LAS MUJERES Y LA LECTURA (y 2)

por gascondaniel

matisse

Continúa Donatella Gagliardi en Urdiendo ficciones (Prensas Universitarias de Zaragoza):

Puesto que los malos libros envenenan el espíritu inadvertidamente como una dulce ponzoña, quienes mayores riesgos corren de convertirse en sus víctimas son los lectores más indefensos, los que carecen de recursos intelectuales para sortear esos lazos diabólicos, es decir mujeres y niños. Son espíritus no cultivados, y por eso mismo predispuestos a la corrupción; sus ánimos son “de cera dócil” en palabras de Juan Luis Vives. Si los libros profanos son una “suave serena que mata con su dulce canto los marineros, que son los buenos pensamientos y virtudes que nos guían para la patria por este mar del mundo”, las tiernas doncellas no podrán resistir a su tentación fatal, y por eso Diego de Cabranes las insta a leer más bien textos sagrados y devotos. Mozos y doncellas peligran especialmente, según Juan de Arce de Otálora, por ser los que menos saben y entienden, y los más aficionados a las lecturas licenciosas, en las cuales, si por dicha “se halla algo bueno, está tan envuelto en aquella vanidad que es dificultoso aprovecharse de lo bueno sin participar de lo malo, y llevar el cebo sin quedar en el anzuelo”. Para Gonzalo Fernández de Oviedo incitan al pecado las historias de Amadís.

e otros tractados vanos e fabulosos, llenos de mentiras e fundados en amores e luxuria e fanforrerías, en que uno mata e vençe a muchos; e se cuentan tantos e tan grandes disparates como le vienen al vano celebro del que los compone, en que haze desbanar e cogitar a los neçios, que en leellos se detienen, e mueven a esos e a las mugeres flacas de sienes, a caer en errores lividinosos e incurrir en pecados que no cometieran si esas liçiones no oyeran […]. Sçiencia, o mal saber, es la de esos libros viçiosos, reprovada por los sabios varones e honestos e alabada por los vanos e aderentes a la poçilga de Venus.

A juicio de Gonzalo de Illescas el efecto que surten tan indignos entretenimientos en las vulnerables mujeres es

hinchirles las cabeças de viento y estragarles los gustos, para que no puedan, después, tomar sabor de leer verdades. Y aún (lo que peor es), muchas vezes, y casi siempre, sirven los tales libros prophanos de provocar a deshonestidad los castos oídos de las donzellas y dueñas que los leen.

Fray Luis de León lamenta que muchas personas ingenuas y puras se pierdan tras libros desconcertados: “sin saber de dónde o de qué, se hallan emponzoñadas y quiebran, simple y lastimosamente en esta roca encubierta. Porque muchos de estos malos escritos ordinariamente andan en las manos de mujeres doncellas y mozas”. […]
[…]
Fray Pedro Malón de Chaide, convencido de que la peligrosidad de estos libros perversos en manos jóvenes equivale ni más ni menos que a la de un “cuchillo en poder de un hombre furioso”, adopta la doble alegoría del navío que se estrella contra las rocas de las lecturas lascivas – que ya hemos encontrado en fray Luis de León –, y del vaso nuevo –reminiscencia horaciana –, que se impregna de forma casi indeleble del primer licor que se le eche:

como si nuestra gastada naturaleza, que de suyo corre desapoderada al mal, tuviera necesidad de espuela y de incentivos para despertar el gusto del pecado, así la ceban con libros lascivos y profanos, a donde y en cuyas rocas se rompen los frágiles navíos de los mal avisados mozos, y las buenas costumbres (si algunas aprendieron de sus maestros) padecen naufragios y van a fondo y se pierden y malogran. […] ¿Qué ha de hacer la doncellita que apenas sabe andar, y ya trae una Diana en la faldriquera? Si, como dijo el otro poeta, el vaso nuevo se empapa y conserva mucho tiempo el sabor del primer licor que en él se echare, siendo un niño y una niña los vasos nuevos y echando en ellos vino tan venenoso, ¿no es cosa clara que guardarán aquel sabor largo tiempo?

