MEMORIAS DEL RÍO

por gascondaniel

Marin Bagues

1.

Por las mañanas mi padre se iba a correr al parque del Tío Jorge, al otro lado del río. En esa época, yo pensaba que el Tío Jorge, un héroe de la Guerra de la Independencia, era un familiar nuestro que tenía un parque.

Mi abuelo trabajaba en la oficina central de SPAR, también al otro lado del Ebro. Los viernes por la tarde íbamos con mi madre a recogerlo. Me gustaba pasar el río en el coche, un Renault 8 de color verde que a menudo había que arrancar con manivela.

Mi abuelo hablaba a veces del Pozo de San Lázaro, que se había tragado un autobús. Me decía que los romanos habían canalizado el río, que antes cubría menos y ocupaba un territorio más amplio, y que en tiempos de los romanos había un puerto fluvial en el Ebro. También admiraba el Puente de Santiago, que, en un prodigio de ingeniería, cruzaba el río en dos arcos.

Un día hicimos una excursión con la clase de segundo de Preescolar para ver el parque del tío Jorge. Me acuerdo de que mi padre fue el guía y de que vimos a unos tipos que pescaban ilegalmente en la ribera. Pero no me acuerdo por qué mi padre hacía de guía en el parque.

Ya he dicho que me gustaba cruzar el río en el coche, pero me impresionó todavía más cruzar el estuario del Tajo en Lisboa.

El estuario del Amazonas, decía mi abuelo, tenía más de doscientos kilómetros de ancho.

Las grandes ciudades, decía mi abuelo, tienen ríos: París, Londres, El Cairo… La economía egipcia cambió gracias a la presa de Asuán. En Ejulve –su pueblo– solo tenemos el Guadalopillo, que no es río ni es nada.

Erosión, transporte y sedimentación: el Ebro iniciaba en Zaragoza el curso bajo y los sedimentos creaban islas muy fértiles y el terreno productivo del delta, en la desembocadura.

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, decía mi abuelo, recitando con una voz un poco anticuada y levemente ridícula.

A nuestro primer perro, Pluto, un cocker spaniel de color canela, le gustaba bañarse en los ríos y se tiró al Ebro un día que fuimos de excursión al galacho de Juslibol.

Vivíamos cerca del puente de Hierro, que había sido gris toda mi infancia y un día se volvió verde.

Cumples cien años y te ponen verde, qué poco respeto, decía mi abuelo.

Una amiga de mis padres era de Mequinenza. Con mi padre hablaba de la vieja ciudad y de Jesús Moncada, que escribía sobre esa vieja ciudad sumergida.

En 1997 escribí una reseña de Historias de la mano izquierda de Jesús Moncada y dije que a veces parecía un Bohumil Hrabal a la orilla del río.

En las dedicatorias que escribía para mi padre, Jesús Moncada dibujaba cocodrilos, que según él venían por el Ebro.

2.

Salí con un par de chicas que vivían en el Actur. Me hacía mucha ilusión ir a buscarlas de noche, cruzando el puente mientras en la radio del coche sonaba “Jersey Girl” de Tom Waits, donde el protagonista cruza el puente para recoger a su chica. Pero la verdad es que ellas casi siempre acudían al centro en autobús.

La primera vez que ella vino a verme a Zaragoza la llevé a la Arboleda de Macanaz.

Cinco años después, era mi novia de toda la vida y caminábamos melancólicos una tarde de otoño en el Puente de Piedra cuando una señora se mareó en lo alto del puente y tuvimos que ayudarla. Luego la señora nos dijo: Qué rápido pasa la vida. Aprovechad ahora que sois jóvenes. Mi novia y yo nos quedamos mirando el agua negra. Los dos sabíamos que íbamos a romper.

Una compañera de clase tenía un piso frente al Ebro. Era guapa, pero había algo que me distanciaba de ella. Aun así, a veces pensaba que estaría bien salir con esa chica: me habría gustado despertarme delante de un ventanal con vistas al río.

3.

En Cuentos de San Cayetano, José Antonio Labordeta tiene un  cuento hermoso y terrible que sucede en el Ebro, “Las almadías”. El relato está dedicado al escritor Félix Romeo, que rastreó las hemerotecas para preparar la edición de un libro de Labordeta, Tierra sin mar.

