progresista, democrático y de izquierdas del siglo XIX y de comienzos del XX fue consecuentemente antinacionalista; denunció en la nación la voluntad de poderío, el egoísmo, el orgullo colectivo, la autoadoración. La gloria de las naciones como valor supremo llevó a un mundo anárquico de pueblos pletóricos de odio y de guerras permanentes. Resulta paradójico que después de dos guerras mundiales, provocadas por el nacionalismo, las izquierdas, que habían entrado en proceso de descomposición, reivindicaran el nacionalismo, ya muy desacreditado. El argumento que esgrimían distintos sectores de la izquierda -estalinistas, trotskistas y maoístas- era la diferencia fundamental que existía entre el nacionalismo de una nación opresora y el de una nación oprimida, de una nación grande y de una nación pequeña, basándose en una frase circunstancial de Lenin en una carta de 1922. Rosa Luxemburg, en polémica con Lenin, se declaraba en contra de la independencia polaca alegando, con toda razón, que una Polonia independiente sólo sería un Estado agrario dominado por los terratenientes feudales incapaces de desarrollar una gran industria. En esta cuestión, Rosa Lusemburg seguía la mejor tradición de Marx, que desconfiaba de las posibilidades progresistas de la independencia de países atrasados en Asia o de los Balcanes.

Aun suponiendo que hubiera que apoyar el nacionalismo de los países coloniales y semicoloniales, no bien conseguían su independencia, su su nacionalismo dejaba de ser progresista para convertirse en una nueva forma de presión. El mito de la “nación”, que había servido para liberarse de la dominación extranjera, serviría después para ocultar la desigualdad social y la falta de libertades individuales. La unidad nacional, un medio para conseguir la independencia, se transformaría en un fin en sí, pero las contradicciones entre los intereses sociales, económicos, políticos y culturales autóctonos surgieron al día siguiente de la independencia. A las masas populares se la trataría de convencer de su emancipación, porque eran oprimidas por hombres de su misma nacionalidad y no por extranjeros.

La primera colonia que se liberó en el siglo pasado, Irlanda, fue un ejemplo premonitorio de lo que ocurriría después en la mayor parte de las colonias liberadas de Asia y África: surgió un nuevo Estado reaccionario, a veces más retrógrado que el existente bajo el imperialismo.

Del mismo modo que las naciones tienen un origen, están destinadas a tener un fin. El siglo XX tardío asistió al comienzo del fin de las naciones, porque las necesidades que las hicieron nacer ya habían sido superadas. El auge de los nacionalismos en Asia y África fue consecuencia inevitable del ocaso del sistema colonialista; el auge actual de los nacionalismos en la Europa del Este es la consecuencia del declive del sistema burocrático estalinista. Los nacionalismos del sur y el oeste de Europa son una reacción frente a la oleada inmigratoria. Pero ninguno de ellos ofrece la perspectiva de un porvenir, sólo pretenden una restauración del pasado, y están destinados al fracaso porque nunca hay retorno de la historia”.

2.

Dice también el ensayista argentino:

“Los nacionalistas personalizan la tierra, la transforman en un sujeto del cual sus habitantes serían un mero atributo. Por eso los derechos individuales son subordinados a la soberanía nacional: “primero la patria, después los hombres” es una típica consigna nacionalista, pero la tierra no tiene ningún valor en sí sino por los hombres que la habitan y la trabajan. El Estado nacional no debería ser un fin en sí, sino un medio para defender los derechos de los ciudadanos. Por lo tanto, hay que desacralizar y relativizar el concepto de soberanía territorial, y absolutizar, en cambio, los derechos individuales y la vida humana como lo único verdaderamente sagrado e inalienable”.

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