LAS CONSECUENCIAS

por gascondaniel

DORMIDO

1.

¿Qué hacer con un tirano depuesto?, por Pablo Simón.

2.

En la tecnología confiamos, por Simon Kuper.

3.

Pidamos todo lo posible, por Ramón González Férriz:

Esto no es ni mucho menos una invitación a cruzarnos de brazos mientras nuestras élites meten la pata una y otra vez. De hecho, deberíamos ser mucho más exigentes con ellas y obligarles a pagar por sus errores. Pero tal vez valdría la pena que los ciudadanos, mientras insistimos justamente en la necesidad de mejoras, tuviéramos en mente que no todas las cosas que deseamos —créditos para todos pero bancos sólidos, individualismo despreocupado pero con una gran red de protección pública, exigencia de igualdad pero búsqueda constante de privilegios para uno— son compatibles y a veces ni siquiera posibles. Quererlo todo, y esperar que nos sea dado por una élite a la que despreciamos y exigimos el paraíso al mismo tiempo, no conduce más que a una insatisfacción poco útil. Descartados los milagros, examinemos la realidad y pidámosle todo lo que puede darnos. Todo. Pero no creamos a quien ofrece además lo imposible.

4.

Cataluña, democracia o populismo, por Joaquím Coll. Y Reiventar la historia de Francesc de Carreras.

5.

Oppenheimer sobre competitividad y populismo.

6.

Sin confianza no hay democracia, por José Manuel Rodríguez Uribes.

7.

Mariano Gistaín: España no puede competir en corrupción.

8.

Sobre el escándalo de las ayudas a la cultura.

9.

Escribe Diego Manrique:

Encontré particularmente odiosa la histriónica invitación de la alcaldesa a paladear la vida nocturna de Madrid. El historial de su partido, desde las hazañas del concejal Matanzo, muestra una voluntad continuada de castrar la cultura no oficial: les caracteriza su obsesión por cerrar clubes y recortar la música en vivo.

¿Estoy siendo paranoico?. No, hay una limitación absurda que revela su verdadera cara: Madrid fue pionera en prohibir la entrada de menores de 18 años en locales donde se hace música. Ya saben que los pequeños conciertos tienden a ser deficitarios: el negocio está en la barra. El lenguaje de la normativa muestra que en el PP dominan los meapilas sobre los sedicentes liberales: se les impide el acceso a “cualesquiera lugares o establecimientos públicos en los que pueda padecer su salud y su moralidad”.

En Bélgica u Holanda, la edad mínima son los 16 años. En Francia o Dinamarca, no hay limitaciones: hasta los niños pueden acudir con sus padres. En general, las limitaciones son asunto de los camareros, no de los porteros.

Un exceso de celo, se me dirá. Uno se tragaba esta excusa hasta que llegó la catástrofe de Madrid Arena y nos encontramos un caso de libro de crony capitalism, capitalismo de amiguetes, el resultado de compadreos entre altos funcionarios y empresarios con pocos escrúpulos. También descubrimos una valoración moral de las diferentes músicas: para el Ayuntamiento, mejor las sesiones multitudinarias de techno que los esfuerzos de unos desharrapados tocando y sudando.

Mientras sigan mandando semejantes políticos, permítanme un secreto regocijo en el rechazo de la candidatura olímpica madrileño. En el improbable caso de que hubieran triunfado en su empeño, los tendríamos ad eternum.

[Imagen.]

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