LA REALIDAD SIEMPRE GANA

por gascondaniel

nueva york 1970

1.

Ramin Jahanbegloo sobre su relación con los libros, la búsqueda de un ejemplar dedicado de Isaiah Berlin y leer a Hegel en una prisión de Teherán.

2.

Los viscerales, de Manuel Arias Maldonado:

Relataba un veterano profesor de Ciencia Política que, habiendo sido invitado a la URSS a finales de los años setenta del pasado siglo, coincidió con un grupo de sindicalistas madrileños en el avión de las líneas aéreas soviéticas que los llevaba a Moscú. A mitad de camino, cuando fue servido el almuerzo, los pasajeros se encontraron con el habitual filete de pollo desvaído acompañado de verduras hervidas. Y hete aquí que los sindicalistas, en cuanto lo hubieron probado, exclamaron: «¡Pero qué bueno está el pato, qué maravilla!» Tal es la fuerza de la ideología, que llevaba a los sindicalistas a ver patos donde el socialismo había puesto un pollo.

Si bien se mira, es una fuerza análoga la que empujaba a Sancho Panza a creerse gobernador de la Ínsula Barataria o hacía que Scottie viese en otra mujer a la Madeleine perdida en el Vértigo de Hitchcock; con los matices que se quieran. Es un rasgo humanísimo, cuyas consecuencias son más trágicas cuanto menos se circunscriban a los individuos y más se relacionen con la organización social en su conjunto. Hasta cierto punto, da igual que Scottie o Sancho Panza se engañen, pero que lo hagan los sindicalistas ya es algo más serio. En todos estos casos, la distorsión de la realidad trae causa de un ‘querer’ que las cosas sean de un modo y no de otro, de tal forma que, si la realidad no se ajusta a ese deseo, es la realidad la que sale perdiendo. O al menos, eso es lo que parece, porque la realidad –como la banca en el casino– siempre gana.

Todo esto viene a cuento de un asunto del máximo interés para comprender cómo funcionan las democracias, en particular la española: la visceral reacción que en amplios sectores de la población ha producido el caso Bárcenas, por contraste con el silencio o la discreción que esas mismas personas han venido mostrando en relación al caso ERE, el caso Palau, é tutti quanti. Para muchos ciudadanos, la corrupción merece un juicio más o menos severo según de dónde venga. Y, en el caso de la corrupción del centro-derecha, pareciera que se aplica un plus de vehemencia por entendérsela conectada directamente con el franquismo; o porque se la esperaba con más fervor. Este sesgo es un efecto más de la dictadura, pero hace un flaco favor a la democracia porque distingue entre corrupciones allí donde no se puede hacer ninguna distinción. O sea, que convierte en un asunto emocional algo que debería ser elucidado racionalmente.

En Stories we tell, el gran documental de Sarah Polley sobre la historia de su familia, alguien dice que nuestro relato de los hechos depende a menudo de nuestras lealtades. No contamos la verdad, sino la verdad percibida en función de nuestros alineamientos.

Si hablamos de política, éste es partidista o ideológico; el pato socialista, por ejemplo. Y quizá aquí radique el problema español: la abundancia de ciudadanos alineados de partida con unos o contra otros desemboca en una guerra de trincheras visceral que no tiene por objetivo la verdad, sino la satisfacción emocional. Naturalmente, acaso desgraciadamente, la política no se puede desligar de las emociones. Pero ganaríamos mucho si aprendiéramos a modularlas, o, incluso, a desarrollar una emoción cívica desentendida de siglas y partidos. Decía Antonio Gramsci, el célebre marxista italiano muerto en una cárcel mussoliniana, que todos somos intelectuales.

Quería decir que todos somos capaces de tomar conciencia de las influencias y códigos que han dado forma a nuestra posición vital, lo que supone tomar conciencia de nosotros mismos. Sólo eso bastaría para producir buenos ciudadanos: sujetos capaces de entenderse con los demás, porque saben que la verdad es escurridiza, sin refugio posible en la simplificación ideológica. Y que responden igual a los abusos de poder sean cuales sean sus protagonistas.

3.

Papeles de lo de Bárcenas, por Florencio Domínguez.

4.

George Packer sobre el star system y la puerta giratoria en Estados Unidos.

5.

Nick Cohen: ¿Podemos permitir que el Estado censure la pornografía?

6.

Las cicatrices de Ruanda, de Alberto Rojas y Raquel Villaécija.

7.

Breve historia de una editorial. Y Nueva York: años 70.

8.

Escribe Mariano Gistaín:

El 85% de los rayos de España caen en Aragón. Es por la rabia callada, que produce rampas. Los miramientos de siglos. Anteayer Renfe puso un regional nuevo. ¡Oh! Los abuelos lloraban al paso del convoy, era un sueño, una postal. Pero solo fue un error. Lo retiraron enseguida, no fuera a montarse alguien. Lo de Renfe solo tiene una explicación: es una venganza por haber parado en Zaragoza el tren que llevaba los restos de Joaquín Costa a Madrid en 1911. La N-II y la N-232 quedan para cuando devuelvan los bienes, ya en otro siglo: cada día que pasa con esas afrentas, a fuerza de reconcomernos, atraemos millones de rayos. Lo único que sobra en Aragón son rayos. Nos llevamos el 85 % de los que caen. Eso prueba que no dependen del gobierno central (minúsculas adrede, único consuelo). Cataluña ya ha reclamado su cuota de rayos. Ahora que hay cien mil emprendedores forzosos, surgirán empresas que aprovechen la energía de tantos meteoros. Con recoger las garrampas de un 10% y embucharlas en acumuladores ya sobra para resucitar, como a Frankenstein, el tranvía. Y hasta para pagar a Renfe la electrificación en vivo del Canfranc. Los propios trenes si fueran espabilados y llevaran un pincho, podrían cargarse sobre la marcha. Claro que esa energía llovida del cielo, con la reforma eléctrica, va a ser una ruina. Estamos rodeados. Entre el cupo, los privilegios forales, la soberanía de “lapaolandia” y el desdén de Madrid, no es extraño que traigamos rayos a paros. Tendremos que salir con casco tipo káiser (con pincho pararrayos) y al menos cargaremos el móvil sin pasar por el Estado.

9.

Sobre la libertad económica.

En las antípodas todo es idéntico a lo autóctono.

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