SELECCIÓN, ROBO, ORGULLO Y NACIONALISMO

por gascondaniel

vueltas

1.

La piratería es robo, igual que meterle la mano a alguien en el bolsillo y quitarle la cartera, dice Philip Pullman.

2.

Antonio Muñoz Molina, Kitsch nacional:

El kitsch prospera en ese cruce de la sensibilidad atolondrada y el cinismo mercenario que explotan con tanto éxito los llamados creativos de la publicidad. Un anciano canoso y entrañable que amasa el pan con manos expertas sobre una vieja mesa de madera mientras suena de fondo una musiquilla pastoral sirve para anunciar una marca de tóxicos bollos industriales. Un padre camina de la mano de un niño por una playa al atardecer y nos están vendiendo un producto financiero que resultará una estafa consentida por la ley. Un vaquero rudo cabalga hacia el horizonte con objeto de difundir el tabaco rubio y el cáncer de pulmón. Una voz grave, estremecida, traspasada de nostalgia, nos sugiere la melancolía del invierno y del paso del tiempo y la dulzura del regreso para ofrecernos a continuación, sin miramiento ni escrúpulo, una marca de turrón.

Voces de publicidad de café, de turrón, de cuentas bancarias, se oyen en los anuncios que reclaman la independencia de Cataluña, recitando en penumbras que aluden a la opresión, al luto, al largo sufrimiento. Uno lo he visto protagonizado por el actor Juanjo Puigcorbé, que durante bastantes años ha sobrellevado el dolor por su patria cautiva mientras se hacía una carrera espléndida en el cine español y en la televisión española. En otro reconocí de inmediato la voz del acreditado cantante melódico Dyango, que puso fondo musical a muchos bailes apretados en las discotecas de la España opresora y pueblerina. Son voces muy semejantes, de una dignidad sobria, herida, anhelante, con un cierto vibrato de elocuencia poética. También hay una voz del kitsch patriótico andaluz, muy promovido por Canal Sur, una voz de haches muy aspiradas y entonación soñadora, con un fondo de esos refritos moruno-aflamencados a los que las autoridades expiden certificado de mestizaje, con una sugestión de chiringuito de playa y galbana clientelar.

El kitsch acumula sus efectos con la misma desenvoltura saqueadora con que el arquitecto historicista acumulaba arcos árabes, capiteles corintios, bajorrelieves asirios. Fue el afán patriótico lo que llevó a Chaikovski a despeñarse del todo en el kitsch añadiendo cañonazos y vuelos de campanas a la rimbombancia de la Obertura 1812. Con la misma pasión acumulativa, hay patriotas catalanes que se identifican con todas las causas emancipatorias que les parecen afines, con el fervor kitsch con que un espectador de ópera ve reflejados sus modestos contratiempos sentimentales en las tragedias desmelenadas de una soprano moribunda. El kitsch privado otorga la sensación de sentir y respirar al unísono con los grandes artistas; el kitsch nacional, la de compartir el sufrimiento de los más prestigiosos oprimidos: los bálticos invadidos y esclavizados por Stalin, los palestinos en los territorios ocupados, los judíos, por supuesto, los negros que marcharon sobre Washington en 1963 reclamando justicia social y derechos civiles. Al confort de la vida en un país de la Unión Europea se añade así el privilegio irresistible de la persecución, igual que entre las ofertas de un crucero se incluye a veces una representación conmovedora de Les misérables en el teatro de a bordo.

3.

Escribe José Antonio Maravall:

Veamos el sistema electoral alemán. La mitad de los escaños se asignan según los votos a listas de los partidos; la otra mitad, según los votos a candidatos en circunscripciones uninominales. Los resultados electorales serían equivalentes al sistema español. Solo cambiarían si se introdujeran en España circunscripciones pequeñas o medianas, en torno a siete diputados cada una. Alberto Penadés lo ha mostrado de forma muy convincente. Si podrían producirse cambios en la calidad de los candidatos en las circunscripciones uninominales, así como en la relación entre votantes y representantes. Aquí radica para mí el mayor interés del sistema alemán.

