TRES TEXTOS SOBRE JOSÉ ANTONIO LABORDETA

por gascondaniel

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1.

Una reseña de “En el remolino” que publiqué en Artes & Letras el 22 de febrero de 2007.

El último libro de José Antonio Labordeta (Zaragoza, 1935), “Cuentos de san Cayetano” (Xordica, 2004), era la crónica de un despertar a la vida en la Zaragoza de los primeros años del franquismo.“En el remolino” (Anagrama, 2007) es una novela sobre la Guerra Civil y trata de la interrupción de la vida: lo más importante no son las posiciones ideológicas o militares sino la violencia desatada, la lógica de la barbarie. En el prólogo, José-Carlos Mainer habla de un enfoque “antropológico”.

“En el remolino” –una versión anterior apareció en el volumen “Cada cual que aprenda su juego” (Ediciones Júcar, 1974)- se basa en un hecho real y empieza casi al final de la historia que narra: Braulio, un prestamista, agoniza atado junto a su mula. Labordeta reconstruye los acontecimientos a través de escenas y monólogos que ofrecen una explicación fragmentaria: es el verano de 1936 en un pueblo anónimo, y “el aire venía preñado de presagios”; se producen las primeras persecuciones y se extienden los rumores sobre el asesinato del alcalde. Labordeta presenta los hechos desde el punto de vista de varios personajes: desde el de Braulio, que cifra el respeto en el dinero y quiere vengarse de los malos tratos recibidos (el cariño que le profesaba su madre y el sexo culpable con Cándida son dos de los momentos agradables de una existencia mezquina); desde el de las fuerzas del pueblo, la guardia civil, el cura y el juez, que desayuna unos bollos suizos que hacen en la panadería especialmente para él; desde el del herrero, que tiene un cartel de Pablo Iglesias en la fragua y anima a Pascual a la huida. Hay factores políticos –el rechazo a la democracia, las críticas al Frente Popular- pero pronto se ven superados: Severino, el líder de los exaltados (“Soy el único representante de la legalidad”, se dice a sí mismo), debe dinero al prestamista. A partir de ahí, “En el remolino” se convierte en la historia de una huidas y persecuciones.

El coro de voces y la multiplicidad de perspectivas hacen pensar en Faulkner, en Rulfo o en el primer Vargas Llosa, pero el procedimiento es inseparable del contenido: sirve para contar cómo la violencia lo inunda todo, cómo afecta a los hombres, a las cosechas y a los animales (la mula de Braulio es una de las víctimas; el paisaje es fundamental). Los personajes dejan de ser dueños de su destino y responden a la movilización del odio. El herrero y Pascual reconocen a sus perseguidores, y deben olvidar que son seres humanos para dispararles: “Piensa que son conejos”. La guerra cambia la vida de los familiares: la desaparición de Braulio supone una liberación para su hermana Dolores, uno de los mejores personajes del libro, que había sufrido el maltrato de su padre y de su hermano; Angelito debe vengar la muerte de un hermano que siempre lo despreció.

“En el remolino” es una novela desesperada, potente y vertiginosa, donde Labordeta demuestra su talento narrativo y su sensibilidad para la imagen y los detalles: ignoramos el nombre del pueblo, pero sabemos dónde guardaba el dinero Braulio, conocemos el sillón de mimbre donde Dolores no podía sentarse, y estamos al tanto de que a uno de los personajes le preocupa que le sude el culo. Como dice el autor, tiene algo de película de Peckinpah, con su caza del hombre y su humor seco, sus tiroteos en las ermitas, la rotundidad de sus muertes (los personajes no sólo acaban “rotos”, “deshechos” o “desguazados”, sino “muertos, muertos, definitivamente muertos”; otro termina “más muerto que mi abuela Julia”) y hasta sus congelados de imagen: vemos el asesinato de un personaje desde dos perspectivas diferentes, y parece que en todo ese tiempo estuviera cayendo al ralentí. Pero “En el remolino” también tiene que ver con los relatos orales de la guerra, con la memoria colectiva: hay momentos de revelación, encuentros casi milagrosos, y actos cuya crueldad sorprende a quienes los cometen: “¿Tanto odio habíamos guardado en nuestras tripas para llegar a esto?”, se pregunta un personaje. Labordeta escribió esta novela hace más de treinta años: ha habido muchos cambios en España, y él también ha modificado su forma de escribir y de ver el mundo, pero “En el remolino” conserva su actualidad. Este relato sobre la guerra civil también es una fábula sobre todas las guerras, y se atreve a lanzar una mirada humana hacia el abismo: “En el remolino” es un libro contra el mal.