Para fray Francisco Ortiz Lucio los libros diabólicos alimentan los apetitos lujuriosos de doncellas y mancebos, y avivan a modo de tizones el fuego de la liviandad que acabará por devorarlos, incitándolos a experimentar lo que leen:

Y del abuso que Satanás con estos libros ha introducido, no se grangea cosa, sino que la tierna donzella y mancebo hagan de tal lección un tizón y fuego y soplo incentivo de torpeza, donde enciendan sus deseos y apetitos de liviandad, y estos se vayan cevando poco a poco, hasta experimentar por obra lo que por palabra leen. ¡O sancto Dios! ¿Quién pudiera desterrar del mundo tales lecciones y lançarlas en la última caverna de Lucífer? Porque desta verdad estoy cierto, que destos libros gusta la carne y de los sagrados el espíritu, y siempre andan en campo el espíritu y la carne.

Fray Juan de la Cerda se pregunta con el mismo tono de indignación (y casi las mismas palabras…) de Juan Luis Vives qué tienen que ver las armas y los cuentos de amores deshonestos con tiernas doncellas y mozos ingenuos: “¿Qué seguridad puede tener, entre los cuentos de amores, la flaca y desarmada castidad, con los quales poco a poco y sin sentir se inficiona el coraçón tierno de la donzella o del mancebo, y toma la muerte por sus propias manos?”. Él no duda de que la educación de las hijas deba forjarse en su tierna edad, así como el barro hay que trabajarlo cuando todavía está fresco y el hierro batirlo cuando está encendido, porque de lo contrario “la doncella criada en prisiones de vicios y malas costumbres no acierta después a caminar por el camino de la virtud”:

por esso desde niñas se han de ocupar en exercicios onestos, y leer libros devotos, que las muevan a santos exercicios, y la razón d’esto es de Horacio, el qual dize que el barro quando está fresco se deve labrar, y no dexar holgar a la rueda, para que salga bueno el vasso. Y el yerro quando está caliente, en saliendo de la fragua deve ser batido, porque después de helado será martillar en yerro frío.

La extremada vulnerabilidad de los mozos tiene dos explicaciones para Pedro López de Montoya: su predisposición a las pasiones fuertes y su facilidad para recordar durante mucho tiempo lo que ha impresionado la imaginación. Por eso los entretenimientos deshonestos

en ninguna parte hazen tanto estrago como en la juventud, assí por estar en esta edad las passiones tan esforçadas y vigorosas que qualquiera ocasión basta para despertarlas y encenderlas, y también porque los sentidos tienen en ella mucho poder y eficacia, y lo que por ellos se imprime queda fixo en la memoria para representarse al ánimo en otras edades.

Por último, los autores lascivos son, en la opinión de Gaspar de Astete, “perdición de las almas, lazo de los mancebos, muerte de las donzellas y ruina de la virtud”; abrasan con el fuego de la sensualidad y engendran malos pensamientos que causan la muerte espiritual.
“La censura se basó en la tajante división del público lector en dos clases: los indoctos ignorantes del latín, y los que sabían latín”: estos “pueden leer la Biblia Vulgata, la teología, llamada entonces reina de las ciencias, la filosofía no herética, y la totalidad de los textos paganos, desde Platón y Cicerón, los poetas y narradores más osados. Los ignorantes de latín son como niños, protegidos por su ignorancia, a quienes casi todos los alimentos culturales son nocivos o arriesgados”. La irrefutable conclusión de Eugenio Asensio se podría completar con otra observación: que en el siglo XVI a la categoría de indoctos pertenecía la casi totalidad de las mujeres. La cuerda Dorotea protagonista de los primeros cuatro Coloquios matrimoniales de Pedro de Luján, “asaz instructa en la lengua latina, y muy leída en diversas historias” es bien a las claras una excepción literaria para una época en que no solamente era muy raro que las féminas supieran latín, sino que muy a menudo se ponía en entredicho la oportunidad de enseñarles a leer y escribir, por considerarse que eso equivalía a proporcionarles un arma peligrosa de la cual no siempre hacían buen uso.
De las que se atreven a leer libros de amores Vives comenta duramente que “estas tales no solo sería bien que nunca hovieran aprendido letras, pero fuera mejor que hovieran perdido los ojos para no leer, y los oídos para no oír”, y más adelante insiste en que la mujer: “si no lee de buena gana buenos libros, le deven totalmente quitar que no lea; y si ser puede, que se desveze de leer, porque es muy mejor carescer de la cosa buena que usar mal della”. Diego Pérez de Valdivia, en cambio, hace una defensa apasionada de su derecho a la lectura, del que alguien querría privarle solo porque “una loca usó mal dello”:

