LAS MUJERES Y LA LECTURA (1)

por gascondaniel

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Cuenta Donatella Gagliardi en Urdiendo ficciones (Prensas Universitarias de Zaragoza):

“Fusus et colus sunt arma muliebra” sentencia el inculto Antronius, coprotagonista del coloquio erasmiano Abbatis et eruditae (1524), expresando sin reparo alguno la propia contrariedad frente a la “supellectilem […] parum decoram et puellae et matronae” que luce en casa la sabia Magdalia, “quia librorum plena sunt omnia”. Sin llegar a los extremos de esta tosca figura – y casi caricatura – de abad, al que le desagrada incluso que sus monjes frecuenten los libros, muchos religiosos españoles del siglo XVI negaron su beneplácito a la alfabetización de las mujeres o bien lo concedieron con una larga serie de cortapisas.

El axioma de Antronius resuena una y otra vez para justificar la total o parcial exclusión femenina del mundo de las letras. Se hace eco de él Pedro de Luján en el primero de sus Coloquios matrimoniales (1550), poniendo en boca de Dorotea estas palabras: “Por grande que sea en estado, y por generosa que sea en sangre una mujer, tan bien le parece en la cinta una rueca, como al caballero una lanza, y al letrado un libro, y al sacerdote su hábito”.

Fray Luis de León observa cómo la sabiduría divina indica en las Sagradas Letras, de las que resalta la intención didáctica, todo lo que conviene a cada estado, y a las casadas que aspiren a ser perfectas “llega hasta, entrándose por sus casas, ponerles la aguja en la mano, y ceñirles la rueca, y menearles el huso entre los dedos”. Desde luego el lino, la lana y “las demás cosas que son como éstas […] son como las armas y el campo adonde descubre su virtud la buena muger”,  a la que la naturaleza no hizo “para el estudio de las sciencias ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico” y por eso mismo le “tasó las palabras y las razones”.

El racionero de Toledo Pedro Sánchez, al enumerar “las calidades que á de buscar el varón en la muger con quien se á de casar” en su Árbol de consideración y vana doctrina (1584) recomienda que el futuro esposo elija

una muger que no sepa escribir, y aun no la devría desechar porque no supiesse leer […]. Querría yo que la muger casada supiesse governar su familia con mucha prudencia y servir y regalar a su marido y criar y doctrinar muy bien sus hijos […]. Reze ella muy devotamente en unas cuentas; y, si supiere leer, lea en libros de devoción y de buena doctrina, que el escribir quédesse para los hombres. Sepa ella muy bien usar de una aguja, de un hueso y una rueca, que no á menester usar de una pluma.

“Aprenda a tomar la rueca en la cinta, y el huso en la mano, y hazer sus maçorcas y hechar sus telas de lana y lino”, aconseja Gaspar de Astete a la doncella modélica, ratificando más adelante sus convicciones:

la muger no ha de ganar de comer por el escrevir ni contar, ni se ha de valer por la pluma como el hombre; antes, assí como es gloria para el hombre la pluma en la mano y la espada en la cinta, assí es gloria para la muger el huso en la mano y la rueca en la cinta y el ojo en la almohadilla.

[…]

Corrumpunt bonos mores colloquia prava: en los textos de moralistas y espirituales españoles del siglo XVI la cita de esta sentencia paulina suele introducir una reflexión acerca de las buenas y malas lecturas. Tal como nos recuerda san Alonso de Orozco,

Cual fuere la conversación que cada uno tomare, tal será su vida. Si trata con humilde, se le pegará la humildad; si con casto, la castidad; y si tratare con el iracundo, será cual [éste] es. El libro que cada uno lee es con quien conversa: luego siendo malo, será mala la conversación; y si bueno, será buena.

El agustino fray Luis de Alarcón, ilustrando el primer ejercicio del camino del cielo, “que es la lección devota y frecuentada”, llega asimismo a la conclusión que leer un libro malo equivale a tratar con el infierno: “Así como en la lección o plática devota habla Dios con nosotros, así a los que se dan a oír o leer las cosas vanas del mundo habla el demonio con ellos. Cual es el maestro, tales son los discípulos”. Y en esta línea se sitúa también fray Luis de León, quien en la dedicatoria de Los nombres de Cristo, condenando a los que se entregan a la lectura de libros “no solamente vanos, sino señaladamente dañosos”, se pregunta: “si, como alega San Pablo, las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres, el libro torpe y dañado, que conversa con el que le lee a todas horas y a todos tiempos, ¿qué no hará?”.

