DECISIONES

por gascondaniel

SUNSET

1.

Escribe Ricardo García Cárcel:

Las emociones connaturales a los discursos nacionalistas son muy respetables, pero los relatos del pasado deben disciplinar las tentaciones del imaginario. Contrariamente a lo que tanto repiten los independentistas, Cataluña no fue ni independiente ni gozó feliz de un Estado propio antes de 1714. La idealización del austracismo como el sueño de la Cataluña que no pudo ser es históricamente indefendible. El mítico constitucionalismo foral generó, al menos, las mismas lagunas morales de corrupción y de arbitrariedad sectaria en la satisfacción de privilegios que el tantas veces aborrecido centralismo absolutista. Cualquier parecido del derecho foral con un régimen democrático es pura coincidencia.
1714 fue la desembocadura de una guerra europea y española en la que la paloma catalana se equivocó demasiadas veces hasta situarse totalmente fuera de la realidad en el marco de un clima de fanatización religiosa siempre inquietante. Se equivocó en el viraje hacia la deslealtad hacia Felipe V, el candidato legítimo al trono español tras el testamento de Carlos II. Se equivocó con su apuesta por el Archiduque Carlos, que a la primera oportunidad que tuvo, en 1711 se fue a Viena para ser Emperador, dejando a su mujer como regente que, también, en cuanto pudo, se marchó dejando a Cataluña sin referente político alguno, en patética soledad. Se equivocó creyéndose las buenas palabras de la reina de Inglaterra o del citado Carlos (luego Emperador Carlos VI), y abrazándose a la posibilidad primero de una Corona de Aragón protegida por el Imperio, después de una República catalana y, en último extremo, de la conservación de los fueros.

Sus embajadores en Viena o Londres nada consiguieron de lo reivindicado. El coste de la inconsciencia y la precipitación. Al final, hasta se intentó pactar con los turcos. Se equivocó creyendo que se podían movilizar tropas en Cataluña a favor de la resistencia. Se quedó prácticamente sola Barcelona. Se equivocó, por último, esta ciudad decidiendo la resistencia suicida final frente a los que postulaban la negociación, entre los que estaba, por cierto, el después héroe a su pesar, Rafael de Casanova. 78 votos contra 45 en la Junta de Brazos.

Curiosamente, las glosas a la épica catalana del sitio de Barcelona fueron muy tardías. Casanova se convirtió en el gran héroe nacional de la resistencia en 1886 –había muerto en 1743- cuando se esculpió su estatua. El legado más inmediato de esa fecha de 1714 lo recogería el carlismo. La mejor historia del sitio de Barcelona la escribió el canónigo carlista Mateo Bruguera (1871). La Renaixença se interesó más por la Guerra del Segadors y toda su simbología que por 1714. Prat de la Riba sólo publicó un artículo sobre el Once de Septiembre en 1899. Reconocía el heroísmo, pero lo consideraba inútil y en el fondo poco nacional por haber adoptado la bandera de un partido español. La fiesta del Once de Septiembre no se empezó a celebrar hasta 1891. Hicieron más las prohibiciones por parte de Primo de Rivera y Franco de las conmemoraciones del Once de Septiembre que la propia fuerza promotora del nacionalismo nostálgico.

2.

Escribe Javier Cercas:

Es posible que en los últimos tiempos estemos viviendo en Cataluña una suerte de totalitarismo soft; o, por usar de nuevo el término de Pierre Vilar, una suerte de “unanimismo”: la ilusión de unanimidad creada por el temor a expresar la disidencia. El instrumento de esta concordia ficticia no es la violencia, sino el llamado derecho a decidir: quien está en favor del derecho a decidir no es sólo un buen catalán, sino también un auténtico demócrata; quien está en contra no es sólo un mal catalán, sino también un antidemócrata. Así las cosas, es natural que, salvo quienes sacan un rédito de ello, en Cataluña casi nadie se atreva a dudar en público de un derecho fantasmal que no ha sido argumentado, hasta donde alcanzo, por ningún teórico, ni reconocido en ningún ordenamiento jurídico; también es natural que nadie se resuelva a decir que, aunque parezca lo contrario, no hay nada menos democrático que el derecho a decidir. O, dicho de otro modo: ahora mismo, el verdadero problema en Cataluña no es una hipotética independencia, sino el derecho a decidir.

[…]

La pregunta se impone: ¿existe esa mayoría? Los partidarios del derecho a decidir sostienen que precisamente para eso, para saber si existe, es indispensable un referéndum (en este asunto, las encuestas no sirven, como comprobamos en las anteriores elecciones); pero, antes de usar ese recurso excepcional e imprevisible, cualquier político honesto y prudente usaría el recurso previsto por la ley: las elecciones. Quiero decir: unas elecciones en las que todos los partidos declaren, clara e inequívocamente, su posición sobre la independencia. En las últimas, los partidos inequívocamente independentistas (ERC más CUP) sumaron 24 diputados de 135: apenas un 17%. ¿Cuántos diputados sumarían los independentistas si en unas futuras elecciones el resto de partidos dijera con claridad si quiere la independencia o no? Eso es lo que deberíamos saber antes de tomar la vía azarosa del referéndum: si hay una mayoría de partidarios de la independencia, habrá que celebrar un referéndum; si no la hay, no.