José Antonio Labordeta. En el remolino. Presentación de José-Carlos Mainer. Anagrama. Barcelona, 2007. 129 páginas.

2.

El texto de la solapa de ‘Mar de amor’ (Olifante, 2010):

José Antonio Labordeta no sonríe mucho en las fotos. Sin embargo, yo lo he visto sonreír muchas veces, y en esos momentos tiene la expresión de un niño que acaba de romper un escaparate.

Cantante, poeta, narrador, político y profesor, Labordeta es el aragonés más importante de las últimas décadas. Encarna como pocos los valores de una izquierda democrática, del amor hacia la cultura, Aragón y la libertad, de la memoria de Zaragoza y el mundo rural, de la atención a lo local y a lo universal, de la pasión por la poesía y la belleza y por las pequeñas cosas y la gente pequeña. Es un ilustrado y el  hombre con el que todos querrían tomar una caña. Pero además ha conservado siempre una rabiosa independencia, una gran curiosidad por el mundo y los jóvenes, y un sentido del humor salvaje. Esas virtudes también están en sus canciones. Tienen una ironía brassensiana, frases inolvidables, imágenes cinematográficas y una autenticidad excepcional: Labordeta es el único artista que conozco que no parece un impostor cuando emplea la primera persona del plural. Algunas de sus canciones más hermosas hablan de amor, y revelan otra característica esencial: una ternura pudorosa y emocionante. Otras canciones de Labordeta tienen un paisaje de perdedores: pueblos sin gente, banderas rotas y santos que se quedan sin cabeza. Pero –por usar sin impostura la primera persona del plural– sus palabras, su humanidad y su talento han hecho que ganemos todos.

3.

Este artículo apareció en Público al día siguiente de la muerte de Labordeta:

José Antonio Labordeta encarnaba el humanismo y la autenticidad. Representaba los valores de una izquierda democrática y libertaria y del culto a la amistad, la memoria de Zaragoza y de los pueblos, la canción protesta y las canciones de amor, la defensa de lo local y la curiosidad por lo universal.

Su llaneza y su sinceridad le proporcionaban una conexión instantánea con la gente de la calle, que iba más allá de las ideologías, y al mismo tiempo era un hombre cultísimo, un apasionado de la poesía: fue el hombre que se opuso a la guerra de Irak con un poema. Aunque militó en partidos, era un espíritu rebelde, un hombre trabajador que iba por libre. Tenía una ironía brutal y traviesa. Su aparente aspereza era en el fondo pudor, y apenas enmascaraba su ternura y su generosidad.

Le gustaba la conversación, y ahora, cuando no podía salir, sus amigos iban a verlo por las tardes: el Abuelo escuchaba y contaba, hablaba de tordos o los libros que había leído. Nunca perdió el interés por lo que ocurría a su alrededor. Una de las últimas veces que lo vi por la calle fue junto al Ebro: había ido con su mujer, Juana, a ver la crecida del río. Nos deja un ejemplo admirable, 16 discos -con canciones inolvidables como ‘Somos’, ‘Devuélveme’ o ‘Canto a la libertad’- y más de una veintena de libros, entre los que hay poemarios, novelas, memorias tan emocionantes como ‘Regular gracias a Dios’ o los hermosos relatos ‘Cuentos de San Cayetano’. Pero José Antonio, como decía su admirado César Vallejo, nos va a hacer una falta sin fondo.

4.

Hoy José Antonio Labordeta habría cumplido 79 años.

[Imagen.]

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