UNA TARDE EN EL JARAMA: UN POEMA DE ANTÓN CASTRO SOBRE ANA MARÍA MATUTE

por gascondaniel

matute

UNA TARDE EN EL JARAMA

 

La escritora necesitaba la compañía del whisky

para soltarse la lengua. La suya era una vida

trabajada contra el destino y la ira. Estábamos

en una de esas cenas íntimas que suceden

a una tertulia con público apasionado.

Una de esas cenas donde las confidencias

van y vienen, y con ellas los chismes, los secretos.

Cuando todos habíamos liquidado los postres,

ella dijo: “Ni los escritores sabemos nada de amor.

A mí me ocurrió. Me casé enamorada, fui madre

de inmediato, bebía los vientos por él, lo deseaba,

lo deseaba tanto como la inspiración y la gloria.

Un día, no sé por qué, me cruzó la cara. Y tiró

una de mis libretas por la ventana: la seguí un instante,

se caía al vacío como un pájaro condenado.

En aquellas páginas hablaba de nosotros, de las noches

de la pasión y de la nostalgia instantánea del sexo.

Me marché de casa poco después: con otra libreta,

malherida, humillada y sin nuestro único hijo.

Camilo José Cela, a quien siempre había visto como

un ogro, me recogió en su casa. Me cedió un cuarto

y me dio todo su cariño y el de su mujer menuda.

Temblaba de día y de noche. Sufría con la luz.

Me habría arrojado por un precipicio. Soñaba.

Pensé que me había olvidado de escribir. Lloraba.

Un día me encontré con un hombre, afable,

que miraba el vuelo de los pájaros del parque.

Que subía y bajaba de los tranvías. Dibujaba

y sonreía y montaba en bicicleta como un chiquillo.

Tuve la sensación de que él tampoco

esperaba nada del mundo ni de sus accidentes.

Le hablé. Concertamos varias citas. A orillas

del Manzanares, en el Retiro, en un tren de cercanías.

En un cine de doble sesión. Allí nos besamos

cuando la pantalla se iluminó con los ojos líquidos

de Ingrid Bergman. ¿Por qué lloras tú también?

Nos fuimos a vivir juntos. Recuperé a la escritora

que siempre había llevado dentro, y a la ebanista

que construía castillos y palacios y barcas a la deriva,

y a la niña artista que pintaba alondras en el bosque.

Ya no sabía bien si los dibujos eran míos o eran suyos.

Una tarde nos fuimos al Jarama. Recuerdo la corriente

agitada, los vencejos entre nubes de fuego, la brisa.

Recuerdo que él me dijo: tiéndete, cierra los ojos

y déjame verte, y tocarte, en tu mejor desnudo”.

A todos nos sorprendió el desenlace. La escritora añadió:

“Así es el amor: desvergonzado, fogoso y sin edad”.

(Seducción, Olifante, 2014)

[Imagen.]

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