A Félix Romeo, como al pintor Pepe Cerdá, le gustaba mucho el cuadro Los placeres del Ebro, de Marín Bagüés.

Algunas tardes de verano íbamos a jugar a fútbol en un campo de la Almozara. En una de esas ocasiones, el escritor Ismael Grasa se metió en el Ebro hasta la cintura después del partido. (A Ismael Grasa también le gusta Marín Bagüés.)

El trasvase era una amenaza y nos gustaba Arundhati Roy porque había escrito contra los destrozos ecológicos y humanos que provocan las grandes obras hidráulicas.

El puente de Hierro sale en Una de zombies de Miguel Ángel Lamata y en un videoclip de Amaral.

Cuando se celebró la Expo 2008, a todos nos gustaba cómo habían quedado las riberas.

El día en que la editorial Xordica, que ha publicado libros de Labordeta, de Moncada, de Félix Romeo, de mi padre y los míos, cumplió sus primeros quince años, celebramos una fiesta a la orilla del río.

En la fiesta, un profesor de Filosofía le dijo a un invitado: Eres un kantiano. El otro respondió: ¿Qué me has dicho? Te rompo la cabeza. (Hace poco, una discusión muy parecida terminó con un tiroteo en Rusia.)

A Félix Romeo le gustaban las terrazas de la orilla del río. Una de sus preferidas era el Pastís. Uno de sus últimos artículos fue una defensa del local, porque una ordenanza municipal amenazaba con cerrarlo.

4.

Yo acababa de volver a Zaragoza y me fui a hacer una entrevista de trabajo, justo enfrente del río. Llegué con un poco de tiempo y me quedé mirando una máquina que intentaba dragar el río para que pasaran los barcos de la Exposición. Me acuerdo de que grabé a la máquina trabajando y de que, como iba a empezar a trabajar en la tele, mi iniciativa me pareció muy adecuada.

Me quedé a la sombra un buen rato. Cuando pienso en esos momentos, me acuerdo de uno de los mejores cuentos de Félix Romeo, un relato que se llama “En una isla flotante”. El protagonista lleva cuatro años trabajando en una idea sobre el río:

Mi proyecto para el máster de Urbanismo que intento acabar es tan sencillo y utópico como estúpido: crear un barrio que esté a ambas orillas del río. El barrio estaría unido por una isla flotante, en la que se construirían las infraestructuras comunes: un centro de salud, la guardería, un centro cultural, un lugar de juegos y también un mercado. La gente accedería fácilmente por las dos orillas, que serían espacios de un mismo parque dividido por el agua, y compartiría espacios comunes en esa isla flotante.

El protagonista, además, tiene problemas con su novia, que se llama Natalia. Como Félix Romeo, el protagonista es hijo de policía, y regresa a un lugar donde se produjo un crimen –el asesinato de una niña– que su padre no supo resolver. Como el propio Félix  en Noche de los enamorados, intenta resolver un crimen.

Esa historia, aparentemente leve pero perturbadora y profunda, es uno de mis relatos preferidos.

Félix Romeo quería hacer un programa sobre crímenes no resueltos en la televisión aragonesa.

5.

A los zaragozanos nos gusta ver las crecidas del río. A mí me gusta, era una de las cosas que prefería de cuando trabajaba en la tele. A mi madre le gusta y a muchos de mis amigos, que no sienten mucho interés por la naturaleza, también. En verano, ver el río seco es como visitar a un pariente enfermo. En primavera, ver el río lleno produce energía. Llevamos miles de años intentando domesticarlo, poniéndole diosas de la fertilidad y vírgenes y máquinas de dragado, pero todavía conserva algo poderoso, amenazador y salvaje.

Un invierno, volviendo de la tele, me encontré en la calle con José Antonio Labordeta y con Juana de Grandes, su mujer. Habían ido a ver la crecida.

Cuando murió Labordeta, me pidieron un artículo y hablé de ese encuentro: era la última vez que había visto a José Antonio Labordeta por la calle.

Félix Romeo me escribió después de leer el artículo: “Me encanta lo de la crecida del Ebro”.

[Este texto aparece en Historias del Ebro, editado por Rey Lear. En la imagen, Los placeres del Ebro.]

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