Otras ocurrencias tienen que ver con la selección negativa de nuestros políticos. Este es, sin duda, uno de los principales problemas de la democracia. Pero cuanto más se denigre la política, peores serán aquellos que se dediquen a ella. Muchas propuestas para “mejorarla” son dudosas:

—Una “ley de partidos” no constituye una varita mágica. En los países donde funcionan bien, esa ley no existe; ni los congresos ni la selección de candidatos se regulan por ley. Países con partidos abiertos y democráticos disponen de reglas similares a las españolas.

—Elecciones primarias pueden ser plebiscitos escasamente democráticos. Tony Blair utilizó consultas directas a los afiliados para saltarse los controles intermedios del partido laborista. No entiendo por qué una mayor democracia interna consiste en desarbolar los órganos de representación y control internos. Deseo un debate público de calidad y las primarias no lo aseguran.

—Circunscripciones uninominales y listas abiertas pueden permitir una mayor autonomía de los representantes respecto de la dirección central de su partido. Pero cabe que generen caciques con apoyos propios, independientes de la dirección del partido. No existe en Estados Unidos una mayor limpieza de la política; sí una mayor influencia del dinero y chantajes como los de la National Rifle Association.

Sin duda la disciplina de los grupos parlamentarios resulta penosa. Fernando Abril Martorell la defendió en su día para evitar que los partidos se convirtieran en “una especie en vías de extinción”: ese momento sin duda ha pasado. Pero un partido con múltiples posiciones suele ser rechazado: los ciudadanos no saben a cuál de esas posiciones atenerse. Y los debates internos con frecuencia se interpretan como peleas por el poder. Lo que los ciudadanos en las 21 democracias parlamentarias de la OCDE apoyan es una peculiar mezcla de participación y autoridad, ambas democráticas.

No pienso que existan remedios institucionales mágicos a las carencias de nuestra vida política, pero no acepto resignación y fatalismo. Creo que la solución podrá venir de una mayor participación política en una sociedad largo tiempo desmovilizada; de ciudadanos que defiendan activamente aquello en lo que crean, fuera o dentro de los partidos; de que medios de comunicación y jueces desempeñen adecuadamente su papel de control. De que los ciudadanos mantengan toda la desconfianza política, pero sin ceguera alguna: descalificaciones genéricas de la política y de los políticos socavan la democracia. Nunca he comprendido por qué uno es felicitado por no volver a la política en vez de ser criticado.

Apoyo una reforma constitucional. Quiero un Estado laico de verdad; un mejor acomodo para Cataluña, cuya autonomía tiene una razón de ser muy diferente de aquellas para las que se pensó el artículo 143 de la Constitución; una Monarquía transparente y que rinda cuentas; una educación pública cuyo refuerzo requiere reformar el artículo 27 de la Constitución; una sanidad pública tratada como un derecho no relegado al artículo 43. Pero no basta con que yo lo quiera.

Una reforma constitucional no se puede justificar con el argumento de Jefferson de que una generación no puede ser gobernada por una Constitución elaborada por una generación anterior. La opinión de Madison ha prevalecido en todas las democracias: si una generación ha tenido que hacer frente al caos, ese caos no tiene por qué ser sufrido por generaciones siguientes. Las reformas solo se justifican con argumentos rigurosos acerca de problemas muy serios. Por poner algunos ejemplos: Cataluña, la política fiscal, la crisis del euro, programas de gasto social no redistributivo, la dirección política de la Unión Europea. Si no es así, reformar o renovar solo consistirá en fichar a un Justin Bieber; en sustituir ideas por palabras retóricas.

4.

Victor Lapuente sobre la selección de funcionarios.

5.

Torreblanca sobre las elecciones alemanas.

6.

Las dos caras de Rusia, de Robert Skidelsky.

Putin, la política y el orgullo nacionalista.

7.

Por qué no soy nacionalista, de Lexuri Olabarriaga Díaz.

8.

Jhumpa Lahiri selecciona cinco libros sobre la violencia.

9.

Un suplemento literario.

10.

Crear un incidente mayor para que no haya incidente.

11.

Un elogio de Auden. Y una lectura.

[Imagen.]

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