JAVIER TOMEO: AMADO MONSTRUO

por gascondaniel

javier_tomeo_banner

Javier Tomeo (Quicena, 1932 – Barcelona, 2013) fue un escritor singular, dueño de un mundo perturbador y único. Su obra tuvo siempre un carácter excéntrico. Estuvo alejada de las corrientes principales de la literatura española y parte de su reconocimiento se produjo inicialmente en el extranjero. Fue, como ha escrito Ismael Grasa, un gran escritor europeo. Y un autor que escribió hasta el final: este año se han publicado la novela El amante bicolor (Anagrama) y un conjunto de microrrelatos, El fin de los dinosaurios (Páginas de Espuma), donde tiene piezas como “Patíbulo”: “Los jueces me declaran culpable y me conducen al patíbulo. Cae la cuchilla de la guillotina y pierdo la cabeza. Una vez cumplido ese trámite le doy las gracias al verdugo y regreso a casa”.

Rafael Conte escribió: “viene del mundo de las pesadillas, de lo fantástico y lo onírico, recuerda en suave –y subrepticio– a Kafka, a Buñuel, al surrealismo, a Charlot, a Buster Keaton o al gran Ramón Gómez de la Serna”. Su escritura jugaba con el absurdo, el misterio y la intuición lírica. Emparentado con Goya y Bernhard, a medio camino entre el existencialismo y La Codorniz, a veces era un poeta, otras un humorista y en ocasiones un visionario; a menudo, era las tres cosas a la vez. Es la combinación que aparece en sus obras más conocidas, como El castillo de la carta cifrada (Anagrama, 1979), Amado monstruo (Anagrama, 1985) o El cazador de leones (Anagrama, 1989), y en muchas de sus piezas breves, reunidas en Cuentos completos (Páginas de Espuma, 2012).

Tomeo generaba lectores apasionados y fieles. Una de las aficiones de sus amigos, y de editores leales como Jorge Herralde, Enric Cucurella y Juan Casamayor, era hablar de Tomeo y de sus excentricidades. Hay una lista de anécdotas célebres, que podrían inspirar una versión de Broadway Danny Rose. Todas transmiten cierta perplejidad: no era fácil entender cómo funcionaba la cabeza de ese aragonés afincado en Barcelona, que estudió Derecho y Criminología, vivió con sus padres hasta que estos fallecieron, trabajó en Olivetti, tuvo un matrimonio fugaz con una holandesa, escribió una historia de la esclavitud con un nombre falso y firmó un libro sobre la superstición y la brujería en Cataluña, y que contradecía un aspecto un tanto hosco y primitivo con textos precisos, desasosegantes y extraordinariamente perspicaces.

No cultivó una imagen de intelectual, aunque tenía conocimientos infrecuentes, sacados de lo que llamaba “libros herramienta”. Según Antón Castro, “sus personajes tienen mucho de él: son raros, inquietantes, escindidos, solitarios, salen a pasear de noche, parecen estar en la periferia del mundo y siempre están descolocados en aventuras peligrosas o perversas”. Incorporó muchos elementos a sus libros, pero sus temas fueron casi siempre los mismos: la soledad y la incomunicación, el amor y su imposibilidad, la dificultad para percibir y compartir el mundo, la certeza paranoica de un enemigo impreciso y la sensación de una vulnerabilidad interior. Su literatura estaba llena de monstruos, de seres incompletos o fuera de lugar, por razones físicas o psicológicas. Como buen humorista y como buen poeta, Tomeo era un gran analista del hombre y sus instintos: para él, el monstruo es una metáfora de la condición humana.

[Este texto salió en la edición catalana de El Mundo el 23 de abril.]

[Imagen.]

Anuncios