NOTAS SOBRE LA IZQUIERDA REACCIONARIA

por gascondaniel

tejado

1.

Kiko Llaneras y Jorge San Miguel sobre el manifiesto “Última llamada”:

Todos queremos una civilización que asegure la vida digna. ¿Pero por qué necesitamos una ruptura política profunda? ¿De dónde se deduce que la sociedad actual impide progresar? Es más, ¿qué pruebas hay de que no esté progresando en esa dirección? Es falso que nos estemos dirigiendo al caos y la barbarie, al menos de forma gradual. Los indicios, como hemos ido viendo, sugieren justo lo contrario: que los mercados regulados y las democracias liberales han sido las sociedades que más nos acercan a ese objetivo de una vida digna.

El texto, de nuevo, saca una conclusión que no se sigue del enunciado. ¿Por qué un modo de vida no capitalista va a resolver el problema? En realidad puede argumentarse precisamente lo contrario: que una sociedad de mercado sí puede solucionar los problemas de sostenibilidad si es capaz de integrar las externalidades medioambientales en los precios. Una economía regulada, precisamente, ofrece un mecanismo que —al menos en teoría— es capaz de llevar las cosas en la buena dirección, poner incentivos para el consumo responsable, evitar las conductas insostenibles, etc. Una economía de mercado global y regulada es quizás una castillo en el aire, pero es menos inconcreto que las alternativas, que en el manifiesto, brillan por su ausencia.

Y, en cualquier caso, asumir que una sociedad sin crecimiento va a caminar hacia el igualitarismo, la democratización y más humanismo es de nuevo injustificado. De hecho, en términos históricos, esa sociedad es algo parecido a lo existente desde la adopción de la agricultura hasta aproximadamente 1.800 en todo el mundo. Y no parece que los logros fueran extraordinarios en cuanto a igualdad económica o política, ni en cuando a respeto a la vida. Más aún: si el ejemplo de las crisis económicas y las recesiones sugiere algo, es que la reducción de los recursos disponibles aumenta las tensiones en el seno de las naciones y entre ellas.

[…]

En definitiva, no creemos que el progreso esté determinado por una providencia histórica o religiosa, ni que su avance, allá donde se pueda discernir, sea irreversible. Al contrario, estimamos que requiere una vigilancia y un esfuerzo constantes para seguir mejorando la vida en todos los órdenes. Nuestras sociedades deben esforzarse todavía mucho si quieren reducir sus muchas imperfecciones, y además deberán adaptarse ágilmente para enfrentar nuevos retos como la escasez de recursos naturales o el daño medioambiental.

Pero pensamos que el crecimiento económico y el modelo de sociedad que el manifiesto desdeña han demostrado históricamente logros incomparables en ese sentido. Y que, desde luego, los promotores no han sido capaces de sustanciar lo contrario ni esa supuesta necesidad de caminar a ciegas hacia un modelo alternativo que nadie conoce. Klaatu barada nikto.

2.

Unos gráficos sobre cómo ha cambiado el mundo.

3.

Francisco García Olmedo sobre la domesticación de las plantas.

4.

Pippi Calzaslargas contra Karl Marx, por Víctor Lapuente:

A lo largo de estas décadas, los socialdemócratas suecos no siempre han elegido bien, lo que desmonta el mito de la infalibilidad de los nórdicos. Por ejemplo, en un ejercicio de creciente autocomplacencia con las bondades de su modelo, el gasto público se les fue de las manos, disparándose por encima del 60% del PIB a finales del siglo XX. Los impuestos llegaron a ser tan distorsionadores que la venerable Astrid Lindgren, la creadora de Pippi Calzaslargas, se rebeló cuando sus ingresos fueron gravados a un tipo del 102%. Pero de estos errores, los socialdemócratas nórdicos han salido, en general, con mucho pragmatismo y poca pureza ideológica. Entre Pippi Calzaslargas y Karl Marx han elegido a Pippi.