El eco de las reflexiones de Pineda resuena en las páginas de otro fraile franciscano, Juan de la Cerda, quien opina que todo buen cristiano debería huir de leer a autores inmorales, especialmente a los que hablan de amores profanos, ya que

los fabulosos argumentos e invenciones o historias profanas que tratan de amores, le desassossiegan y engríen y encienden. La cosa que por más ligera se tiene y menos importante, y es la que más obra, son las sucias y carnales palabras, porque como se pronuncian por la boca, llevan consigo el affecto del coraçón del que las dize, y penetran el alma de el que las oye, y por esso tocó en ellas más que en otra cosa depravativa de la virtud el Apóstol san Pablo, diziendo que las malas y deshonestas palabras corrompen las buenas costumbres.

El franciscano llegará a llamar “cronistas del diablo” a los autores de obras profanas, ensalzando, por otro lado, el ejercicio de textos de buena doctrina, que

son como unos maestros sanctos que enseñan y persuaden al hombre christiano a ser casto y honesto, y unos discretos predicadores que le afficionan al amor de la virtud y le apartan y desvían de la corrupción de los vicios.

La lección espiritual cierra las puertas a los pensamientos pecaminosos, sembrando en el alma del cristiano la semilla de la virtud, ya que, como decía san Bernardo, el corazón humano es como un molino que nunca deja de moler lo que le echan. Fray Luis de Alarcón no es el único en recurrir a esta imagen, pero sí el que lleva más allá la comparación, con todas sus implicaciones:

nuestro corazón es como la rueda del molino, que nunca para de tratar y moler algún pensamiento, y lo que leemos y oímos es lo que, a manera de semilla, le echamos, para que piense y muela; cual fuere la semilla, tal será la harina; y cual la harina, tal será el pan que de ella se amase y después se come. Si la semilla de lo que la lección o plática ofrece, es santa, será el pan o manjar sabroso y salutífero. Si es vana, será vano. Si es profana, será ponzoñoso. Con el primero, es el ánima consolada y confortada. Con el segundo, queda vacía y estéril. Con el tercero, queda emponzoñada y pestífera. Las palabras malas corrompen las buenas costumbres.

La meditación sobre los daños que derivan de las malas lecturas se abre a una primera matización de las distintas tipologías de libros mundanos: unos son vanos, los que dejan el alma vacía; otros, los que la envenenan, son profanos, y mucho más peligrosos.

En el sexto capítulo del Camino del cielo, dedicado a “La cuarta manera de los libros de los demonios, que son los malos libros escritos”, fray Luis de Alarcón precisa aún más esas diferencias, llegando a establecer tres clases de textos nocivos: los vanos, “que tratan de cosas superfluas o mundanas”, o bien de genealogías, o de porfías y contiendas inútiles, cuyo daño es hacer perder el tiempo en un estéril deleite; los lascivos, “que tratan de amores carnales y de sus obras torpes”, y los que tratan de cosas mendaces, cuyo nombre varía en función de si las falsedades son en materia temporal  – en cuyo caso se llaman “mentirosos” – , o bien en materia de fe –son los libros “erróneos y heréticos” –. A pesar de que en el climax de la exposición los escritos lascivos no ocupen el acmé, fray Luis de Alarcón se explaya con especial detenimiento sobre la amenaza que ellos representan por inclinar a cuantos los leen a pensamientos impúdicos y vicios carnales:

¿Qué mayor desatino puede ser que hacer esto? Estáse claro, si adviertes. Porque todos los que son condenados es por no refrenar, antes ser vencidos de sus malas inclinaciones, y mayormente de los vicios carnales, que son pasiones más vehementes, y mayormente con las ocasiones. Pues, como lo que más siempre debe procurar el que salvarse quiere, es que esta su mala inclinación carnal le sea quitada o refrenada y disminuida; ¡oh, cuánta e incomparable locura es buscar ocasiones y motivos para despertarla y encenderla y aumentarla! Lo cual hacen estos libros con la memoria actual y representación de aquellos actos viciosos. ¿Qué otra cosa hace el que lee en estos libros, sino meterse el cuchillo y matarse con sus propias manos? ¿Qué otra cosa hace el que se da a leer en estos tales tratados o libros, sino estar soplando y encendiendo tizones que tiene a sí apegados, con que sea de cada día encendido y abrasado con la cobdicia carnal en este mundo, y después con mayor fuego en el infierno? Del número destos libros son, en el latín: Ovidio, y Terencio en algunas obras, y otros tales. En romance: un Amadís o Celestina, y otros semejantes. Finalmente, todas las escrituras que, o en prosa, o en coplas o metros, tratan de cosas lascivas.

