LA MALDICIÓN REACCIONARIA

por gascondaniel

Study for a Portrait 1952 by Francis Bacon 1909-1992

1.

Escribe Fernando Savater:

La Europa actual, que se prepara para unas elecciones presumiblemente trascendentes en mayo, afronta como reto de fondo —más allá de esas urgencias puntuales de disensión o agravio entre países deudores y países acreedores que con razón ahora tanto nos preocupan— el esbozo imprescindible de en qué debe consistir la ciudadanía democrática. Porque existen identidades colectivas prepolíticas que son obstáculos para el desarrollo de la ciudadanía. Durante sus inicios en la modernidad, la democracia tuvo que enfrentarse a las identidades genealógicas de reyes y aristócratas, así como a las confesiones religiosas que pretendían definir al país (“la católica España”, “la piadosa Italia”, etcétera); hoy, la democracia europea tiene que vencer el enquistamiento nacionalista, tanto de los euroescépticos de Inglaterra, Holanda, Dinamarca o Francia como de los separatistas en Cataluña o Escocia que pretenden deshacer sus Estados multiculturales respectivos. Aunque estos separatistas se proclamen favorables a Europa, en realidad pretenden estrechar aún más el filtro de la identidad nacional como requisito para disfrutar de derechos cívicos, excluyendo de ellos a parte de sus hasta ahora compatriotas con el pretexto de crear nuevos Estados identitarios.

En todos esos casos siempre se trata de la maldición reaccionaria de la identidad predeterminada, es decir, de la veneración proclamada de las raíces: porque esas raíces, sean étnicas o religiosas, están siempre ancladas en el pasado mientras que la concepción progresista exige, por el contrario, que nuestras verdaderas y venideras raíces estén en el futuro, en aquello hacia lo que vamos juntos y no en eso de lo que venimos por separado.

La ciudadanía por la que merece la pena luchar es aquella según la cual el individuo obtiene derecho a la participación política, la protección social y los servicios básicos con abstracción de cualquiera de sus determinaciones previas genealógicas, étnicas, culturales, de género, etcétera, solo por el compromiso de aceptar las leyes. Quien acepte este fundamento común de ciudadanía, está luego en libertad de elegir sus identidades sucesivas y revocables en materia política, religiosa, cultural, erótica, etcétera. La ley compartida y la renuncia al privilegio de ser nada predeterminado le autorizará después a ser diferente a cualquiera de los demás a partir de ella. Por ahora, esta concepción ciudadana solo la garantizan los Estados democráticos realmente existentes (aunque a veces con preocupantes restricciones), por lo que los separatistas que piden una Europa “no estatista” encarnan en realidad la reacción del Antiguo Régimen contra ella. Quizá mañana pueda llegar a tener un alcance realmente cosmopolita, como anhelan quienes exigen instituciones de justicia universal y la defensa sin fronteras ni ventajismos de los derechos humanos.

2.

Vermont contra la ciencia y una comparación odiosa:

prioridades

Lógicamente, José Bové (retratado por Grañena) está en contra de la reproducción asistida.

3.

Sam Harris y Ayaan Hirsi Ali: una conversación. Y Timothy Garton Ash: De la fetua al WhatsApp.

4.

Shlomo Ben-Ami:

El nacionalismo es esencialmente una creación política moderna envuelta en el manto de una historia y recuerdos comunes, pero una nación ha sido con frecuencia un grupo de personas que mienten colectivamente sobre su pasado lejano, un pasado con frecuencia —con demasiada frecuencia— reescrito para que cuadre con las necesidades del presente. Si Sansón fue un héroe hebreo, su némesis Dalila hubo de ser una palestina.

Tampoco las lealtades étnicas han coincidido siempre con las fronteras políticas. Incluso después del desmembramiento violento de la Yugoslavia multiétnica, ninguno de los Estados sucesores puede afirmar ser totalmente homogéneo. Las minorías étnicas de Eslovenia y Serbia (aun excluido el Kosovo albano) representan entre el 20 y el 30 por ciento de la población total.

5.

En Sonámbulos: Cómo Europa fue a la guerra en 1914 (Galaxia Gutenberg) cuenta Christopher Clark:

Lo que apuntalaba la idea de la “unificación de todos los serbios” era una imagen mental de Serbia que tenía poca relación con el mapa político de los Balcanes al final del siglo XX. Su expresión política más influyente fue un memorándum secreto que escribió el ministro del interior serbio Ilija Garašanin para el príncipe Alexander Karadjordjević en 1844. Conocido tras su publicación en 1906 como Načertahije (del antiguo serbio náčrt, “borrador”), la propuesta de Garašanin esbozaba un “Programa para la política nacional y exterior de Serbia”. Sería difícil exagerar la influencia de este documento en generaciones de políticos y patriotas serbios; con el tiempo se convirtió en la Carta Magna del nacionalismo serbio. Garašanin abría su memorándum con la observación de que Serbia es “pequeña, pero no debe permanecer en esta condición”. El primer mandamiento de la política serbia, argumentaba, debía de ser el “principio de unidad nacional”; con eso se refería a la unificación de todos los serbios en las fronteras de un Estado serbio: “Donde vive en serbio, eso es Serbia”. La plantilla histórica para esa amplia visión del Estado serbio era el imperio medieval de Stepah Dušan, una gran extensión de territorio que abarcaba la mayor parte de la actual república serbia, junto a toda la Albania actual, la mayor parte de Macedona, todo el centro y el norte de Grecia, pero no Bosnia, lo que resulta interesante.

Clark añade en una nota:

El autor del texto en el que se basaba Načertahije era el checo František Zach, cuya plantilla contemplaba una organización federal para los eslavos del sur. Pero donde Zach había escrito “eslavo del sur” Garašanin escribió “serbio”. Este y otros cambios transformaron la visión cosmopolita de Zach en una manifiesto nacionalismo serbio.

6.

Imperialismo lingüístico: El mundo según Putin.

[Imagen.]

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