Su valentía reformista choca con el inmovilismo de nuestras socialdemocracias. Ellos han priorizado la calidad y la eficiencia en la prestación de los servicios públicos por encima de los intereses de quienes los prestan. Cuando han entendido, tras un análisis de coste-beneficio, que había que remodelar el mapa administrativo, han acometido fusiones de municipios, reestructuraciones organizativas y todo tipo de innovaciones en gestión pública. De forma que los países nórdicos también lideran las comparativas de modernización administrativa. Han introducido competencia (regulada, no salvaje, pero competencia al fin y al cabo) tanto dentro de las organizaciones públicas —con unos empleados públicos desfuncionarizados en su gran mayoría— como entre organizaciones —a veces de titularidad pública, a veces privada.

Este coraje para enfrentar intereses particulares (como el del funcionario X, la Diputación Y o el pequeño Ayuntamiento Z, etcétera) en pos de intereses generales está ausente en nuestra socialdemocracia. Los tres candidatos a liderar el PSOE no ofrecen de momento muchas esperanzas de cambio. Dicen lo que muchos quieren oír (“unidad”, “más socialismo”, derogar la reforma laboral), pero no lo que el país necesita para construir un Estado de bienestar sostenible: por un lado, necesitamos un modelo de flexiseguridad que libere el potencial creativo de unos emprendedores y trabajadores públicos-privados españoles atados por regulaciones asfixiantes y que proteja de las inclemencias de la globalización con una fuerte inversión pública en capital humano; por otro, urge una transformación —no radical, pero sí continua— de cómo funciona nuestro sector público.

Muchos juzgarán el concepto de capitalismo solidario como un oxímoron, o como el extravagante resultado de una coyuntura histórica. Yo entiendo, por el contrario, que es la base sobre la que se sustentan las sociedades más avanzadas (miremos la dimensión que miremos) del mundo y, por tanto, la ruta más segura hacia un futuro sostenible.

No es difícil ver que el capitalismo necesita el contrapeso de la solidaridad. De hecho, un número creciente de capitalistas en EE UU son conscientes de que una economía de mercado sin un fuerte reparto de la riqueza es una receta para el colapso social. Y la solidaridad también requiere un vibrante capitalismo: a lo largo de la historia, ningún Estado de bienestar ha florecido fuera de una atmósfera económica dinámica.

Dejemos pues que capitalismo y solidaridad se quieran.

5.

José Ignacio Torreblanca: La socialdemocracia en la era de la austeridad y En qué se equivoca Pablo Iglesias:

Europa no se divide entre un Sur donde están todos los pobres y un Norte donde están todos los ricos. En Alemania hay 7,5 millones de personas que viven con “miniempleos” que les proporcionan menos de 450 euros al mes y que tienen que completar con subsidios sociales. Una persona que pase toda su vida en estos miniempleos se podrá jubilar a los 67 años con una pensión de 140 euros pues estos empleos garantizan ¡3 euros al mes de pensión por año trabajado! (véase por ejemplo “La pobreza oculta del milagro alemán“, BBC de 5 de febrero de 2014).

También, según las estadísticas, en Alemania una de cada tres personas no puede hacer frente a gastos inesperados, una de cada cinco no puede permitirse irse de vacaciones y un 16 por ciento se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social (véase en “Alemania también hay pobres“). Tampoco son muy diferentes las cosas en el ámbito de la desigualdad: en Alemania hay 135 personas con un patrimonio superior a los 1.000 millones de euros y el 10% de la población más rica posee dos terceras partes de la riqueza nacional. Sin estos datos no se entiende nada de lo que está pasando en Europa. la mayoría de alemanes no se sienten ricos, sino explotados, por unos o por otros. Y lo que peor les sienta es que les digan que son unos egoístas e insolidarios que explotan a los demás.

Las izquierdas siempre han sido internacionalistas porque han entendido que las verdaderas diferencias no están entre países, sino entre grupos y clases sociales, lo que le ha llevado a intentar forjar alianzas de clase transnacionales. Pero hete aquí que Pablo Iglesias llega e ignora la existencia de desigualdades en el Norte de Europa, desprecia los votos de los progresistas de Norte de Europa y pide un voto patriótico del Sur.

6.

El (Horrible) crecimiento económico de Venezuela, por Jesús Fernández-Villaverde.

7.

David Masciotta: El provincianismo del feminismo estadounidense.

8.

Rescate: El fin del mundo, etc.

[Imagen.]

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