Tales obras son un arma letal con la que los lectores desprevenidos se quitan la vida sin darse cuenta. No deja de ser significativo que, de las tres categorías de malos libros, ésta sea la única en la que se ponen ejemplos concretos, citándose en el mismo bloque los versos de Ovidio y Terencio, el Amadís de Gaula y la Celestina.

No es de extrañar que la literatura de entretenimiento acabe en el blanco de los moralistas: junto a la Celestina, los libros de caballerías y la lírica amorosa se convierten pronto en su diana preferida, siendo etiquetados alternativamente, según los censores y las obras, como lecturas vanas, lascivas o mentirosas. Unos lazos profundos unen estos dos géneros literarios por ser ambos fundados sobre ficciones engañosas y por despertar pensamientos voluptuosos, además de hacer perder un tiempo valioso, del que Dios algún día pedirá cuenta. En 1524 Juan Luis Vives reprobaba que en su época ya no se leyeran otros libros sino vulgares, que todos trataban de armas y amores, enalteciéndolos a más con palabras indecorosas:

Esso mesmo se devría mandar por público edicto y mandamiento: que nadie ose cantar por las cibdades o lugares metro ni copla ni otra cosa desonesta; que ya ¡mal pecado! somos venidos a tanto, que no paresce poderse cantar cosa que no sea llena de fealdad y tal que ningún bueno la pueda oír sin vergüença, ni ningún sabio sin asco, en tanto grado que parescen los que componen y los que cantan las tales canciones no entender en otro, sino cómo podrán corromper las costumbres de la cibdad, haziendo como los que enficionan las fuentes públicas de que los pueblos se sostienen. ¿Qué usança es ésta, que ya no es tenida por canción la que caresce de desonestidad? Todo esto devrían curar las leyes y fueros, si quieren los administradores de las tierras que las conciencias estén sanas. Lo mesmo devrían hazer destos otros libros vanos, como son en España Amadís, Florisando [sic], Tirante, Tristán de Leonís, Celestina alcahueta, madre de maldades […]. Quando se ponen a contar algo, ¿qué placer, o qué gusto puede haver adonde tan abiertamente, tan loca y tan descarada mienten? […]  ¡Qué locura es tomar plazer destas vanidades! Junto a esto, ¿qué cosa ay de ingenio ni buen sentido, si no son algunas palabras sacadas de los más baxos escondrijos de Venus? las quales guardan dezillas a su tiempo para mover de quicios a la que ellos dizen que sirven, si por ventura es dura de derribar.

Los cantares deshonestos y los libros de caballerías, entre otros, son vanidades repletas de vicios que reflejan la inmoralidad de sus creadores, hombres ociosos e ignorantes, con mucho papel a su alcance, y que mienten descaradamente. Puesto que el ser humano de por sí no nace ni bueno ni malo, y sin embargo está más inclinado al mal – observa Vives en el De officio mariti –, debe de estar en guardia ante la que el valenciano llama “una especie de conspiración de pecadores”, encabezados por los poetas, que le empujan hacia el camino de la perdición.

Diego de Cabranes, en su Ábito y armadura espiritual, deplora la pérdida del tiempo malgastado en “leturas profanas de istorias y razones metrificadas en coplas, que provocan a hechos impúdicos de hechos de cavallerías y amores, los quales son rejalgar del ánima y solimán de la virginidad”. “Tizones para el infierno” llama fray Héctor Pinto los libros profanos “de amores obscenos y de historias fingidas, llenas de mentiras y de delicias y deshonestidades y de despertadores para pecar”;  corruptores de las buenas costumbres son, para Pedro Malón de Chaide, los textos lascivos entre los que cuenta “los libros de amores y las Dianas y Boscanes y Garcilasos, y los monstruosos libros y silvas de fabulosos cuentos y mentiras de los Amadises, Floriseles y Don Beleanís, y una flota de semejantes portentos, como hay escritos”. Según el franciscano fray Antonio de Santa María, autor de un diálogo sobre los perjuicios causados por las lecturas profanas, “el libro malo, torpe y amatorio/ impulso es del peccado vehemente”. Fray Francisco Ortiz Lucio, de la misma orden religiosa, en la carta dedicatoria de su Jardín de amores santos contrapone lo provechoso que es la materia que él trata, “por ser flores de la Sacra Escriptura y doctores santos, cuya lección y meditación descubre muchas marañas y hechizos del demonio y es escudo fuerte contra sus tentaciones”, a la inútil lectura de “las Celestinas, Dianas, Boscanes, Amadises, Esplandianes y otros libros llenos de portentosas mentiras”.

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