Es dudoso que vayamos a tener una respuesta a la anterior pregunta, porque CiU sabe que si defiende la independencia en unas elecciones, las perderá (y antes se habrá roto por dentro: aún no sabemos si Convergència es independentista, pero sí sabemos que Unió no lo es), así que seguirá sin decir la verdad a sus electores; en cuanto a la izquierda, todo indica que seguirá atrapada en la telaraña ideológica que le ha tejido CiU –de ahí que acepte el derecho a decidir–, cavando su propia tumba y minando la democracia. No veo otra forma de decirlo: se puede ser demócrata y estar a favor de la independencia, pero no se puede ser demócrata y estar a favor del derecho a decidir, porque el derecho a decidir no es más que una argucia conceptual, un engaño urdido por una minoría para imponer su voluntad a la mayoría.

3.

En defensa de las anomalías históricas, por Ferran Caballero.

4.

Escribe Francesc de Carreras:

Las bases de este previsible diálogo no están claras, sobre todo no lo están sus límites. El Gobierno de la Generalitat debe saber que no existe el derecho a decidir entendido en el sentido de que la voluntad de los ciudadanos catalanes, expresada mayoritariamente en las urnas, sea vinculante para el resto de los españoles en cuestiones que afecten a estos. Además, si existiera –es decir, si fuera legalmente reconocido– vulneraría el principio democrático.

Lo dijo más o menos así Felipe González el invierno pasado en un coloquio celebrado en Barcelona: “Vosotros queréis votar sobre la independencia de Catalunya. De acuerdo. Pero yo también”. Tenía toda la razón del mundo, porque expresaba una idea de una lógica aplastante: que Catalunya se separe de España, por múltiples razones, me afecta también a mí y al resto de los españoles. Yo añadiría, incluso, a todos los ciudadanos europeos, no olvidemos que España también forma parte de la Unión Europea.

Que una comunidad autónoma como Catalunya no tenga derecho de autodeterminación –derecho a separarse de España por su sola voluntad, pues así entienden muchos el derecho a decidir– no es una regla jurídica arbitraria, sino la consecuencia de aplicar los valores de libertad e igualdad de las personas, los dos valores básicos de todo Estado democrático de derecho. Felipe González y los demás españoles también deben votar en una decisión que les afecta, porque no pueden ser discriminados al ser tomada tal decisión. Dicho en palabras más solemnes: la soberanía está en el pueblo español, no en el catalán. Por tanto, el derecho a decidir de los catalanes no existe.

Por otro lado, el Gobierno español debería preocuparse de saber cuál es la voluntad de los catalanes en esta cuestión. Ni las manifestaciones, las cadenas humanas, los sondeos de opinión o los resultados electorales permiten conocer la opinión mayoritaria de los ciudadanos de Catalunya. Hace falta un debate en el que las causas y todas las previsibles consecuencias de una hipotética independencia sean puestas abiertamente sobre la mesa.

De los actuales datos sólo uno parece indudable: una gran mayoría de catalanes quiere votar, quiere que se le pregunte si desea que Catalunya se separe de España y se constituya en un Estado independiente y soberano. Los catalanes solos no pueden decidir, ya lo hemos dicho, pero a mi parecer pueden ser consultados por las autoridades estatales mediante un referéndum de acuerdo con lo que establece el artículo 92 de la Constitución.

Este procedimiento permitiría conocer el dato que nos falta: cuál es la voluntad mayoritaria de los catalanes. Si la mayoría de los ciudadanos de Catalunya deseara seguir perteneciendo a España el proceso habría terminado; si, por el contrario, una mayoría se inclinara por separarse, habría que proceder a una reforma de la Constitución para que todos los españoles decidieran si Catalunya debería ser excluida de España.

Que unos renuncien a decidir, que otros estén dispuestos a consultar. Los problemas por concretar son muchos, ya lo sé. Pero quizás en este marco de diálogo y negociación se podría llegar a un acuerdo.

5.

Sí, sí, de Arcadi Espada:

Por el contrario, ningún partido se ha decidido a hablar del derecho a decidir de los españoles. A hablar y a promocionar. No cabe esperarlo del partido en el gobierno. El partido en el gobierno tiene una representante en Cataluña que se encerró en casa el 11 de septiembre, con lo que le gusta salir a comer. No cabe esperarlo tampoco del primer partido de la oposición, cuya primera diputada por Barcelona ejerce el derecho en Miami Beach. Y los comunistas la quieren antes rota que roja. Pero lo sorprendente es la inacción política de Ciutadans y UPyD. ¿Cómo es posible que esos dos partidos (uno y lo mismo) no hayan empezado a movilizar a la opinión pública española en la defensa de sus derechos políticos elementales, y el principal, que es el de su soberanía? La respuesta al derecho a decidir de los nacionalistas no es no. Es sí. Por supuesto que sí. Incluso por supuestiSÍmo. Solo el sí devuelve a los nacionalistas la imagen real de su propuesta y les obliga a exhibir su fondo de armario excluyente y xenófobo: su no a los españoles de fuera y de dentro.

6.

Rescate: Tertulia en el Igueldo.

7.

El Museu d’Historia no permite rodar ‘Isabel’ en el Tinell.

8.

Parecía que era natural, pero resulta que era para una webserie.

[Imagen.]

Anuncios