[…] no sé con qué cara, ni con qué entendimiento, ni con qué razón hay hombres que osen negar que las mujeres, en especial devotas y recogidas, aprendan a leer, viendo que nuestra Señora y las santas supieron leer, y que los Doctores santos de la santa Iglesia Católica lo aprobaron y alabaron, y viendo cuán santa, honesta, honrosa y provechosa ocupación es leer las mujeres, de cualquier estado, edad y condición que sean, en un buen libro, y cuántas cosas ruines se excusan. […] Harto mejor sería que les quitasen a las mujeres ventanas, salidas vanas, conversaciones y galas, y sacarlas a mostrar para que las vean, y cosas a este tono, que no quitarles la lección de buenos libros. ¡Oh ceguedad insufrible!

El padre Astete manifiesta alguna que otra duda a este propósito, pero en general no le parece indecoroso que una doncella aprenda a leer. Eso sí, a condición que lo haga en casa y que su maestro sea el padre, la madre, un hermano o una mujer anciana: no es nada oportuno que vaya a escuelas públicas y comunes, porque de la relación con los muchachos se le pegarán malas costumbres, el fuego de la concupiscencia comenzará a arder, y se hará además irremediablemente callejera, emprendiendo el camino de la perdición. El jesuita ve, en cambio, muchos inconvenientes en que la doncella sepa escribir; una habilidad que puede resultarle incluso dañosa, como la experiencia enseña: “muchas mugeres andan y perseveran en malos tratos porque se ayudan del escrevir para responder a las cartas que reciben, y como escriven por su mano encubren mejor los tratos que traen y hazen más seguramente lo que quieren, más si huviessen de escrevir por mano agena”. Por lo tanto Gaspar de Astete concluye, aunque con distingos y reservas, que la doncella cristiana deberá contentarse con solo saber leer y aprovechar de los libros buenos, que la “inflamen en el amor de la castidad y de todas las virtudes, y que la compongan las costumbres y hermoseen el alma”.
[…]
Juan de la Cerda sigue convencido de que en sus tiempos “de saber leer las donzellas y otras damas escrevir” han derivado muchos inconvenientes, “que de tener la pluma en la mano se recrecen”, y, sin embargo, no llega a condenar tout court este ejercicio, de por sí “indiferente”, sino que remite al buen criterio de las prudentes madres, las cuales, si les parece conveniente, podrán darles un maestro virtuoso que les enseñe. Eso sí, que sea hombre de aprobadas costumbres, viejo y, a ser posible, religioso.
Como sabiamente apuntó Séneca, y oportunamente recuerda Juan Luis Vives, la mujer “es impúdica como un animal, y no podrá refrenar sus pasiones si no se le agregan conocimientos y mucha erudición”, por eso hay que quitar de su alcance ante todo las obras de ficción y amoríos, “pues ya es nuestra naturaleza suficientemente proclive al mal como para no necesitar estímulos ni que se aplique al fuego estopa o aceite”. A los poetas profanos que hablaron de amor no podrá ni acercarse, siguiendo, paradójicamente, los consejos del “gran alcahuete” Ovidio quien, en el segundo libro de los Remedios de amor, mandaba a las castas matronas desecharlos del todo.
A la autoridad de Ovidio recurre también fray Juan de la Cerda amonestando a las doncellas para que huyan de “autores lascivos y deshonestos, y aquellos mayormente que tratan de amores profanos, ora los tales amores sean por buen fin (como sería por contraer matrimonio), ora no lo sean”. Y además, para salvaguardar su integridad moral, habrá que quitarles de las manos los libros de caballerías, “llenos de mentiras y falsedades”. Resumiendo con palabras de san Alonso de Orozco, todos coinciden en la misma admonición: “Tened libros devotos, leídos y no dorados, corregidos y no curiosos”.

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